Una serpiente en el piano

Casa de citas/ 413

Una serpiente en el piano

Héctor Cortés Mandujano

 

Generalmente leo, en promedio, cien páginas de un libro en la mañana y cien en la noche, de modo que un libro breve (de 200 o menos o un poco más) lo termino el mismo día que lo empecé. En los textos largos me encuentro a veces que no me entretienen lo suficiente y por eso empiezo a la par otro, y si ése tampoco me causa adicción tomo otro. Es normal que, en ocasiones, esté leyendo seis libros al mismo tiempo. Y los termino todos, salvo rarísimas ocasiones.

Recuerdo y cuento esto porque ahora mismo me hallo leyendo (voy en la página 104) El Corán; su densa lectura me hizo buscar algo con que alternarlo. Tomé Nostromo, de Joseph Conrad (voy en la página 303), que tampoco me atrapa, y empecé Por último, el cuervo, (voy en la página 60) de Ítalo Calvino. Son treinta cuentos, pero hasta el séptimo no me hace mucha gracia. Inicié, entonces, Memorias de un nómada (Mondadori, 1990), autobiografía de Paul Bowles (1910-1999) y quedé encandilado. Lo puse en primer plano y lo terminé en dos jornadas.

El cielo protector, de Bowles, me pareció cuando lo leí, hace años, un libro prodigioso; luego leí un libro raro de su mujer, Jane Bowles, cuyos problemas mentales se fueron agudizando conforme vivía y escribía, y tal vez por eso quise saber sobre la vida de este hombre que convivió con muchas celebridades del cine, la música, la literatura, la pintura, el arte…

Como todo niño que se respete, tuvo problemas con sus padres. Cuando su progenitor le pegó por primera vez, escribe Paul (p. 47) “Prometí consagrar mi vida a destruirle, aunque el conseguirlo supusiera también mi propia destrucción”.

Apenas pudo se fue de casa y comenzó su peregrinar por todos lados. Fuera tuvo su primera experiencia sexual con una mujer y luego con un hombre. Las despacha con rapidez (p. 99): “Pasé por otra iniciación sexual tan fría y absurda como la primera”. De hecho, dice más adelante, pensó que (p. 108) “la defecación y el coito eran dos actividades que hacían completamente ridículo al ser humano”.

Estaba en Berlín cuando el nazismo comenzó a tomar fuerza, pero no parecía preocupante (p. 125): “Hitler no tenía importancia, era un fanático austriaco, un débil mental, con una pandilla de jóvenes maleantes. Eso decían todos”.

Bowles era memorioso, pero viajó tan extenuantemente que, creo, debió llevar un diario que registrara hasta las minucias. Gertrude Stein tenía un perro al que bañaban todos los días a las siete (p. 130): “Si por algún motivo un día se retrasaba el baño, a la hora habitual se ponía a aullar y no paraba hasta que le bañaban”.

También, claro, viajó por México en varias ocasiones (hablaba y leía español). En la primera viene con un amigo (p. 214): “A Tonny le gustaba la vitalidad mexicana, pero despreciaba su falta de disciplina.

“—¡Revolución! –se burlaba–. Esta gente ni siquiera sabe lo que significa la palabra.”

Y dice Bowles allí mismo: “Los autobuses eran todavía más primitivos que los de África”.

Conoce a Silvestre Revueltas y queda impresionado con su talento y su humanidad (Bowles fue también músico, con obra vasta). Revueltas era dipsómano (p. 216): “Las condiciones en que vivía, en un barrio miserable, apenas le permitían más alternativa que la muerte. Jamás había visto tanta pobreza, ni en Europa ni en África”.

Decide Bowles ir al istmo de Tehuantepec, porque le cuentan que (p. 216) “allí vivían las mujeres más hermosas de México, y se bañaban desnudas en el río todas las mañanas”. Fue y (p. 218) “a los pocos días me llamaban don Pablito”.

Ilustración: Juventino Sánchez

En Manzanillo aterriza entre un tropel equino (p. 274): “Como no podía hacerse otra cosa, aterrizamos entre los caballos y no pasó nada”.

En Ceilán va a tocar su piano y encuentra las teclas atoradas por una larga serpiente que ante sus ojos se iza y se enrosca en la viga del techo (pp. 326-327): “En mi mundo, el que una serpiente de tres metros y medio salga de un piano y desaparezca en el techo era un suceso extraordinario, pero mis anfitriones apenas se inmutaron”.

Va acompañado rumbo a un templo y le piden que tenga cuidado con las cobras. Se hallan con un monje que los guía (p. 341) “diciéndonos que era mejor que fuéramos acompañados, porque las serpientes reconocían a los monjes y jamás habían atacado a nadie en su presencia”.

Al final de su jugosísimo libro vuelve a usar un epigrama de Valéry, que usó antes en El cielo protector (p. 395): “Adiós –le dice el moribundo al espejo que sostienen delante de él–. No volveremos a vernos”.

 

***

 

Nostromo, publicada originalmente en 1904 (mi ejemplar es de 1991, Alianza Editorial), de Joseph Conrad, olvida durante muchas páginas –entretenida en la historia del devenir de Sulaco y sus guerras, de los señores Gould y su mina– al que en realidad es protagonista de las últimas 50 de las 535 que tiene esta novela en mi edición.

Nostromo, como es llamado popularmente el capataz de cargadores, se llama Gian Battista Fidanza, y ha labrado un honor, una fama de honradez que pierde por esconder un tesoro que no era suyo y, en especial, por pedir la mano de una mujer y estar enamorado de otra. Las dos hermanas enamoradas de él, la que se le entrega y la que se le promete, bordan la tragedia final. Gran cierre.

Esta idea me pareció digna de compartirse (p. 315): “Ser millonario […] es como ser eternamente joven. La audacia de la juventud supone contar con un tiempo ilimitado a su disposición; pero un millonario tiene en la mano medios ilimitados… lo que es preferible. El tiempo de uno en la tierra es una cantidad incierta, pero de la larga duración de los millones no hay duda”.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

 

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