La riqueza poética de Roberto Rico

 

 

 

Casa de citas/ 368

La riqueza poética de Roberto Rico

Héctor Cortés Mandujano

 

Son un tanto extraños los títulos de los seis cuentos que integran El ángel negro (Anagrama, 1993), de Antonio Tabucchi. Dos de muestra: “¿El aleteo de una mariposa en Nueva York puede provocar un tifón en Pekín?” y “La trucha que se agita entre las piedras me recuerda tu vida”. En fin.

En los seis hay la presencia de algo angélico, no siempre bueno. Y hay apuntes sobre la propia formulación de los cuentos. Dice el narrador en “Aserrín, aserrrán” (p. 55): “¿Dónde empieza una historia? Pensó que las historias no empiezan, las historias suceden y no tienen un principio”.

En “La trucha que se agita…” el protagonista es un viejo poeta indeciso, que un día llega a la iglesia (p. 110): “Un confesor, pensó, ¿habrá en esa iglesia un confesor? Sería hermoso ponerse una chaqueta, bajar hasta allí, cruzar la nave y dirigirse al confesionario. Soy yo, diría, soy un poeta, la poesía es mentira, he mentido durante toda mi vida, toda la escritura es mentira”. Gran narrador este italiano.

 

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La tarde, meretriz entrada en huesos

Roberto Rico,

en “Hipocampo de Troya”

 

Me quedó resonando lo que dice Tabucchi cuando leí Jasón es un acrónimo. Antología personal (Coneculta, 2015), de mi querido amigo Roberto Rico. He leído la poesía de Roberto en los libros (Reloj de Malvarena, Nutrimento de Lázaro y La escenográfica virtud del sepia, título que me encanta) que, con otros agregados, aquí ha antologado.

Los versos de Roberto se pueden leer varias veces, pues no son fáciles de desentrañar y siempre ofrecen nuevas ideas, nuevas sensaciones. Nunca le he preguntado a Roberto, caigo en cuenta mientras lo leo, si se divierte escribiendo. Pareciera que sí. Los poemas que conforman “Parque temático (argamasa y vidrios al borde una barda)”, por ejemplo, abordan desde distintas versificaciones eso, precisamente: los vidrios que se ponen en una barda. Son un juego donde hay, claro, el oficio total de alguien que sabe muy bien qué hacer con las palabras, con el oído. Platican los albañiles y, entonces, dice un verso (p. 27): “Al parloteo inicial, siguen/ largas pausas que rompe el carraspeante buceo de las palas”.

“Nieve de junio” son también cuatro variantes juguetonas del poeta que da a bolear sus zapatos en el parque de Cintalapa. Un copo cae en el zapato recién boleado; no viene del cielo, sino de su helado. En el segundo poema hay un verso profundo (p. 72): “Aturde a las cotorras/ el treno de una motosierra”. Treno es un lamento fúnebre y así puesto parece que el ruido de la motosierra fuera, al mismo tiempo, el canto triste por el asesinato forestal que le obligan a cometer.

“Nutrimento de Lázaro” es un poema escrito a propósito de un grabado de Lázaro Gómez, que muestra a una serpiente amamantándose de una mujer mientras pone la cola en boca del niño. El verso de Roberto es sintético, afortunado (p. 77): “Reptil artimañoso, distrayente/ rabo da por pezón al crío/ mientras de la mujer se nutre”.

De “Canicular” es este verso (p. 103): “Cada marañón madura su caída/ guindado sólo de la cumbre de su aroma”.

Es linda esta imagen de la luna (p. 107): “[…] novicia que llamará vestíbulo al eclipse”.

Qué buen libro.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 


 

 

 

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