Después de 1968

Se ha escrito sobre el movimiento estudiantil de 1968 desde diferentes puntos de vista. Recién apareció un número de Letras Libres (Octubre, 2018) dedicado al tema con el atractivo título en portada de “Un viaje al centro del movimiento estudiantil”. Se agrega a la bibliografía existente. Es probable que más temprano que tarde, el movimiento estudiantil de 1968 se convierta en una suerte de tema especializado para las ciencias sociales en México, recuperando la problemática general de los movimientos de estudiantes en América Latina. Faltan aún reflexiones acerca de lo que pasó después en el país, un tema que podríamos enunciar como “El México del post 68” lo que permitiría un análisis más cercano de las consecuencias del movimiento estudiantil en la vida del país.

En efecto, después de la disolución del Consejo Nacional de Huelga el 6 de diciembre de 1968, el país entró en un proceso de ajustes del sistema político imperante. Nunca estuvo en peligro la economía política dominante, porque nadie pensó en esta temática compleja durante los días del movimiento. Si se observa el pliego petitorio lanzado por los estudiantes en aquellos días, el centro del pensamiento colectivo que recorría a los jóvenes rebeldes, era el de la libertad. No más represión. Instaurar un régimen democrático, no el cambio de la economía política del capitalismo hacia otra, socialista (después habrá que discutir qué se entendía por esto último), era el reclamo. Veníamos esa generación, de observar y sufrir la represión hacia los jóvenes. Fueron tiempos en los que la violencia del Estado se desencadenó sobre la juventud mexicana, como ocurre actualmente con la desgarradora violencia de nuestros días. Los jóvenes son el objetivo. Así ocurría en otro contexto, incluso con otras modalidades de violencia, en aquellos años del siglo XX que contextualizan al movimiento estudiantil. Una suerte de patriarca cavernícola como Gustavo Díaz Ordaz es perfectamente explicable en ese contexto. Los jóvenes, pensaba Díaz Ordaz –o intuía, porque es difícil asignarle pensamiento de algún tipo a este personaje siniestro de la vida pública de México-deben ser sumisos al orden establecido. Enseñarles a obedecer es la clave. Besar las manos de sus “mayores” en señal de plena sumisión es el deber serde la juventud mexicana, según Díaz Ordaz y todos los que coinciden con él. Los jóvenes deben educarse en la obediencia, no en la libertad. Deben aprender que no son dueños de su vida ni de su destino, lo que es propiedad privada de sus mayores. Todos los signos de los días del país del 68, marcaban esos dogmas que remarcaban: los jóvenes deben obedecer. Y si para ello hay que masacrarlos, adelante, porque México debe caracterizarse como el país de la juventud domesticada. Eso pensaba Díaz Ordaz y sus epígonos.

La juventud del 68, o por lo menos un sector de ella, concibió que el problema central del país era el de la libertad. Comenzaba desde la organización familiar misma, dentro de rígidas consideraciones de comportamiento en las que se confundía al respeto con la sumisión. Veáse de nuevo el pliego petitorio del movimiento estudiantil, y el centro del mismo es la cuestión de la libertad: fuera los presos políticos de la cárcel, destitución de los mandos policiacos y del ejército como brazos de la represión, desaparición de los cuerpos represivos del Estado, derogación de los artículos del código penal que restringen las libertades de la población, castigo a funcionarios involucrados en la represión hacia los jóvenes, diálogo público para dirimir los asuntos colectivos de la nación. Esto le pareció horroroso a Díaz Ordaz y sus corifeos. Y nótese que el documento estudiantil en su título de “pliego petitorio” llevaba la impronta del ruego, no de la exigencia, sino del acto de “pedir” al padre supremo, al Estado, encarnado en Díaz Ordaz, que concediera la libertad.

Lejos de que la masacre de la tarde del 2 de octubre signifique la derrota del movimiento estudiantil, fue, en verdad, la tumba del régimen autoritario. Es la más clara nuestra de la incapacidad de un régimen político de dialogar con su propia población. Es una configuración del poder que ni de lejos admite que la soberanía recae en el pueblo mismo. Eso, para Díaz Ordaz, era una blasfemia. Pensaba, igual que Nixon, que el poder del gobierno emana del poder mismo y que el “pueblo” (ese ente complejo) es sólo un espectador y receptor pasivo de las decisiones del poder. Localizar la base de este tipo de planteamientos en la economía política imperante no es fácil, y no lo era en aquellos días. Es tal el peso de la opresión, que se piensa que esta es la causa y no el resultado. Y la opresión ejercida sobre los jóvenes era brutal, tanto, como la violencia actual.

Así que la economía política del país no se movió ni un ápice, pero si hubo alteraciones en la vida pública mexicana. Me parece que las transformaciones más evidentes se dieron en la prensa, aquella “prensa vendida” que señalamos a gritos durante las manifestaciones en las calles de la Ciudad de México. El grito, ”Prensa Vendida”, es un señalamiento profundo. Apunta hacia la traición del oficio. El movimiento estudiantil abrió una prensa post 1968 que por lo menos, recuperó la capacidad del debate público, en páginas que estaban cerradas al pensamiento crítico. No es casualidad que después del 1968 se diese el golpe contra el Excelsior de Julio Sherrer pero también generó la aparición de la revista Proceso. El despido de Orfila Reinal como Director del Fondo de Cultura Económica, debido a que no se plegó a los dictados del Estado Pater, generó la aparición de la editorial Siglo XXI. Es decir, el movimiento estudiantil recuperó la capacidad de debatir públicamente lo que es público en el país. Ello es una herencia mayor de ese movimiento. En términos escolares, el movimiento estudiantil terminó con la división inducida desde arriba, entre los estudiantes del Instituto Politécnico Nacional y los de la Universidad Nacional Autónoma de México. Más todavía, desterró de las aulas al argumento de autoridad y sustituyó el respeto a los docentes debido a la autoridad intelectual de estos, y no a la imposición arbitraria de los juicios. Se terminó aquello de que al aula se acude a “escuchar y callar” y se instituyó la participación activa de los jóvenes como lo principal en el sistema educativo superior. Se acabó el tener que pedir permiso para manifestarse públicamente. En breve, se refrescó la vida pública de México, incluso con la tolerancia hacia las preferencias sexuales, el auge del feminismo y el paulatino destierre de prejuicios arraigados.

No ha terminado la represión como es evidente. La violencia actual es un hecho que trae consecuencias terribles al país y que ha generado una especialización en las ciencias sociales. Ello es así. Pero también lo es el que el movimiento estudiantil del 1968 situó el problema de la libertad ciudadana como central en la vida de México. Y eso es una victoria.

Ajijic. Ribera del Lago de Chapala, 11 de noviembre de 2018.

 

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