Remembranzas

Imagen: pxhere.com

El paisaje de la tarde soleada y con aire fresco, acompañado del cantar de las aves hizo que María cerrara sus ojos y volviera su mente y corazón muchos años atrás, justo cuando en el terruño donde se encontraba actualmente era distinto. Antes había pocas construcciones, y por el contrario muchos árboles, los nopales decoraban cada cerca de los ranchitos aledaños, el clima era más fresco, el camino era de terracería y se disfrutaba de tranquilidad.

Las remembranzas no se hicieron esperar, evocó a sus abuelos, el  hogar que habitaron y las diversas anécdotas con ellos y sus demás familiares, hasta de las mascotas se acordó. En su mente y corazón se hallaba la imagen de la abuelita Isabel, ataviada con su delantal de cuadritos, siempre con el cabello impecablemente trenzado, los ojos color miel y una sonrisa tímida con la que solía darle la bienvenida a María cuando la llegaba a visitar.

En su memoria habían quedado grabados los aromas de esos años, entre ellos, la crema que solía usar la abuelita Isabel, a María le encantaba su textura y aroma a rosas. No podía faltar el olor al fogón que soltaba calorcito mientras las brasas crujían siempre al rojo vivo, se entremezclaba con el delicioso aroma del café acompañado con tortillas recién hechas a mano, cuidadosamente guardadas en el tol que había en la cocina…también estaban el aroma al campo, a tierra mojada, a pasto vivo. Y qué decir de los sabores, uno de los favoritos de María era el del nixtamal, le encantaba probarlo, tomaba muchos granos de la olla bellamente decorada por el hollín del fogón.

Los recuerdos continuaron, el juego de muebles de madera que le regaló el abuelito Antonio, era de los juguetes que más apreciaba María, aún conservaba alguna  pieza de ésas. Mientras el aire continuaba soplando y acariciando su rostro, María sintió que le susurraba algunas historias de las que doña Isabel solía contarle y María escuchaba con atención.

Su corazón se llenó de regocijo por los recuerdos, se sintió muy afortunada porque su familia conservara ese terruño, lleno de naturaleza, de vida, colmado por muchas historias de sus ancestros. Sabedora que el contexto aledaño actual es muy diferente, que el terruño donde vivieron sus abuelos es de los pocos espacios donde aún se disfruta del estilo campirano, porque el cemento y el asfalto ha llegado a lo que antes eran grandes terrenos… la tranquilidad de antaño se sustituyó por las bocinas que anuncian comida, helados, el claxon de los colectivos, la música  a fuerte volumen, el ajetreo propio de la ciudad, cuyas familias en busca de un espacio más tranquilo migran a espacios lejanos de la urbe. María recordó lo difícil que había sido para ella aceptar ese cambio tan drástico en el territorio, sobre todo porque desde su niñez lo conoció en su esplendor natural.

Abrió los ojos, se acomodó el cabello, observó a su alrededor y desde el corazón agradeció estar ahí, en ese pedacito de tierra donde su familia y ella continúan sembrando no sólo árboles sino historias para la vida.

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