La tragedia de la Mactumatzá: complicidades y agravios

En noviembre de 2016, el comité ejecutivo de la Sociedad de Alumnos de la Escuela Normal Rural Mactumatzá decidió que no quería más clases, que no eran necesarios los profesores, ni los administrativos, ni nada que significara superioridad, a no ser la proveniente de Gobierno del Estado. Así que mandó a sus casas a 66 trabajadores, entre maestros y personal de apoyo. Se quedaron el director, el subdirector académico y dos profesoras.

Los miembros del comité se convirtieron en el incuestionable mando único, me dicen varios alumnos, sabedores de cómo aplicar exámenes de ingreso y “cursos de inducción”, que más bien son concursos de humillación para su divertimento. 

Atrás dejaron la herencia, brillante y hasta epopéyica de aquellos estudiantes formados en el verdadero sentir y la vocación docente que se identificaba con las injusticias que sufrían los campesinos y los indígenas. Echaron a la basura toda una tradición de lucha, de tradición rebelde, surgida de la academia y de los libros.

Para que el comité no sea cuestionado ordena a sus compañeros insertarse en alguna lucha; que marchen con las causas que les puedan brindar escaparate. En el olvido ha quedado aquellas embajadas anónimas para orientar a los campesinos en las batallas contra el cacique tirano. No, ese espíritu no existe más entre los que dirigen la Mactumatzá.

Es una lástima, y ojalá la tragedia que se ha vivido, les permita reflexionar sobre el rumbo escogido por los miembros de este comité —un grupo minúsculo de 14 frente a los 480 alumnos—, y que no tienne nada que ver con las causas sociales. Un luchador no puede humillar, no puede maltratar, mucho menos a sus hermanos de clase. Al contrario, los viejos dirigentes de la Mactumatzá cuidaban a sus compañeros en los enfrentamientos inevitables con el Estado.

Mactumatzá fue semillero de guerrilleros, de escritores, de líderes identificados con su pueblo. Eran dirigentes que marchaban al parejo con sus compañeros, profesores, que reconocían en la educación la fórmula para lograr una sociedad más justa.

Cuando un comité estudiantil decide dejar sin clases a sus compañeros, es que detesta la educación y la formación permanente.

¿Que sucede con los estudiantes actuales de la Mactumatzá que no han tenido clases desde año y medio? ¿Cómo se están formando?

Los profesores expulsados, 16 de una planta total de 20, les pagan por no dar clases. Claro que ellos lo lamentan, quieren involucrarse con los alumnos, pero no los dejan. No los deja el director, Conrado de Jesús Borraz León, quien otorgó plaza a su propio hijo con la categoría de titular C, y quien fue detenido ayer como probable responsable de lo sucedido en la escuela; tampoco el subdirector, Horacio Meléndez López, un profesor con 40 años de servicio, quien para mantener su plaza tuvo que doblegarse a las decisiones del comité ejecutivo. 

La Secretaría de Educación, conocedora de todo lo que sucede en la Mactumatzá, ha sido cómplice del comité ejecutivo de la Sociedad de Alumnos. La lógica es bastante sencilla: hay que mantenerlos contentos, aprobarlos a todos, porque unos estudiantes cooptados son menos peligrosos que aquellos rebeldes con causa.

Si es barato todo lo que se arregla con dinero, la Mactumatzá ha sido demasiado barata para el gobierno, porque un comité dócil, hecho para humillar y manejar prebendas, no se rebela, no propone, tan solo sigue la corriente, se integra para las fotos a determinadas marchas, y ya. Ellos se quejan de las críticas recibidas, y no dudo que digan que estoy pagado por el gobierno, pero los verdaderos pagados son los de ese comité que administran los recursos y becas para los 480 estudiantes de esa escuela. 

La muerte de un estudiante, víctima de un “¿curso de inducción?”, planeado con el sadismo de Pol Pot, el dictador camboyano, debe servir para iniciar una revolución dentro de la propia Mactumatzá; los estudiantes deben recuperar su tradición de lucha heroica y solidaria. 

El llamado curso de inducción es un castigo que llega después de que los aspirantes realizan el examen de admisión y que consiste en una encerrona en las instalaciones de la Mactumatzá, en la cual deben correr, hacer sentadillas, barrer, limpiar los terrenos, arrancar espinas —para ver si son verdaderos campesinos—, pero sin agua ni comida. No es raro que los que sobrevivan queden con problemas renales, y hay varios estudiantes en estas condiciones. Otros han muerto, como sucedió el año pasado con Mónica Anahí Ramírez Pérez (https://www.chiapasparalelo.com/noticias/chiapas/2018/07/joven-que-intento-ser-normalista-no-sobrevivio-al-curso-de-induccion-de-la-mactumatza-en-2017/), y este 2018, con José Luis Hernández Espinoza, hijo de comuneros de Venustiano Carranza. 

Este “curso de inducción” le permite al comité ejecutivo, me dicen, dejar fuera a muchos aspirantes incómodos, y privilegiar a sus amigos y recomendados. Pero es tal la fuerza de los integrantes de ese comité que no solo implantan estos monstruosos castigos, sino que maltratan a los estudiantes que se rebelan; les quitan apoyos y becas, no les permiten subir a los autobuses y los marginan en la negociación de plazas. 

Urge la aparición de estudiantes revolucionarios, comprometidos; urge que en la Mactumatzá regresen los profesores y los administrativos. Basta que los políticos gobiernen , a través de ese comité, y sean cómplices de todas las injusticias que se cometen en esas aulas, porque el “curso de inducción” es apenas una parte de esa cadena de vejaciones, agravios y maldades que se vive en la escuela, antaño de avanzada en la educación en Chiapas. 

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