No buscar la trascendencia, sino lo efímero

Casa de citas/ 400

No buscar la trascendencia, sino lo efímero

Héctor Cortés Mandujano

 

Escribo esta columna con la certeza de que sólo son fragmentos de un libro mayúsculo al que quién sabe cuándo voy a poner punto final. A veces puedo tocar algo de interés para muchos, pero no lo intento, no lo hago adrede (no busco lo trascendente, sino lo efímero). Estas palabras sólo buscan a un lector, a una lectora: a ti. Cursi como soy, no aspiro más que a acompañar a un único espíritu, al que quizás pueda hacer pasar momentos agradables.  Gracias lector, lectora, por leerme, por llegar conmigo a la Casa de citas 400.

 

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Vi fascinado, hace tiempo, la serie Penny Dreadful, escrita por John Logan y dirigida por Sam Mendes. En la temporada uno, episodio dos, el doctor Víctor Frankestein revive cadáveres, pero también es un gran lector de poemas. No le ve problemas a mezclar una práctica tan absorbente e ingrata con una actividad tan espiritual. Dice a propósito algo que me encantó: “Debemos buscar lo efímero, si no ¿para qué vivir?”

En el capítulo siete una mujer ha sido poseída por el Diablo. El africano, ya homologado a la Inglaterra del 1800, donde trascurre la trama, dice al aventurero que deberían traer un sacerdote. Él responde con una pregunta:

¿Crees en Dios?

Y el otro dice, con sabiduría:

Creo en todo.

 

De la segunda temporada, episodio cuatro, es esta divertida charla. Dice Víctor a Vanessa:

¿Me puede acompañar?

Claro que no, doctor.

Gracias. Paso entonces, por usted, a las diez.

 

En el episodio cinco dice una Vanessa desesperada, a propósito de su decisión de suicidarse:

¿Conoce el camino a la libertad? Abra cualquier vena.

 

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Orinarse en la cama es navegar otra vez por los ríos de la placenta

“William Pescador”

 

No sé si había buscado o rehuido la posibilidad de leer William Pescador, la única novela (hasta el momento) del ensayista y crítico Christopher Domínguez Michael. La compré finalmente en la colección 18 para 18 que incluye, además, La educación de los topos, de Guillermo Fadanelly (que ya había leído en otra edición) y Las hojas muertas, de Bárbara Jacob, que leí ahora.

Los buenos ensayistas, y es el caso de Domínguez Michael, no son por necesidad buenos novelistas. Aprecio mucho sus libros de ensayo, de modo que leer su novela suponía leerla con algunos prejuicios que se me desbarataron desde las primeras páginas, porque la novela es divertida, hipnótica, de una escritura pulida.

Que el protagonista tenga 11 años, que haya inventado su propio mundo (Omorca, que “según la mitología caldea”, dice en la página 62, “es el huevo que contiene al mundo”), que nos asomemos a su iniciación sexual y que la trama suponga una aventura con malosos (delineados no del lado de la realidad, sino desde la literatura) y la develación de un misterio, la hace fresca, gozosa. Uno queda feliz después de leerla, y no hay tantos libros de los cuales uno pueda decir lo mismo.

 

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La inteligencia acaso nos sobre. Lo que nos falta es la virtud

Martín Luis Guzmán,

en La querella de México

 

Foto: Nadia Carolina Cortés Vázquez

La querella de México (reeditado en 2002 por el FCE), de Martín Luis Guzmán, es un análisis honrado sobre nuestros defectos como país. Por lo que dice, incluso, quitando los nombres de los que habla y poniendo los actuales, parece que no hemos cambiado para bien, sino para peor. Habla por ejemplo de Porfirio Díaz, a quien se le acusa de todo, pero, dice Luis Martín (p. 27): “¿Qué vale el error o a incapacidad de un solo hombre comparados con la incapacidad y el error de la nación entera que lo glorificaba?”

No sufría Díaz al integrar su gabinete, como no sufren los gobernadores estúpidos y corruptos, los presidentes asesinos y expoliadores que nos gobernaron, que aún nos gobiernan (p. 28): “¡Legiones de ciudadanos conscientes y distinguidos, la flor de la intelectualidad mexicana, prestándose a la más estéril de las pantomimas políticas que han existido! Entre esas glorias mexicanas –que no tienen siquiera la disculpa de la cobardía, pues lejos de ser obligados, faltaban puestos para los solicitantes–, entre esas glorias figuraban nuestros maestros…”

El breve texto, escrito en 1915, fue leído por Diego Rivera, quien mandó una carta a Guzmán, donde le dice algo que parece muy actual también (p. 55): “No tengo más que una cosa que decirle, ¡vengan esos cinco!”

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

 

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