La fiesta de la antidemocracia

El próximo domingo viviremos en Chiapas la culminación de la fiesta de la antidemocracia con sus ingredientes principales de coacción, acarreo, compra y presión a los votantes. 

Si existiera un día para exaltar al Santo Patrono del atraso democrático sería el 1 de julio porque es la culminación de meses de reuniones para inducir al voto y para subastar las voluntades en torno a los candidatos.

Las jefas de manzana, en especial del Verde, saldrán desde el sábado para recordar a sus vecinos que deben asistir al día siguiente a cruzar la boleta por los candidatos designados.

El dinero fluirá en abundancia, pero solo hay posibilidades de triunfo cuando se opera desde tiempo atrás. Lo importante, y lo saben todos los partidos, es “trabajar”, crear clientelismos con entrega de despensas, tinacos, cubetas, playeras, coas y festejos permanentes.

En los pueblos, los candidatos invitan a diario desayunos, comidas y cenas. Sus casas de campaña se convierten en restaurantes en donde hay que ofrecer pozol, caldo de pollo, cocido de res y café con pan. 

Una derrota puede ser una quiebra económica de la que posiblemente no se recupere más el candidato a presidente municipal, pero un triunfo, aun en el pueblo más pobre y raquítico, es la oportunidad de recuperar los millones gastados y acumular para años sin trabajar. Para el gobernador electo, el triunfo es el pasaporte al paraíso de por lo menos tres generaciones y a un ritmo de gasto de potentados.

El gobierno estatal controla aproximadamente el 50 por ciento de la votación en Chiapas, es decir, un promedio de un millón de votos. Eso le brinda la oportunidad de definir el triunfo en la gubernatura, diputaciones y presidencias municipales.

El desaliento
Fotografía tomada durante la visita de AMLO a Las Margaritas, Chiapas.
Autor: Oscar Villatoro Rubio

En ese modus operandi, porque realmente representa el actuar mafioso del grupo en el poder, cualquiera que cuente con el apoyo gubernamental local puede convertirse en gobernador, diputado o presidente municipal. Por eso, Fernando Castellanos y Rutilio Escandón son los candidatos con mayores posibilidades de triunfo, no obstante sus cuestionables resultados como servidores públicos.

Este actuar clientelar y vergonzoso es bastante reciente. No es que en el viejo régimen priista no se pusieran en marcha estas prácticas, pero no se habían patentado tantos mecanismos de control del voto, porque había un sentimiento generalizado de sufragar por el PRI.

Con el hartazgo que llegó en el 2000, y en un escenario de escasa coerción, surgieron candidatos que se beneficiaron del voto libre, que veíamos emergido como producto de la democracia que por fin había aterrizado en Chiapas.

Fue un breve periodo primaveral que permitió el triunfo de Pablo Salazar y de varios candidatos a presidencias municipales. En las elecciones de 2006, un gobierno local cada vez más fortalecido, incidió para que Juan Sabines Guerrero ganara las elecciones a gobernador.

A partir de ahí ya nada ha sido igual. Ha privado el clientelismo, la coacción y la coerción. 

Pablo Salazar, quien piensa que la conquista del voto es hoy similar que cuando contendió a la gubernatura en el 2000, en estas elecciones estará lejos de alcanzar una senaduría, porque los tiempos han cambiado, porque ahora prima el dinero en la decisión del votante empobrecido.

¿Qué esperanza tiene José Antonio Aguilar Bodegas, pese a ser buen candidato, de convertirse en gobernador? Ninguna, porque no tiene estructuras clientelares ni el dinero suficiente para meterse a la subasta de los votos, sobre todo del 77 por ciento de la población empobrecida de la entidad.

Los únicos espacios de libre participación se registra en ese 23 por ciento de votantes, generalmente urbanos y no atrapados por los círculos de pobreza, pero son insuficientes para determinar al gobernador, si acaso ciertas presidencias municipales, como las de Tuxtla y Tapachula, ciudades con mayor bienestar económico y más independencia de las estructuras clientelares. 

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