Acarreo electoral en Tuxtla


© Ruta 22. Cero y van cinco. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas (2018)

Pensando en Blanqui y Pamela

Primera de cuatro partes. Domingo día uno de julio de 2018 en Tuxtla Gutiérrez. Desde antier ha preparado todo, para fungir hoy, durante todo el día, como Observador Electoral. Ha decidido vigilar el trajín de las seis elecciones que se disputan, en seis casillas electorales del extremo suroriental de la ciudad. Zona en donde votan electores-obreros de varias colonias catalogadas como de “pobreza extrema”, periféricas y demográficamente densas: desde El Zapotal y Cerro Hueco, hasta Balcones del Sur y Lomas del Oriente, pasando por Trabajadores, Paseo del Bosque, Arroyo Grande, Sabines, Los Pájaros y otras.

Lleva en la mochila: dirección de las casillas que supervisará, domicilio del Consejo Distrital del IEPC más cercano, ubicado en la colonia El Retiro; carta de acreditación del INE —por si las infaustas moscas— agua suficiente, toalla pequeña, celular, papel y pluma, lentes de lectura, chicles, y lo más importante: una cámara provista de su objetivo normal y un enorme telefoto. Lleva encima zapatos adecuados para caminar y correr, en caso de necesidad; mezclilla, mangas largas, chaleco beish —típico de fotógrafos y arqueólogos—, reloj de pulsera, sombrero, y el gafete con fotografía otorgado por el INE.

Sobrepuesto al chaleco lleva sus dos broches emblemáticos: el de la UNACH, universidad para la que trabaja, y el del antiguo IEE, Instituto Estatal Electoral, del que formó parte hace 18 años. Lleva en el cinto la navaja de siempre, la cartera con algo de dinero, identificaciones y en especial, su credencial de elector. No armas ni medallas salvavidas.

Son las nueve de la mañana y está en la primera casilla, adonde le toca votar. Aunque en verdad no hay una, sino cuatro o cinco mesas electorales con sus respectivos funcionarios de casilla. Hay representantes de los partidos y coaliciones contendientes, e incluso dos o tres observadores acreditados, aunque tan sólo de pantomima, como luego se aclara. Adentro todo transcurre en calma, mientras en la calle, junto al portón de la escuela en donde opera el módulo electoral, algunos taxis cargan y descargan gente. No hay evidencia, no le consta, pero algunos electores le dicen que son “acarreados”. Por si las dudas, el Observador toma fotografías.

Deambula y muy pronto observa que familias enteras surgen como arrieras del callejón cercano. Se las huele, va hacia allá y… efectivamente, una cuadra arriba, junto a la calle de mayor tránsito, cuatro minibuses colectivos, evidentemente esperan, con sus puertas abiertas, a quienes han traído. Se aleja de ellos y observa cómo, votantes suben de regreso a los buses, mientras en ese momento se estaciona otro, de donde bajan ocho o diez adultos y varios niños. Caminan sobre el callejón hacia abajo, se dirigen a la casilla. Del colectivo siguiente bajan incluso dos señoras con sendas sombrillas nuevas, blancas, con el emblema del Verde. No hay duda, deduce, forman parte de alguna operación de acarreo de electores, previa “compra” de sus votos.

Se acerca entonces el Observador, se aparece visible e intencionadamente ante los choferes, y ya se escucha el chasquido sistemático de su cámara, ante todo lo que observa. Intentan evitar las fotos, salen de los vehículos o se voltean, y en un caso, armado de valor, el de la cámara se anima a preguntar al par que se queda dentro de un colectivo.

—Hola, buenos días —les dice— ¿Qué tal el acarreo? —¿Cuál acarreo? —pronto responde el del volante—. Es mi familia nada más, que viven allá arriba.

Pero el Observador insiste. —No no. No le pregunto quiénes son. Yo na’más pregunto cómo va el acarreo. En buen plan. —No, si no es… —hace la segunda el otro—, son familiares a quienes les echamos aventón.

Fotografía a los microbuses, por adelante y por detrás, atento sobre todo, a la hora del descenso y ascenso de los votantes comprados probablemente por el PRI, el Verde o sus satélites. Tres vecinos salen a observar la escena, continúan los minibuses por un rato, aunque en algún momento uno arranca vacío, y luego otro. Hora de irse a la siguiente casilla, piensa el Observador todo sudorado… por lo que pudiera pasar.

En la siguiente, ubicada dentro del patio de un taller de hojalatería, lo que pronto observa es la afluencia de muchos coches. Tantos que hacen imposible la circulación sobre la calle. Funcionan también tres o cuatro mesas, en donde se separa a los electores de la sección, en razón a sus apellidos, para facilitar su afluencia. Hay mucha gente, poco espacio y gran saturación. Las colas dan hacia la calle. Destacan hasta aquí, mujeres empoderadas y jóvenes intrépidos, cabellos largos o barbados, fungiendo con presteza y honorabilidad como funcionarios de casilla. También empleados del INE y del IEPC, identificados por sus camisas blancas y sus gafetes. Ha tocado sol, desafortunadamente, a casi todos los representantes de los partidos, e igual no ha habido sillas para ellos.

Aquí y en la anterior, el de la cámara y casaca, saluda a algunos conocidos y amigos; a Griselda, una antigua vecina que hoy funge como funcionaria de casilla, a doña Mechita, a su hija María, a Magdita y a doña Ernestina. También a un pastor evangélico distinguido, a un par de exalumnos y al dueño de un taller mecánico, acompañado de su familia.

Retroalimentación porfas. cruzcoutino@gmail.com

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