La locomotora que me atormenta

Para Arieta en aquellos días

Para mi compadre Luis por los tiempos recordados

También para Kuri, un nostálgico posmoderno

De los medios de transporte que se van rezagando y su uso es cada vez más infrecuente, el tren es uno de esos que acusa un deterioro importante como los vagones que lo forman. Todavía en los 80 uno podía tener la osadía de literalmente treparse al insigne transporte porfiriano seguramente por nostalgia, puesto que los medios de transporte más modernos abreviaban el tiempo y al menos creaban en nosotros la sensación de que sus incomodidades no eran tantas.

Salvo algunos usos -digamos- turísticos, lo cierto es que este medio de transporte casi ya no es ocupado por la gente para trasladarse a largas o cortas distancias. Hace unos días me encontré en Facebook, ese muro de las vanidades posmodernas, que el llamado tren El Chepe, hace un espectacular recorrido por las barrancas del cobre en Chihuahua. Sólo los nostálgicos y con cierto poder adquisitivo pueden sentirse atraídos por semejante aventura. Yo mismo al ver el video confieso que tuve regresiones infantiles.

Uno de mis estudiantes me hizo recordar la importancia cultural de este tipo de medio y un mi compadre, como se suele decir en Chiapas, lleva a cabo un proyecto sobre la importancia del transporte ferroviario, sobre todo en el sureste de la república. Mi compadre Luis me ha contado la hazaña que implicaba trasladarse por ferrocarril desde Tenosique, Tabasco, hasta el centro de la república; un periplo que podía significar hasta dos días de un traslado entre penoso y expectante. De ambos recupero el papel que el ferrocarril desempeñó tanto para unir comunidades y pueblos, como para favorecer el flujo de mercancías. Sus visiones me hacen retrotraerme al pasado cuando en mi tierna infancia, mi madre, trajinando con maletas y a sus escasos 23 años, arreaba a su pequeño rebaño de tres niños que vivían felices esa proverbial aventura por los rieles del tren del sureste.

Nuestra travesía iniciaba en Tuxtla y en un transporte de segunda del mismo nombre. Un trayecto que implicaba unos 200 kilómetros con toda clase de incidentes, incluido mareos y toda clase de expulsiones alimenticias hasta llegar a Pichucalco; lugar en que debíamos esperar el ferrocarril del sureste, a menudo algunas horas. Después de abordarlo, nos esperaba un trayecto que en mi tierna infancia jamás pude contabilizar, salvo que resultaba demasiada la espera porque en la oscuridad de la noche, ya nos esperaba don Juan de Mata, un personaje tan querido y entrañable, con una amabilidad que solamente he vuelto a vivir en la literatura de Steinbeck. Su piel siempre brillaba con la luna resplandeciente, como si lo enfocara a propósito, oscura como el chocolate, su cabello hirsuto y entrecano, siempre nos esperaba con su espontánea sonrisa y una larga plática de apenas dos o quizás tres kilómetros.

Foto: Ezequiel Gómez

Mientras le robaba inspiración al sueño, veía a las personas cargadas de mercaderías y escuchaba el pregón que los definía. A un lado de las vías del tren, desfilaba una legión interminable de comerciantes, por los pasillos nos atrapaban con sus suculentas viandas. Y cada vez que una estación detenía a la bestia de las patas de fierro, un nuevo ejército ofrecía una diversidad de postres y alimentos varios para el disfrute de los comensales en tránsito.

Hace apenas 50 años, Chiapas vivía la soledad de su eterno abandono, aislada de la nación que la extrajo de Guatemala, experimentaba igualmente las terribles proezas de su incomunicación interna. Los escasos 30 kilómetros que separan a Palenque de Playas de Catazajá, podían significar un reto formidable de un día en una bestia de carga para moverse de un lado al otro. Era común escuchar a los viejos referirse a este periplo en estos términos: “… lo que son las comunicaciones, hoy en Palenque y mañana en Playas…” Como si la hazaña hiciera caminar más a prisa el tiempo.

Hoy en día, si bien quedan algunas expresiones de este sistema, no es menos cierto que básicamente se ha convertido en un tipo de transporte fundamentalmente de bienes materiales o de migrantes que huyen de la muerte por hambre y la grotesca violencia criminal. En otros países, los trenes se han modernizado tanto que pueden competir en eficiencia y comodidad con los más avanzados sistemas de transporte. Es más, muy probablemente sea el medio que más posibilidades ofrece en términos de su comodidad. Los aeroplanos, por ejemplo, son más rápidos para los viajes trasatlánticos, pero cada vez menos confortables porque, gracias a su masificación, se han convertido en un tipo de transporte colectivo que, precisamente por eso, tiende a ser cada vez más incómodo. No obstante, gracias a su masificación es posible un movimiento extraordinario de turistas y de personas viajando cada vez más. Esto, desde luego, ha sido positivo no sólo porque estimula la movilidad de las personas sino porque, además, inyecta energías renovadas a diversos circuitos económicos, tanto como imprime algún dinamismo a la creación de empleos.

Todo esto es, si se quiere, una suerte de recuerdo bucólico de lo que ya se fue. Pero el vivir en una ciudad que fue adquiriendo relevancia a partir de la construcción de vías del tren, tiene consecuencias indeseables.

Vivo en una zona que hace 35 o 40 años aún podía considerarse como la parte rural que conservaba la ciudad de Xalapa, Veracruz. Muy cercana al centro de la urbe y próxima a la zona universitaria, ahora resulta atravesada por las vías del tren que, por la expansión de la ciudad, literalmente le hemos robado el espacio que este medio requiere. Es más, algunos asentamientos o viviendas en particular pueden estar violando los reglamentos que prohiben su cercanía debido a los riesgos que esto significa.

Debo confesar que a pesar de los recuerdos, sufro casi sistemáticamente mi intolerancia a cierto tipo de ruido. Dormir resulta un ejercicio de resistencia, lograr vencer el estado de vigilia suele costarme un denodado esfuerzo mientras veo pasar los minutos. Con frecuencia, apenas estoy conciliándome con las fantasías liberadas y el escabroso mundo de lo onírico, cuando la corneta del tren me grita salvajemente a los oídos. Debido a los cruces importantes, los maquinistas tienen la obligación de avisar a los conductores que deben liberar el paso. Pero ya existen métodos más modernos para enviar señales de emergencia, me recuerda mi amigo Alberto, quien a la menor provocación saca una estadística.

En la ciudad tenemos una gran propensión a llamar la atención usando como método el ruido, cosa que algunos traducen como “música”. Se ha naturalizado tanto este hecho, que alegar por una sana convivencia moderando los decibeles parece una lucha quijotesca. Sin embargo, la locomotora que me atormenta suele dejarme al menos estos remansos para mis locuras y abrir caminos insospechados a la escritura en el caos de nuestras tragedias ordinarias. Pero no está demás pedir algo de respeto por los otros y exigir moderación de aquellos que ven en el ruido el instrumento favorito para troquelar su presencia en las atmósferas que a menudo compartimos.

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