Matar por amor

Casa de citas/ 401

Matar por amor

Héctor Cortés Mandujano

 

En “Imitación de la rosa”, del volumen de cuentos titulado Lazos de familia (El cuenco de plata, 2010), de la gran Clarice Lispector, Laura, ama de casa, recuerda algo que le pasó con una amiga (p. 34): “Cuando les dieron a leer Imitación de Cristo, con un ardor irracional había leído sin entender pero, que Dios la perdone, había sentido que quien imitase a Cristo estaría perdido –perdido en la luz, pero peligrosamente perdido. Cristo era la peor tentación”.

En “La mujer más pequeña del mundo” una mujer también recuerda un hecho terrible. En un orfanato las niñas no tienen muñecas y (pp. 74-75) “las niñas más astutas habían escondido a la monja la muerte de una de sus compañeras. Guardaron el cadáver en un armario hasta que la monja salió, y jugaron entonces con la niña muerta, la bañaron y le dieron de comer, la castigaron sólo después poder besarla, consolándola. […] Consideró la ferocidad con que queremos jugar. Y la cantidad de veces que mataríamos por amor”.

 

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Leo una novela más (la cuarta o la quinta) de Sergio González Rodríguez (Mondadori, 2013): El artista adolescente que confundía el mundo con un cómic. Y es de nuevo un relato interesante, original, que intenta romper con la lógica adocenada de las novelas que buscan el relumbrón, la gloria de quince minutos. Me gusta.

El narrador, quien tiene una librería de viejo, dice (p. 11): “Hubo un tiempo en el que creí que cada quien elaboraba su propia existencia. Todos tenemos derecho a ser estúpidos”.

Y cuenta más adelante esta anécdota (p. 113): “Un día compré un gramo de cocaína en el barrio con el fin de hacer analizar en un laboratorio la clase de ingredientes con que mezclaban y adulteraban la droga para sacarle más provecho: vidrio molido, raticida, talco para bebé, etcétera”.

[En El dedo de oro (Alfaguara, 1996: 18), de Guillermo Sheridan, el narrador cuenta sobre una reunión de empresarios de todo el mundo “hartos de lidiar con una corrupción que, como la mexicana, no tenía ningún respeto hacia las leyes de la corrupción internacional”. ]

 

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Mario Vargas Llosa escribió una obra de teatro a partir del planteamiento general del Decamerón, de Boccaccio. La llamó Los cuentos de la peste (Alfaguara, 2015) y la protagonizó, junto con un cuerpo de actores, en un teatro de Madrid, en 2015.

Lo curioso es que su interés de poner es escena esta novela hecha de cien cuentos es su inicio: para huir de la peste, un grupo de jóvenes se recluye en una finca donde pasan el tiempo contándose cuentos –la mayoría de ellos de índole sexual– en diez jornadas.

El Decamerón, publicada por primera vez en 1492, volvió a la actualidad en la versión del Premio Nobel de Literatura 2010, que se aparta en mucho de aquella (Boccaccio es aquí, incluso, uno de los personajes), pero conserva tres asuntos esenciales: la cercanía con la peste, las historias sexuales y el que supongo le parece más importante a Vargas Llosa, porque es esencialmente el terreno de la ficción, de la literatura (p. 13): “¿No vivimos los seres humanos desde la noche de los tiempos inventando historias para combatir de ese modo, inconscientemente muchas veces, una realidad que nos agobia y resulta insuficiente para colmar nuestros deseos?”

No me parece que esta obra de Vargas Llosa toque los linderos de la genialidad; sin embargo, debe haber sido toda una experiencia verlo a él en escena, tan aparentemente serio, y oírle decir los vituperios que escribió para su personaje (El Duque Ugolino), sentir al público riéndose de las situaciones chuscas, de las humanas peripecias sexuales llevadas al límite.

Boccaccio, en mi ejemplar, en especial se disculpa con las mujeres, porque en muchas historias son ellas las que andan buscando cómo ponerle los cuernos al “estúpido del marido”. No hay que tomarlo como algo personal, sino como entretenimiento; esa es la finalidad de su libro (Edivisión, 1999, p. 376): “No he olvidado por eso que mi trabajo está dedicado a las personas ociosas. Cuando uno lee por pasatiempo, ¿puede haber lectura demasiado larga supuesto que el objeto es matar las horas?”

Lo avala Vargas Llosa en su introducción (p. 24): “La moraleja de estas historias es meridiana: todo vale con el fin de obtener placer sexual o ventral y pasar un rato entretenido”.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

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