A 80 años de la Guerra de España: El Maestro Andrés Fábregas Roca

Andrés Fábregas Roca nació en Barcelona, Catalunya, España, el 11 de enero de 1910, justo el año en el que la Revolución Mexicana inauguraba el Siglo XX. El padre de Andrés Fábregas Roca, Andrés Fábregas Comadira, vivía de comerciar diferentes productos y su madre, Mercedes Roca Grifoll, se dedicó a cuidar su casa y criar a sus tres hijos: Miguel, el mayor, Andrés y José María. Andrés Fábregas Roca creció en la austeridad clásica de un hogar burgués catalán, sin que le faltara nada, pero fue la época que lo hizo apreciar el valor de la sencillez. Creció en Barcelona, esa ciudad irrepetible, de una belleza singular, una joya a la orilla del mar Mediterráneo. Fue educado como la mayoría de los jóvenes catalanes de la burguesía media, en colegios religiosos, disciplinados y exigentes, lo que nunca atentó contra su pasión por la alegría. Disfrutó en su adolescencia y juventud las añejas calles de su Barcelona natal, los bares maravillosos, la espumeante cerveza, el excelente vino catalán, la gastronomía del Mediterráneo, el bullicio de uno de los puertos en donde ha crecido la humanidad. Los versos de Joan Manuel Serrat describen lo que los catalanes sienten por su ciudad consentida: “Quizá porque mi niñez/sigue jugando en tu playa/y escondido tras las cañas/duerme mi primer amor/llevo tu luz y tu olor/por dondequiera que vaya”.

Andrés Fábregas Roca en algún lugar durante la Guerra de España.

Una parte de la juventud de Andrés Fábregas Roca transcurrió en Cádiz, la “Tacita de Plata”, la joya de Andalucía, la Tierra del goce y de la risa, enlutada para siempre por el asesinato franquista del poeta Federico García Lorca. Allí en Cádiz, el joven Fábregas Roca inició sus estudios de medicina sin perder el contacto con el mar, el aíre salado, el olor del pescado frito que es el plato excelso de la gastronomía andaluza. Vino, sal y mar, pescado y viento, acompañaron al joven Fábregas Roca en aquella tierra fundada por los árabes con el culto al agua y las flores. De vuelta en Barcelona, siguió estudiando medicina en el Hospital de San Pedro y San Pablo y, ya cursando el último tramo, se inició el golpe de Estado encabezado por el general traidor, vergüenza de España, Francisco Franco. Por aquellos días, el joven Fábregas Roca militaba en el Partit Proletarí Catalá del que fue miembro fundador. Dicho partido pasó a formar parte del Partido Socialista Unificado de Catalunya, equivalente al Partido Comunista Español. Fue amigo de los anarquistas, que en la Tierra Catalana han tenido una presencia importante. Hablaba con alegría y con nostalgia de dos de sus amigos anarquistas más queridos: Buenaventura Durruti y Jaime Comte, destacados dirigentes políticos de aquellos días, con quienes convivió en los inimaginables bares de la Barcelona eterna.

Los ejércitos combinados del eje fascista Ítalo-Alemán-Español, es decir, Mussolini, Hitler y Franco (un trío de “bellísimas personas” dirían en Chiapa de Corzo), derrotaron a una República Española asediada, en cuyos campos ocurrieron los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial además de fungir como escenario de la prueba de armas de los alemanes e italianos. Emigrado a raíz de aquella derrota, Andrés Fábregas Roca arribó a las playas veracruzanas justo un 26 de julio de 1940, después de haber pasado los horrores de los campos de concentración franceses. Desembarcó con 600 de sus compatriotas en el Puerto de Coatzacoalcos, Veracruz, en medio de los vítores de los trabajadores mexicanos que aún vivían aquellos días de la Revolución Mexicana, enterrada por los gobiernos que le volvieron la espalda al pueblo de México. Llegaban los republicanos, como ellos mismos lo denominaron, al Puerto de la Esperanza, en uno de los últimos barcos, el Saint Dominique, que arribó a las playas mexicanas transportando a los refugiados, como vino a conocerse a los exilados españoles. El libro que narra este viaje lo escribió otro de los republicanos que venía en aquel viaje: Alfonso Vera Canales, que tituló su texto Al Puerto de la Esperanza,(Editado por Vera Canales, Monterrey, 2005). Nadie como Rosario Castellanos, amiga del que fuera el Maestro Andrés Fábregas Roca, para describir la llegada de aquel joven catalán a Chiapas. La gran escritora chiapaneca escribió el Soneto del Emigrado, que dedicó a Andrés Fábregas Roca y que transcribo:

Cataluña hilandera y labradora

Viñedo y olivar, almendra pura

Patria: rememorada arquitectura

Ciudad junto a la mar historiadora.

Ola de la pasión descubridora

Ola de la sirena y la aventura

-Mediterráneo-hirió tu singladura

La nave del destierro con su proa

Emigrado, la Ceiba de los Mayas

Te dio su sombra grade y generosa,

Cuando buscaste arrimo ante sus playas.

Y al llegar a la Mesa del Consejo

Nos diste el sabor noble de tu prosa

De sal latina y óleo y vino añejo

Andrés Fábregas Roca, quinto de izquierda a derecha, en la casa de los refugiados en Tuxtla Gutiérrez. 1940.

Es uno de los sonetos más bellos de los escritos por Rosario Castellanos, que con brevedad hermosa, describe a aquel joven catalán que en tierra chiapaneca se convirtió en el Maestro Andrés Fábregas Roca. En efecto, después de tres intentos fallidos por regresar a España para incorporarse a la lucha clandestina contra el usurpador golpista de Francisco Franco, Andrés Fábregas Roca se concentró en su vida chiapaneca. Transformado en el “Maestro Fábregas”, consagró su vida a la educación de jóvenes chiapanecos y lo hizo con absoluta entrega, con convicción, con pasión y con un enorme aprecio por la gente y la tierra de Chiapas. Cuando algún político rastacuero le propuso saquear el erario, respondió: “Nunca robaré a la tierra que me dio un destino, un hogar y un sentido de vida”. Formó parte de la generación del Ateneo de Ciencias y Artes de Chiapas, del que fue miembro fundador. También formó parte de los fundadores del Instituto de Ciencias y Artes de Chiapas, el legendario ICACH, en cuyas aulas se forjaron cientos de jóvenes chiapanecos. Fue uno de los animadores centrales de las conversaciones en la Cantina de “Don Oscar”, la “Estación”, mejor conocida como “El Ateneito”, círculo intelectual que animó la vida cultural de Chiapas. Introdujo a Chiapas a los pensadores clásicos de las corrientes intelectuales de Occidente, a través de sus espléndidas clases en las aulas del ICACH, impartiendo Historia de la Filosofía, Ética, Francés, Psicología. Murió prácticamente en las aulas, impartiendo clases de Física en el Tecnológico Regional de Tuxtla Gutiérrez. Aunque insistía en que no era un escritor, escribió textos espléndidos, parte de ellos recuperados gracias a la edición que hicieron José Martínez Torres y Antonio Durán Ruiz en Andrés Fábregas Roca. Obra Reunida, (UNACH/AFINITA, México, 2014). Mucho más podría escribir acerca del Maestro Fábregas Roca. Sirvan estas páginas para recordar a un personaje esencial de la vida cultural de Chiapas en el siglo XX y a lo que significó el exilio republicano español en México. No hay rincón de nuestra Patria que no conozca la influencia de una intelectualidad extraordinaria como la que llegó a nuestro país con los republicanos, además de profesionistas de una variada gama, empresarios, médicos, ingenieros, etcétera, que devolvieron a México la generosidad hacia ellos, dedicando su vida a servir al país.

Andrés Fábregas Roca, “El Maestro Fábregas”, cerró sus ojos en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 4 de marzo de 1990.

27 de enero de 2019. Ajijic, Ribera del Lago de Chapala.

 

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