Vidas paralelas

Casa de citas/ 380

Vidas paralelas

Héctor Cortés Mandujano

 

Plutarco escribió sus Vidas paralelas, dice Francisco Montes de Oca, “después del 105” y “han llegado hasta nosotros veintidós pares”. Son dieciséis las que se publican en mi ejemplar (Porrúa, Sepan cuántos # 26, 1964) y no son material sencillo de leer, porque Plutarco no toma una sola versión sobre sus biografiados (romanos y griegos), sino todas las que encuentra. Sigue Montes de Oca en la introducción (p. XXII): “Tampoco ha sido su estilo lo que le ha granjeado el entusiasmo de los lectores, puesto que unánimemente se le considera impreciso”. El libro, como todos los clásicos, ha sido fuente de muchos otros libros.

La historia y la ficción, aquí, no se distinguen. Cuenta del nacimiento de Rómulo (p. 26): “Tarquecio, rey de los albanos, hombre sumamente injusto y cruel, tuvo dentro de su palacio una visión terrible; un falo que salió de entre el fuego y estuvo permanente por muchos días”; el oráculo dijo a Tarquecio que una virgen debía ayuntarse con aquella verga fantasma. Él ordenó a su hija que lo hiciera y ella mandó a su sirvienta, a la que le nacieron dos gemelos (p. 26): “Tarquecio los entregó a Teracio con orden de que le dieses muerte; pero éste los expuso a la orilla del río, donde una loba acudía a darles de mamar”.

 

Ilustración: Juventino Sánchez

Se supone que, como Caín, Rómulo (p. 32) mató a Remo. Por el rapto de las Sabinas, dice Plutarco, se usa aún (p. 36) “que la novia no pase por encima del umbral de la casa, sino que la introduzcan en volandas”. Supongo que desde hace mucho los novios que hacen eso no saben por qué lo hacen.

Dracón fue el autor del famoso código draconiano, que (p. 123) “para casi todos los delitos no impuso más que una sola pena, la muerte. […] El mismo Dracón preguntado, según se dice, por qué había impuesto a casi todas las faltas la pena de muerte, había respondido: que las pequeñas las había creído dignas de este castigo; y ya no había encontrado otra mayor para las más graves”.

El Coriolano, el Julio César, el Antonio de Plutarco son los que usó tal cual Shakespeare, hay diálogos que lo evidencian. Los elevó a otra categoría, por supuesto, pero las historias son las mismas.

A Olimpíada, la madre de Alejandro, antes de la noche de bodas (p. 283) “le cayó un rayo en el vientre, y del golpe se encendió mucho fuego”; y “vióse también un dragón, que estando dormida Olimpíada, se le enredó al cuerpo”. A Alejandro, dicen, le encantaba la leyenda de tener ese padre mítico.

En la entrada a la vida de Demóstenes, escribe Plutarco (p. 389): “Nada da ni quita haber nacido en una patria oscura e ignorada, o de una madre fea y pequeña”. A este célebre orador le apodaban, según Plutarco, “Bátalo” y explica (p. 391): “Se daba en Atenas el nombre de Bátalo a una de las partes inhonestas del cuerpo, que no es decente nombrar”.

Antonio era excesivo para bien y para mal, dice Plutarco; como cereza del pastel (p. 499), “siendo este el carácter de Antonio, se le agregó por último mal el amor de Cleopatra, porque despertó e inflamó en él muchos afectos hasta entonces ocultos e inactivos; y si había algo de bueno y saludable con que antes se hubiera contenido, lo borró y destruyó completamente”. Ah, el amor apasionado.

Cleopatra no era tan linda como Liz Taylor (que la representó en el cine), dice Plutarco (p. 500): “Su belleza no era tal que deslumbrase o que dejase parados a los que la veían; pero su trato tenía un atractivo inevitable, y su figura, ayudada de su labia y de una gracia inherente a su conversación, parecía que dejaba clavado un aguijón en el ánimo”.

A uno de los hijos de Antonio, Antulo, lo mataron y le cortaron la cabeza, por intervención de su ayo, quien le robó una piedra de valor que llevaba al cuello (p. 534) “y la guardó en el ceñidor. Él lo negó, pero habiendo sido descubierto fue puesto en una cruz”. Desde entonces el símbolo.

Todo lo que escribe Plutarco ha sido reformulado muchas veces, en los siglos siguientes, por lo que mucho de lo que dice no parece tan lejano como es. Siguen esas vidas (tan viejas, tan nuevas) paralelas a las nuestras.

            Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

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