La intimidad con el libro

Casa de citas/ 399

La intimidad con el libro

Héctor Cortés Mandujano

 

Ilustración: Juventino Sánchez

Leo el volumen 2 de Óyeme con los ojos. De sor Juana al siglo XXI, 21 escritoras mexicanas revolucionarias (Universidad Autónoma de Nuevo León, 2010), trabajo espléndido, de gran formato, de selección, notas, entrevistas y demás (un gran cuidado editorial) de Patricia Rosas Lopátegui. En otra Casa… he comentado el volumen uno.

Lo primero que llamó mi atención de este volumen es que publica obras de teatro ¡completas! de Luisa Josefina Hernández, Sabina Berman, Estela Leñero y Carmina Narro, ¡bravo!, pese a que, como dice Carmina, la dramaturgia (p. 435) “es el pariente pobre y sarnoso de los géneros”.

El prólogo de Élmer Mendoza dice que las seleccionadas (p. 11) “son autoras abiertas a la modernidad más allá de clasificaciones de entrepierna y nada preocupadas por cuestiones identitarias de sexo”.

Luisa Josefina Hernández dice sobre el tema, en la entrevista que le hace Cristina Pacheco (p. 61): “La independencia de una mujer empieza cuando puede mantenerse sola: todo lo demás son cuentos”, y también (p. 12): “Te advierto que para mí no existe la dichosa misoginia y tampoco considero que exista diferencia entre la literatura que hacen los hombres o las mujeres. Hay literatura y ya”.

De Elena Poniatowska publican, entre otros textos, un fragmento de su ensayo sobre Rosario Castellanos, donde dice (p. 102): “No es que Rosario se haya obligado a emular a Simone de Beauvoir, es que el único punto de referencia era Simone de Beauvoir, y por lo tanto América Latina, en un afán de ponerse al día, produce desde Picassos hasta Elizabeth Taylors del subdesarrollo”.

Dice Ana Clavel en su texto sobre Beatriz Espejo (p. 154): “La literatura de Beatriz Espejo se encuentra lejana de un feminismo ramplón y proselitista”.

Sobre su oficio, declara la maravillosa Sabina Berman, a quien, por cierto, qué bueno, le dedican cien páginas en este libro (p. 205): “En lugar de ‘Levántate y anda’ es ‘Siéntate y escribe’ ”, y mucho más adelante dice (p.280): “Creo que hay que ser cuidadosos con los libros, es más íntimo el contacto que tiene uno con el libro que cuando se hace el amor”.

Parte de la obra de Estela Leñero (El codex Romanoff) trascurre en Chiapas, un estado que evidentemente la autora no conoce: insiste en que hay en nuestro territorio una selva en Zinacantán, donde no dejan de cantar los grillos.

Una importante temática en la literatura de Ana Clavel es el sexo. Sobre él habla sin ambages (p. 364): “Un sabor que no nos abandonará jamás: aún puede quitarme el aliento el recuerdo de la verga erecta de Miguel sonriendo en la comisura de las nalgas”.

Cristina Rivera Garza no cree en los géneros literarios. Lo deja claro (p. 402): “He dicho que los únicos géneros literarios que reconozco son los libros y la nota suelta, todo lo demás son arenas movedizas, creo que nuestros grandes clásicos son libros que cuestionan las clasificaciones”, pero ella sabe que (p. 407) “al buscar cierto tipo de lectores, el libro simultáneamente desdeña a otros”.

Releo a Carmina Narro (las dos obras breves ya los leí antes y las vuelvo a disfrutar) y no resisto hacer esta cita que tal vez ya hice en una Casa… anterior. Discute una pareja que está en las últimas de su relación (p. 419):

“LARISA: Yo no sé por qué te amo si eres tan, pero tan mamón.

“JOSÉ RAMÓN: Tú tampoco eres la más carismática, déjame decirte.”

Sobre ese tema, que es recurrente en su obra, dice en entrevista con Rosas Lopátegui (p. 435): “No es que yo escriba de relaciones disfuncionales, es que no hay de otras”.

La última de este volumen es la más joven (nació en 1974): Liliana V. Blum. Dice Jana Beris en su texto sobre esta autora (p. 451): “Liliana aclara que ‘no es que sea feminista ni nada de eso’, pero sus personajes son casi siempre mujeres”.

En la entrevista que le hace Rosas Lopátegui habla sobre el divorcio de sus padres y dice algo que me parece importante citar (p. 454): “Pero el naufragio sucedió muchos años antes de que firmaran los papeles legales. Mi hermano y yo, con las piernas acalambradas, flotamos mucho tiempo asidos a un tronco lleno de astillas. Afortunadamente ya estamos a cargo de nuestra propia felicidad”.

 

***

Mi misterio es simple: no sé cómo estar viva

Clarice Lispector,

en Aprendizaje o el libro de los placeres

 

Leí, con la alegría que da leer páginas inspiradas, Aprendizaje o el libro de los placeres (Siruela, 1990), de la brasileña Clarice Lispector. Sus personajes, con nombres de resonancias literarias –Ulises, obviamente homérico, y Loreley, a quien siempre nombran como Lori, p. 87, “nombre de un personaje legendario del folklore alemán”– se conocen y se enamoran, pero este amor nace desde las contradicciones de vivir y no entender qué es la vida. Por eso el libro está lleno de preguntas fundamentales y comienza desde la forma en que se miran hasta la manera en que se entregan eróticamente (p. 55): “Nunca se inventó nada más allá de morir. Como nunca se inventó un modo diferente de amor carnal que, sin embargo, es extraño y ciego y aún así cada persona, sin saber de la otra, reinventa la copia. Morir debe ser un gozo natural. Después de morir no se va al paraíso, morir es el paraíso”.

Habla Ulises (p. 83): “Quien escribe o pinta o enseña o danza o hace cálculos en términos de matemática, hace milagros todos los días”.

Se aman desnudos por primera vez y (p. 132) “Lori estaba perpleja al notar que incluso en el amor se debía tener buen sentido y sentido de la medida”.

Me encantaron el principio donde habla directamente Clarice (p. 7): “Este libro requirió una libertad tan grande que tuve miedo de darla. Está por encima de mí. Intenté escribirlo humildemente. Yo soy más fuerte que yo”, y el final es tan abierto como lo que quiera decir el lector. Dice Ulises (p. 140): “Pienso lo siguiente:”, y allí, después de este final, cada cual podrá pensar, decir, sentir, vivir lo que quiera…

 

            Contactos: hectorcortesm@gmail.com

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