Tiempos violentos

Cortesía La Afición

Quizá a nadie le interese mínimamente que Argentina se ha paralizado a propósito de la suspensión de un juego de futbol. En Sudamérica y en ese país es puede ser considerado como un hecho normal. Bien, nada nuevo bajo el sol, solo que la noticia no es exactamente el futbol en sí, evento al que han titulado “la final del mundo”, porque es un partido donde se enfrentan dos rivales históricos de Argentina, el Boca Juniors y el River Plate, en un evento histórico, La Copa Libertadores, el torneo de futbol más antiguo del mundo, y en un escenario, también histórico, de violencia sistemática a propósito de rivalidades mas allá del deporte donde se involucran todo tipo de autoridades, de instituciones y gobiernos, lo cual deja en la vera del camino al propio futbol, los jugadores, público y el gusto por ese deporte.

No es posible que la violencia de unos cuantos sea más importante que un juego de futbol. Pero lo es, lo que habla de la prioridad para construir un imaginario popular a base de madrazos. Obviamente, lo de menos es el futbol mismo, de tal forma que pone en tensión la capacidad de poner en primera plana al mundo deportivo entero. Desde hace tiempo algo rebasó los límites elementales de la sensatez para dar paso a los obscuros ambientes de la confrontación excesiva del Otro, y aquí significa la eliminación de la diferencia.

Otro escenario: uno lleno de gases, gente golpeada y corriendo para guarecerse de las fuerzas de seguridad; así acaba un sexenio gubernamental de nuevos infortunios para Chiapas. El gobernador, Manuel Velasco Suárez, situado en los últimos lugares (penúltimo, de hecho) a nivel nacional, cierra con la mayor de las irracionales torpezas de cualquier gobernante: apaleando al pueblo.

En Chiapas, como en el chiste, hay una noticia buena y una mala. La primera es que en el país la gente votó masivamente por un cambio de régimen y se avecina (eso dicen) una transformación radical en el país. La mala noticia es que, precisamente, este gobernador impopular y abucheado cada vez que se presenta ante un público ajeno a los acarreados de siempre, el que ha dejado saqueado al estado, y ominosamente gobernado con torpeza y sin tacto político, es amigo personal del nuevo presidente electo. O sea, la Cuarta Transformación en Chiapas puede ser un mito más de los políticos advenedizos que como viles camaleones de la selva chiapaneca, ahora rinden loas a su nueva adhesión y seguirán impunes despojando al gobierno.

No se si se sepa en el país, o la dirigencia nacional de MORENA, pero en Chiapas la gente esta enfadada, siente que no habrá cambio alguno y de nueva cuenta la soberbia, impunidad y corrupción seguirán campeando. Si se sigue con ese discurso del “perdón” aquí acabará muy mal lo que apenas inicia. Por lo pronto, Chiapas está incendiado y violentado como nunca, en su despedida el gobernador mandó a reprimir y dio paso, como colofón a su mandato, a la violencia y la perspectiva belicista y delincuencial contra el ciudadano, que en esta parte del país forma parte de la vida política cotidiana. Mal harán las nuevas autoridades “del cambio” si hacen caso omiso al malestar profundo que existe en el estado.

Y en la frontera norte del país, donde el famoso muro ya existe desde decenas de años y donde también se acaba México y el resto de Latinoamérica, los estadounidenses también lanzan gases a migrantes que intentan desesperadamente cruzar la frontera e ir en busca de algo que les de certeza a eso que nosotros eufemísticamente llamamos “existencia”.

El cuadro es impecable desde el punto de vista de la ignominia. Lacrimógeno  a migrantes frente a un muro que divide países, amenazas guerreristas e injurias de todo tipo de parte del presidente gringo, protestas de mexicanos contra centroamericanos, mientras otros nacionales son expulsados de Estados Unidos. La violencia en su jugo, el lado obscuro de la vida en frontera.

Hay algo característico de estas tres situaciones: la violencia imparable, que está ahí, inmerecidamente presente, casi acto cotidiano de nuestro tiempo. En los ejemplos anteriores en ningún caso es sorpresa lo acontecido. En cambio, sí lo es el hecho de la recurrencia y su presencia cada vez más asentada en nuestros imaginarios como un problema que recorre cada rincón de nuestra vida social. Y eso sí, es bastante arriesgado. La violencia está más presente que nunca y poco a poco nos puede convertir en una sociedad habituada a ver normal los hechos que nos sacuden como grupo y nos remiten a lo más primitivo de nuestra convivencia. Ahora mismo vivimos tiempos convulsos, periodo de violencia que puede rebasarnos si no anteponemos nuestra humanidad de por medio, en breve lo único que nos quedará.

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