Elba y Laco

Casa de citas/ 389

Elba y Laco

Héctor Cortés Mandujano

 

Con un abrazo para Elba,

y un responso secular y amistoso para Laco

 

Sueño una conversación que no tuve con Laco cuando vivía. Me dijo:

—Pues mire, don Héctor, he decidido donar todos los libros que escribí a un lugar muy bonito, al aire libre, donde los niños podrán jugar con ellos, porque no estarán en libreros sino serán algo así como juguetes o maquinitas que resistirán el sol y la lluvia. Va a ser algo distinto. Hay mucha gente trabajando en eso. Te voy a invitar cuando se inaugure…

Murió en mi sueño don Laco (así lo llamaba yo, por eso él anteponía el “don” a mi nombre) y no vio hecho el lugar del que me hablaba. Fui unos días después de que se abrió al público y me interesó ver aquello que era como una especie de pequeños laberintos, y estrellas, círculos, cuadrados de material vario, iluminados por un globo enorme que estaba atado con una cinta a la mano de una de las varias esculturas raras y juguetonas que había en el parque de diversiones en que se había convertido su biblioteca póstuma.

Para abrir uno de los juguetes había que buscar una llave escondida. Seguí las pistas y abrí el objeto (que era al mismo tiempo un columpio) donde estaban los libros de Laco que yo nunca había leído. La colección se llamaba “Los viajes y los sueños de Laco”.

El primer tomo (era más o menos diez, profusamente ilustrados) abría con un breve poema de Elba, que no leí antes en ninguno de sus libros, y le seguía la misma anécdota ahora vuelta un cuento por Laco.

Ilustración: Alejandro Nudding

El asunto era simple –no el poema, que era lindo; ni el cuento, que era redondo– y contaba de una tarde que Laco decidió no acompañar a Elba a una reunión, porque tenía que terminar un escrito. Elba iba sola y en la reunión pasaba algo desagradable: la torpeza de alguien manchaba de vino su blusa blanca y, después, se rompía por accidente, cerca de ella, una bombonera y un fragmento de cristal se le incrustaba en el tobillo: profusión de sangre, vendas, fiesta echada a perder. Elba tomaba su coche y se iba, porque tenía ganas de hablar con Laco, sentir su compañía. Llegaba y, antes de abrir ella con su llave, Laco abría la puerta: se abrazaban.

El poema de Elba, llamado “La espera”, con versos justos y musicales, hablaba de que al llegar a la reunión tuvo la percepción de que Laco la necesitaba. Eso generaba los dos accidentes que la hacían regresar.

El cuento de Laco se llamaba también “La espera” y se trataba de cómo él sentía que Elba no debía ir sola a esa reunión, de su intranquilidad apenas ella cerró la puerta luego de irse y de cómo la estaba esperando porque sentía que ella lo necesitaba.

El poema y el cuento terminaban en un abrazo. Ambos sellaban, con ese acto nimio y cotidiano, su amor incombustible.

Revisé después un cuento de la misma colección que era totalmente gráfico. La historia de Laco la había convertido a la ilustración un gran artista, las imágenes eran maravillosas. Se llamaba “Las alas” y puedo describir a detalle cada página: Comenzaba con una vieja avioneta en el desierto, pilotada por un adolescente. La furia del viento y la arena habían enturbiado el recipiente del combustible, cuya tapa estaba rota. El muchacho intentaba una y otra vez echar a andar el aparato y al fin lo lograba. No conseguía altura y casi se estrellaba nuevamente; el motor hacía sonidos extraños. Lograba elevarse. En pleno vuelo llegaba a los oídos del muchacho un silencio anormal: la nave había detenido completamente sus funciones. Comenzaba a caer en picada, cuando de pronto y asombrosa y mágicamente a la nave le surgían dos poderosas alas de ave imposible. Y comenzaba a volar sin problemas. En la última ilustración, se veía a la aveoneta perderse en el horizonte…

Estaba tan embebido en los libros que no me había percatado de los muchos niños que, con adultos o sin ellos jugaban con las historias-artefactos de Laco. Levanté la vista y vi a Elba, que conversaba con una niña. Dejé los libros y fui a saludarla.

—Hola, Elba, ¿cómo estás?

—Hola, Héctor, ¿qué te parece el espacio?

—Maravilloso. Además, me encantó leer tu poema y el cuento de Laco, “La espera”; no los conocía.

—Fueron escritos especialmente para ese libro…

Un mesero, con una bandeja de copas, se acercó a nosotros. Tomamos ambos una.

—Salud –dije.

Justo en esos momentos un niño se impactó, por detrás, en mis piernas. Al sentirme caer, solté la copa cuyo contenido se vertió en la blusa blanca de Elba. No tuve tiempo de pedir disculpas porque en ese momento se rompió una bombonera cercana y un fragmento de vidrio voló hacia el tobillo de la poeta…

Me desperté y pensé que Elba, en mi sueño, volvía a casa y se encontraba con Laco, que no había muerto, que se abrazaban, que se seguían amando…

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

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