Ana

Casa de citas/ 392

Ana

Héctor Cortés Mandujano

 

¿Acaso se le puede decir a otro lo que uno siente?

Tolstoi,

en Ana  Karanenina

 

Ana Karenina, de León Tolstoi, publicada originalmente en 1887, es de esas novelas de las cuales todo mundo sabe algo, aunque no la haya leído. Sergio Pitol, uno de los que la conoce a fondo, dice gustar de su inicio (p. 3): “Todas las familias felices se parecen entre sí, pero cada familia desdichada ofrece un carácter peculiar”.

Se la lee poco porque es extensa, supongo. Mi ejemplar (editorial Alba, 1999) tiene las letras pequeñitas, pocos márgenes y encadena sin espacios los capítulos y aun así rebasa las 500 páginas.

El título pone la luz en uno de los personajes, aunque en la novela haya muchos más y especialmente seis, que forman dos tríos. El primero lo forman Levine, propietario rural, quien propone matrimonio a Kitty y es rechazado, porque ésta ya ha sido elegida por su madre para Vronsky. Páginas adelante Levine y Kitty se encontrarán de nuevo y se casarán; este romance y el matrimonio de ambos es el que, me parece, pese al título, más explora la novela.

El segundo trío lo forman Vronsky, que deja con la mano extendida a Kitty, porque se enamora violentamente de Ana, mujer casada con uno de los personajes también muy explorado por dentro y por fuera, que da el apellido a Ana: Karenin.

Si la lee ahora ya se sabe que ella es una mujer infiel (que deja a marido e hijo, que tiene una hija con su amante) y que se suicidará arrojándose al paso de un tren. La novela, por supuesto es más que eso, pues hay muchas páginas de trabajos y reflexiones sobre el campo y la caza, y se abordan temas políticos (las elecciones) y religiosos (las dudas de Levine sobre la existencia de Dios) y, claro, las relaciones entre hermanos (Estaban y Ana; Dolly y Kitty; Levine, Nicolás y Sergio), el amor, las enfermedades (de Kitty, de Nicolás), el matrimonio y la infidelidad.

Diseño: Juventino Sánchez

El inicio manda señales claras sobre la infidelidad y el suicidio. Ana va a visitar a Dolly, su cuñada, para pedirle que perdone la infidelidad de su marido, Esteban, hermano de Ana, y en el tren conoce a Vronsky, con el que le será infiel a su marido; al llegar a su destino se halla con la sorpresa de que un hombre se ha suicidado arrojándose al paso del tren, que ella tomará como ejemplo para matarse casi al final de la novela.

Comparto algunas citas.

Mi querida amiga Adela Lagos, usa una frase para urgir o hacer confidencias, tomada de esta novela (p. 52): “Te lo contaré todo ¡y desde el principio!”

En una reunión dice una mujer (p. 103): “El amor es una enfermedad; es como la viruela, hay que pasarla”.

Ana confiesa a su marido su infidelidad de una manera brutal (p. 155): “Mientras le escucho a usted, estoy pensando en él. Le amo y soy su amante. No puedo sufrirle a usted, le temo y le aborrezco. Haga conmigo lo que quiera”.

Un amigo le dice a Vronsky (pp. 222-223): “Aquél que no ha conocido más que a su mujer propia, y la ha amado, sabe más de mujeres que un libertino”.

Dice Alejo Karenin a su hijo (Ana ya los ha abandonado a los dos, p. 359): “Lo que más querido debe sernos es el trabajo por sí mismo, no por las recompensas que nos produzca. Quería hacerte comprender esto. Si tú no buscas más que recompensas, el trabajo te parecerá penoso, pero si amas el trabajo, tu recompensa te será más dulce”.

Kitty y Dolly preguntan a su mamá cómo empezó la “cosa” con su papá. Ella les contesta (p. 381): “¿Creéis haber inventado vosotras algo nuevo? Siempre ha sido igual. La cosa se decide con miradas, con sonrisas”.

Ana se lanza y es machacada por el tren. Dice el narrador (p. 534): “Y la luz que para la infortunada había iluminado el libro de la vida con sus inquietudes, sus falsedades y sus dolores, brilló por un instante con más vivo resplandor desgarrando las tinieblas. Luego chisporroteó y se apagó para siempre”.

La novela la cierra una larga reflexión de Levine, que concluye así (p. 568): “Cada minuto de mi existencia tendrá desde hoy un sentimiento casto y profundo, que podré imprimir a todas mis acciones: el sentido del bien”.

Leer Ana Karenina es una experiencia de la que nadie debería prescindir.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

 

 

 

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