La imaginación perdida

Casa de citas/ 412

La imaginación perdida

Héctor Cortés Mandujano

 

Huesos en el desierto (Anagrama, 2002; mi ejemplar está actualizado al 2005), de Sergio González Rodríguez, es una valiente investigación pormenorizada (crónica, reportaje y ensayo) sobre las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez.

En el “Epílogo personal” dice el autor (p. 284): “Una mañana de 1996, salí de la Ciudad de México hacia la frontera norte. Y hallé un rastro de sangre. […] A veces, el rastro aquel se convertía en un hilillo casi invisible y había que aguzar los sentidos para distinguirlo. Luego se volvía ostentoso de tan evidente. Un charco de sangre espesa en el que se hunden la indignación y el azoro”.

Luego de dar datos, versiones, resultado de sus investigaciones, concluye (p. 286): “El país alberga ya un gran osario infame, que fosforece bajo la complacencia de las autoridades”.

Los crímenes de miles de mujeres jóvenes se han cometido, impunemente, bajo la sombra de hombres poderosos ligados a la industria, la política y el narcotráfico. En el “Postfacio a la tercera edición” cita González Rodríguez, quien también ha sido secuestrado, golpeado y amenazado de muerte por todo lo que ha investigado y escrito sobre las muertas de Juárez, una oración límpida (I): “Lo contrario del olvido no es la memoria, sino la verdad”.

Es curioso el léxico propio del narcotráfico (p. 85), “cuyo ejemplo primario son los términos zoológicos para aludir a la droga: el gallo (mariguana), el perico (cocaína), la chiva (heroína)”.

Cita otro libro (El negocio. La economía de México atrapada por el narcotráfico, de Carlos Loret de Mola A.), que a su vez (p. 109) “reproduce un informe del Centro de Investigación y Seguridad Nacional (CISEN) que señala que ‘si se terminara con el narcotráfico, la economía de Estados Unidos caería entre el 19 y el 22%, en tanto que la mexicana se desplomaría hasta un 63%’ ”.

Un personaje aparece en casi todo el libro como ejemplo de ineficiencia, maltrato a los familiares de las muertas y encubrimiento de los verdaderos culpables. Sorprendentemente es una mujer: La fiscal Suly Ponce. Dice González Rodríguez (p. 230): “Se ha visto reír a carcajadas a Suly Ponce mientras asiste al levantamiento del cuerpo de una mujer víctima de homicidio. Su voz y figura podrían ser las de un funcionario X, como cualesquiera otras. Reemplazables. Indiferentes. Las víctimas, en cambio, son lo contrario: personas únicas. Incluso las no identificadas”.

 

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Foto: Raúl Ortega

Peter Brook escribió que al público isabelino en cualquiera de las obras de Shakespeare se le podía decir “estamos en el bosque” y se lo imaginaba sin problemas. El público contemporáneo, sin embargo, necesita escenografía, música, efectos, luces, para imaginar y a veces ni así.

Leo Espacios isabelinos (Cuadernos de ensayo teatral 8, Paso de gato, 2008), de Alejandro Luna, y él asienta que en las obras originales de Shakespeare (p. 23) “no hay una sola acotación de lugar ni ninguna división en actos ni escenas. […] El texto corre sin división alguna ni acotación de lugar”.

Y dice: “Todas las acotaciones de lugar a las que estamos acostumbrados son invenciones del siglo XVIII, en especial de Nicholas Rowe en su edición de 1709, de Lows Theobald en 1733 y de Sir Thomas Hanmere en 1744”. ¿Por qué agregaron eso y por qué se sigue agregando algo que el original no tiene? Porque desde el siglo XVIII se “necesita” escenografía.

Sigue Luna, que es uno de nuestros más reconocidos escenógrafos (p. 24): “Shakespeare había escrito obras sobre personas, no sobre lugares”. Su público “debía concentrarse totalmente en las palabras y en las acciones, debía ignorar el lugar donde se desarrollaban las acciones”.

Shakespeare escribía para representar sus obras en El Globo, al que acudían todas las clases sociales. Ahora, dice Luna (p. 26), “las convenciones isabelinas funcionan como una sofisticada estilización postcinematográfica y no como el lenguaje compartido por un público de nobles, caballeros y damas, artesanos, borrachos y putas”.

Qué cosa: cómo nos hemos estratificado y cuánta imaginación hemos perdido.

 

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En el epílogo de Historia de la noche, que leí en eBook, Borges me hace saber que mi columna podría llamarse “centón”, una palabra de cuya existencia no sabía o no recordaba y que se usa para designar aquella obra “compuesta enteramente, o en la mayor parte, de fragmentos, sentencias o expresiones de otras obras o autores”. (Me divierten estas palabras homónimas, por confusas: “hética” es la persona que padece tisis; “acecinar” es poner sal a la carne, etcétera…)

Allí mismo, a propósito de cierto autor, habla de algo que intento conseguir cuando comparto mis lecturas, que al final de cuentas son parte de mi vida personal: “Abunda en referencias librescas; también abundó en ellas Montaigne, inventor de la intimidad”.

Leí, también de Borges, el eBook La memoria de Shakespeare, que contiene cuatro cuentos espléndidos. En el que da título al volumen escribió Borges: “La memoria de un hombre no es una suma; es un desorden de posibilidades indefinidas”.

 

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Con la publicación de mi Casa de citas. Volumen I (Tifón, 2018) hubo una pregunta repetida sobre el título. Me di cuenta que la respuesta no la puse en por lo menos esas cincuenta Casas iniciales. La idea nació de una cita de cita que hice en mi libro Chiapas cultural. El Ateneo de Ciencias y Artes de Chiapas (SE, 2006:18): “Xavier Rodríguez Ledesma en su Escritores y poder menciona la ironía de (Salvador) Novo al afirmar que muchos libros son, en realidad, Casa de citas”. Allí se me ocurrió, creo, la idea de la columna que he llevado a la práctica durante tantos años. Ese es el germen.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

 

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