Nicaragua en una nueva encrucijada

Estudiantes tras barricadas en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN) son una imagen que ejemplifica la desbordada situación que vive el país centroamericano en los últimos meses, y que de nuevo pone en el ojo del huracán periodístico y político al cercano Estado ubicado entre los dos grandes océanos de nuestro continente.

Desde mediados de abril de este año sus calles, que han vivido demasiadas convulsiones en su vida independiente, conformada en 1838, se han visto desbordadas de protestas detonadas por las propuestas gubernamentales dirigidas a reformar el modelo del seguro social. Sin embargo, la revocación de esa medida gubernamental por parte del Presidente de la República, Daniel Ortega, no puso fin a las protestas.

Un solo muerto sería suficiente para deplorar el resultado de las protestas, aunque se hable de casi 300 como resultado de los enfrentamientos entre los manifestantes, las fuerzas del orden público y elementos organizados y considerados “parapoliciales” o afectos al gobierno sandinista del país. Esta situación comporta, como no podía ser de otra forma, disímiles interpretaciones dependiendo del ángulo ideológico de los analistas. Si para algunos el problema se ubica en la populista política gubernamental, esa que la acerca a otros países de América Latina, como Venezuela; para otros los disturbios deben entenderse como el resultado de la intervención norteamericana, amparada en esa prolongada doctrina Monroe que ha permitido la intervención del gigante del norte en todos los conflictos de los Estados de América Latina.

Demasiados maniqueísmos, no cabe duda, y que los análisis profundos deberán discernir con el tiempo, puesto que rara vez en la inmediatez se cuenta con todos los elementos necesarios para tener las pocas o muchas certezas necesarias. Lo que no cabe duda es que hay elementos no tomados en cuenta cuando se abordan estas situaciones donde se involucran personas de distinto origen y condición bajo una misma bandera, la protesta, no necesariamente organizada, contra los detentadores del poder.

Protestas populares, revueltas o rebeliones han sido entre los historiadores un tema de investigación para desentrañar cómo surgen, sus participantes, así como los resultados logrados. Las chispas que provocan estas protestas son de diversa naturaleza, y no tienen por qué ser coherentes y consistentes en su contenido ideológico. Nada en lo vivido y observado sobre Nicaragua conduce a pensar que lo ocurrido sea diferente a este tipo de manifestaciones populares, casi siempre desmovilizadas con el paso del tiempo, la represión y el consiguiente desgaste de los participantes. Cualquier que sea su contenido y resultado final lo evidente es que la protesta, la movilización de actores sociales, no es gratuita, responde a profundos agravios que encuentran su punto de ebullición en circunstancias que en otras condiciones no representarían más que un lógico debate.

Pero dicho lo anterior, es dramático que el país centroamericano, que batalló para derrocar a la dictadura del régimen de Anastasio Somoza lograda como victoria en 1979, tras una sangrienta guerra con muchos actores nacionales y extranjeros, vea hoy de nuevo bañado su suelo con la sangre de nicaragüenses. La lucha por la libertad de los pueblos, en Nicaragua simbolizada por Augusto César Sandino, parece no cejar en el vecino Istmo centroamericano. Ello debería llevarnos a repensar la construcción histórica de los Estados modernos sin bases democráticas reales, cuestión que el nacionalismo nacido casi a la par en América Latina no ha logrado subsanar. La simulación del poder parece quebrarse en muchos países y ello es preocupantes, sobre todo, para sus ciudadanos.

Foto: Nuevo Diario de Nicaragua.

Intentos de diálogo fallidos y enquistamiento de posiciones representadas por esas barricadas en la UNAN, no puede hacernos olvidar lo que sí ha sido un reclamo de la escasa prensa libre del país, y de los observadores y especialistas internacionales, que es el acaparamiento del poder por parte de la familia del Presidente Daniel Ortega. Quien fuera líder de la guerrilla sandinista que derrocó la dictadura somozista hoy ejerce su potestad, y guía al país, bajo el signo del nepotismo más ramplón. No cabe duda que el poder corrompe, y que el poder absoluto corrompe absolutamente, como dicta la sentencia.

La patria de Sandino vuelve a desangrarse hoy, como lo hizo ayer en busca de un mejor futuro para sus ciudadanos. Situarnos en bandos antagónicos, por posiciones ideológicas disímiles, no ayudará mucho al pueblo nicaragüense. Lo evidente es que el descontento, manifestado en forma espontánea, es un síntoma de una enfermedad que, por desgracia, recorre demasiados lugares del planeta para recordarnos que el ejercicio del poder, en cualquiera de sus modalidades, sigue siendo uno de los puntos nodales para repensar la vida de los seres humanos en sociedad.

 

 

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