Ernesto, “Che”, Guevara

En La Habana, Cuba, allá por el año de 2008, terminaba de pronunciar una conferencia en la Casa del Historiador de la Ciudad, cuando se me acercó una persona que me dijo: “Doctor, le regalo esta foto del Che, que yo mismo tomé” y extendiendo la mano, me dio la foto. Me sentí profundamente emocionado y agradecido ante ese gesto. En mis días de estudiante, el Che Guevara fue una figura esencial. Nos acompañó en las grandes marchas del movimiento estudiantil de 1968, cuando gritamos a todo pulmón: “Che, Che, Che Guevara”. Para muchos de nosotros, el Che Guevara fue, era, es, un símbolo de las luchas latinoamericanas por la emancipación y el derecho a que nos dejen ser pueblos, con todos nuestros defectos, pero también, con todas nuestras virtudes. El Che nos acompañó en largas jornadas cuando en el Consejo Nacional de Huelga discutíamos con la vehemencia de los años juveniles, qué patria queríamos y cómo luchar por ella. El Che estaba presente en aquellos momentos en que, embelesados, escuchábamos a José Revueltas, hablar de la importancia de ser libres, conscientes tejedores de nuestros destinos. En una palabra: el Che éramos todos, no sólo una persona, sino un ideal.

Ernesto Rafael Guevara de la Serna nació en la Ciudad de Rosario, Argentina, el 14 de junio de 1928 y murió, peleando por lo que creía, asesinado por un soldado boliviano, en el poblado de La Higuera, un 9 de octubre de 1967. La noticia recorrió los caminos latinoamericanos inundando de dolor a miles de nuestros hermanos de tierra. No era creíble. Pero si, el Che Guevara, asesinado, cerró sus ojos para siempre en una cabaña en las montañas andinas de Bolivia. Después, nos llegó el Diario del Che en Bolivia (1966-1967),en donde nos enteramos de los pormenores de aquellos días de guerra e incluso, de las equivocaciones del propio guerrillero.  En el día en que escribo estas líneas, el Che Guevara cumpliría 90 años y quizá estaría vivo, en su puesto, en Cuba, haciendo alguna de las tareas que le encomendaba el pueblo de la Isla Bella. El Che, una mañana, mientras recorría las veredas de México, llegó a Chiapas y fue a Palenque. Me lo imagino, con la sensibilidad que tenía, caminando por la gran ciudad de la ciencia construida por los Mayas, tratando de recrear en su mente la vida de aquella metrópoli. Seguramente subió a la pirámide que corona la Tumba de Pakal y desde allí, asombrado y conmovido por el paisaje de inmensa belleza que se mostraba ante sus ojos, escribió un poema que tituló “Palenque”. Lo transcribo en homenaje a una figura seminal de la historia latinoamericana.

El Che. Archivo: Fábregas Puig.

PALENQUE.

Ernesto, Che, Guevara.

Algo queda vivo en tu piedra

Hermana de las verdes alboradas

Tu silencio de manos

Escandaliza las tumbas reales

 

Te hiere el corazón la piqueta indiferente

De un sabor de gafas abigarradas

Y te golpea el rostro la procaz ofensa

Del estúpido “¡oh!” de un gringo turista

 

Pero tiene algo vivo

Yo no sé qué es

La selva te ofrenda un abrazo de troncos

Y aún la misericordia de sus raíces

 

Un zoólogo enorme muestra el alfiler

Donde prenderá tus templos para el trono

Y tú no mueres todavía

¿qué fuerza te sostiene

más allá de los siglos

viva y palpitante como en la juventud?

¿qué dios sopla, al final de la jornada

el hábito vital en tus estelas?

 

¿Será el sol jocundo de los trópicos?

¿por qué no lo hace en Chichén-Itzá?

¿Será el abrazo jovial de la floresta

o el canto melodioso de los pájaros?

¿Y por qué duerme más hondo Quiriguá?

¿Y será el tañir del manantial sonoro

golpeando entre los riscos de la sierra?

Los incas han muerto, sin embargo.

 

Ajijic, Ribera del Lago de Chapala. A 14 de junio de 2018.

 

 

 

 

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