La eternidad de un amor que nunca se besa los labios

Casa de citas/ 366

La eternidad de un amor que nunca se besa los labios

Héctor Cortés Mandujano

 

Cumplí años y de nuevo quedé sorprendido y agradecido por el alud de felicitaciones y buenos deseos que recibí, dado que yo nunca me acuerdo ni hablo ni felicito casi a nadie. Dos mensajes me partieron de risa. En el primero, mi querida amiga Gaby me escribió una carta llena de cariño y, al final, me dijo: “Te la escribí porque quería decirte esto en tu cumpleaños, pero no sé si es hoy, espero que sí”. El segundo me llegó una noche antes de que cumpliera los 57 que cumplí. Mi hermana María se disculpaba de no haberme llamado en la mañana. Pero, me contaba, “perdí mi cel y me pasé horas buscándolo. Cuando lo encontré, ya no me acordé para qué lo buscaba, hasta ahorita”. Al ratito llegó otro mensaje suyo: “Perdón, me adelanté, porque tu cumpleaños no es hoy, mi cel tiene adelantada la fecha. Felicidades”.

Foto: Adriana Corzo

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Las palabras son bestiales. Carecen de sentido

George Steiner,

en “El indulgente Marte”

 

He leído muchos libros de George Steiner, pero sólo conocía su brillante aspecto de ensayista-crítico. El año del Señor (Editorial Andrés Bello, 1997) es mi primer asomo a su papel de cuentista y lo hallo, no podía ser de otra forma, inteligente, preciso.

Son tres cuentos (“No regrese más”, “Torta” y “El indulgente Marte”) en cuyo nudo central, como si fuera una serpiente a punto de morder, está enroscada la Segunda Guerra Mundial que hace a la vida, al amor, a la amistad de los personajes diseñados con maestría moverse en terrenos donde lo más cercano son la violencia, la locura, la imposibilidad de ser felices. Hay fragmentos, páginas, difíciles de leer: ¿de veras somos así, tan estúpidos, tan criminales?

Si se piensa en el futuro la idea es (p.153): “Habrá guerra, muchacho. En cualquier momento. Y recuerda mis palabras: será la mayor y mejor guerra que hubo jamás”; si se piensa que la guerra ya pasó, como en el tercer relato, se llega a la conclusión de que eso no es cierto (p. 241): “Las guerras matan mucho tiempo después, ¿verdad?”

Steiner es un conocedor profundo de muchas materias, como lo muestra su extensa bibliografía como crítico, como ensayista. En El año del Señor muestra que también conoce muy bien a los seres humanos…

 

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Escribí hace mucho en alguna Casa de citas que durante años tuve la idea de que Cumbres borrascosas, de Emily Brönte, era nomás una novela de amor. El prejuicio me había hecho no leerla, hasta que, en una entrevista, mi admirado António Lobo Antunes dijo que era su novela favorita y la leí. Es maravillosa, claro.

Hace no tanto supe de una nueva versión en cine, la hallé y aunque traté de aguantar para ver en qué acababan aquellas tomas locas que a veces se desenfocaban, que se iban persiguiendo una mariposa, que sólo tomaban los ruidos naturales y mostraban un paisaje agreste, un camino de lodo… dejé la peli a la mitad.

Por recomendación de un amigo vi Dulzura americana (American Honey, 2016), de Andrea Arnold. La cámara también, de pronto, se iba a un detalle que no tenía que ver con la trama y se tomaba su tiempo para mostrar algo; la cinta tiene muchos silencios, no es explicativa ni convencional. Dura casi tres horas, pero me atrapó su poética, su sutileza, su punto de vista alejado de la comercialidad, de la superficialidad, del querer dejar a todos contentos. Cuando leí críticas sobre la cinta me enteré que había ganado varios premios (el de Cannes, por ejemplo) y descubrí que la directora era la misma de aquella Cumbres borrascosas (Wuthering Heights, 2011) que había dejado en suspenso.

La vi de nuevo, ahora con un conocimiento mayor sobre esta cineasta inglesa y quedé atrapado otra vez por su modo particular de narrar con imágenes. No sé qué pensará quien no haya leído la novela, pero si ya la ha leído la lectura en cine de Andrea tal vez lo desconcierte porque no busca ilustrar la anécdota ni que se vea “bonito”, y se toma todas las libertades creativas para contar la historia de este amor desgraciado (Heathcliff, por ejemplo, es negro).

Me gustan estas mujeres (Brönte y Arnold) y me gusta que se hayan encontrado en la inmortalidad que tiene el amor que nunca puede volverse realidad, que nunca se besa los labios.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

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