Acarreo electoral en Tuxtla/Tercera Parte


© Ciudadanía en acción. Elecciones 2018. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas (2018)

Pensando en Blanqui y Pamela

Pero se hace tarde. Nuestro Observador descansa por ahí, mientras come y divulga, mediante uasap y féisbuc, su segundo de tres reportes. Reinicia su segunda ronda y encuentra sus casillas en orden; incluso en estado de mayor orden y quietud, a pesar de que la afluencia se mantiene y hasta por momentos se incrementa. Recorre las calles adyacentes a los módulos, y para su contento, ya no encuentra en ellas, minibuses en su labor de acarreo, salvo taxis que efectivamente los ciudadanos pagan para llevarlos a las urnas.

Y sin embargo no se hace ilusiones: no cree en el poder disuasivo de la cámara, ni en la del telefoto de 500 mm que le acompaña. Tampoco en el prototipo del Observador. Ni siquiera en el ceño terrible de sí mismo, como para explicar la causa del retiro de taxis y microbuses delincuentes.

Reflexiona ahora, cuando el calor intenso del día, baja últimadamente con la tarde, sentado al fin en una silla desocupada por algún auxiliar electoral. Recapitula, pues… no sólo observa el proceso electoral en curso, sino el estado deplorable de este girón citadino, el rincón sudoriental de la ciudad: pavimentos destrozados, hoyancos, calles de lodo, suciedad y basura, perros abandonados y sarnosos, predios-basureros enmontados, ausencia de aceras y guarniciones, drenajes obstruidos y a cielo abierto, y agua desperdiciada a borbotones ante tantas fugas. Calles que les falta todo: señalización, iluminación, pavimento y todo rastro de equipamiento urbano.

Observa aún, electores haciendo colas, funcionarios de rostros fatigados… lejanas le parecen ya, sus primeras incursiones como Observador Electoral. De cuando Alianza Cívica y otros organismos no gubernamentales. Año 94, inicio del levantamiento de los rebeldes zapatistas, cuando a pesar de los pesares, gana Eduardo Robledo la gubernatura de Chiapas, mientras la pierde Amado Avendaño, al tiempo que en la presidencia de la República accede Ernesto Zedillo y pierden Cuauhtémoc Cárdenas y Diego Fernández. 1995, elección de diputados locales y presidencias municipales. 1997, elección de senadores, diputados federales y Ayuntamientos…

Cabalgan por su razón y su memoria, las elecciones del año 2000, cuando funge como Consejero Electoral del antiguo IEE, año en que por segunda vez pierde la presidencia nacional Cuauhtémoc Cárdenas, al igual que Labastida Ochoa, al tiempo que accede el nefasto Vicente Fox. Año en que por primera vez es desplazado el PRI del gobierno del estado, y entra al gobierno Pablo Salazar, mientras Sami David pierde la elección.

Y recuerda las elecciones de los pasados doce años, la del 2006, cuando pierde los comicios Andrés Manuel y gana Felipe Calderón, mientras en Chiapas Sabissnes accede a la gubernatura, en detrimento de Aguilar Bodegas. Y las de 2012, cuando ahora sí, el gobierno federal en pleno, escamotea el triunfo de Andrés Manuel, y Peña Nieto accede a la Presidencia, al tiempo que en Chiapas llega al gobierno el Meco Velasco, peor aún que su antecesor.

Divaga pues, por un momento, el inspector de sombrero, mochila y cámara. Continúa su labor, aunque ya son las 17:55. Algún presidente de casilla anuncia en voz alta que en punto de las seis debe cerrarse el acceso de la escuela en que se encuentra el módulo. Hay aún ciudadanos formados, quienes esperan su turno; transcurren los minutos, cierran la puerta, aunque… cinco minutos más tarde, a la fuerza, una señora enfurruñada y toda maquillaje, a la cabeza de ocho electores se abre paso entre la gente y…

—¡Cómo de que no! —gesticula a los cuatro vientos— ¡Aquí estos señores tienen que votar! ¡Es su derecho y nadie se los va impedir!

La mesa directiva de una de las tres casillas en pleno, los enfrenta. A uno de los acarreados; acarreados evidentemente y con aliento alcohólico, apenas se le escucha:

—Es que venimos atrasados, señores, porque acabamos de salir del trabajo…

Se acercan los tres asistentes electorales que se encuentran ahí, en ese momento, refuerzan los dichos del presidente, y se suma a ellos el Observador, quien, con voz tersa, aunque firme, advierte que no es empleado ni funcionario electoral. Dice por qué está ahí y qué hace…

—Tienen razón los señores funcionarios de casilla, —explica con calma—. Son las seis con doce minutos. La regla indica que debe votar hasta el último de la fila, pero no quienes entran al recinto después de las seis, y mucho menos a la fuerza.

Se diluye la intentona. Salen todos, mientras mucha gente —gesto admirabilísimo—, se queda detrás de las rejas del módulo electoral, según escucha el fisgón, a esperar los resultados. Se refieren a las lonas con datos manuscritos, que las casillas colocarán afuera, al final del cómputo. Pero esto no se acaba, “sino hasta que se acaba”, como reza el dicho, y el Observador se dirige a otra casilla.

Retroalimentación porfas. cruzcoutino@gmail.com

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