El niño que nos mira

Casa de citas/ 415

El niño que nos mira

Héctor Cortés Mandujano

 

Leo Coral de guerra (Editorial Nueva Imagen, 1979) –que estuvo en mi biblioteca durmiendo el sueño de los justos– del chileno Fernando Alegría (1918-2005). Gran novela breve. Un militar secuestra, viola y entrega a una treintena de sus compinches, para que también la violen, a la que fue novia de su hijo muerto. La ama, según él. El marido de la joven secuestrada la busca y es también golpeado por ese “delito”. En el prólogo, Mario Benedetti dice que (p. 11) “el libro de Alegría es, además de una notable narración, uno de los más duros alegatos contra la tortura que haya producido la literatura latinoamericana”.

La novela, escrita con sabiduría narrativa, da la voz a cada uno de los tres protagonistas, en monólogos entrecruzados. Su final, “Coro”, tiene este fragmento, que me parece prodigioso (p. 97): “Todo aquel que me destruyó, me dio un poco de su fuerza y de su hermosura. Vivo y sobrevivo en quienes se avergüenzan de su ingratitud y prefieren no pensar en mí; o piensan en mí cuando apagan la luz del velador y aparentan que se duermen. Tengo más amigos entre los perseguidos que entre los bienaventurados”.

 

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Jardines errantes. Cartas a J. C. Lambert 1952-1992 (Seix Barral, 2008), de Octavio Paz, tiene el mérito de mostrarnos al poeta sin los filtros que supone escribir algo para ser publicado. Por eso suena muy desafiante lo que consigna en la página 20: “Mi biografía (?) es bastante estúpida, como la de la mayoría de los hombres. Y la otra, la parte maravillosa, como la de la mayoría de los hombres, no se puede contar”.

La reflexión es una de las constantes (p. 26): “¿Puede saberse lo que les pasa a los otros? Yo no lo creo. Todos estamos a oscuras”.

Le manda a su amigo el largo poema “El río”. Estos versos me parecen magníficos (p. 90): “Es una explanada desierta el poema, lo dicho no está dicho, lo no dicho es indecible”.

En los años que dura la correspondencia, se ha separado de Elena Garro y comparte la nota sobre su matrimonio con Marie Jose, su segunda esposa (p. 166): “Sí, nos casamos el día 20 de enero, en el jardín, ante un juez indio, tres testigos […], bajo un gran árbol nim y en presencia de muchas ardillas, loros, milanos, águilas, cuervos, bulbules, hormigas, mirlos, lagartijas y otros pájaros y bestias  –los únicos invitados. Un matrimonio al aire libre como un homenaje al amor libre”.

 

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Son ocho las historias que rayan en la perfección las que conforman Un árbol de la noche (Editorial sudamericana, 2000), de Truman Capote. De “Niños en sus cumpleaños” es esta idea (p. 46): “Al diablo no se le amansa yendo a la iglesia a que nos digan lo pecador, estúpido y malvado que es. No, hay que amar al diablo como se ama a Jesús; es muy poderoso y si uno confía en él te devuelve el favor”. Y en “El halcón decapitado”, la chica sin nombre dice (p. 136): “Las velas son varitas mágicas; cuando enciendes una el mundo se vuelve un libro de cuentos”.

“Miriam”, uno de sus cuentos célebres (lo publicó en 1945, en la revista Mademoiselle y fue su primer texto publicado y su primer éxito), me planteó una pregunta. La protagonista es una anciana misántropa, que ni siquiera conoce a los vecinos del edificio donde vive. Un día se encuentra con una niña, más o menos diabólica, que llega, casi al final del relato, a su casa y la toma como suya. Las dos se llaman igual. La pequeña parece una proyección de sí misma, como si en una vida paralela ella estuviera viviendo la vida que la hará la vieja detestable que es. ¿Cómo vería el niño que fuimos al adulto que ahora somos?

Ilustración: Juventino Sánchez

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Todo existe; nada tiene valor

E. M. Forster,

citado por Gerald Clarke

 

En el espléndido trabajo Truman Capote. La biografía (Ediciones B, 1996), de Gerald Clarke, hay varias líneas que no cité en la Casa de citas donde hablé de la vida de Capote y que hago ahora. Dice Truman (p. 444): “La vida social es enemiga del arte”.

Newton, hombre importante para Truman, perdió su prestigio cuando fue procesado. Dice Clarke (p. 457): “La sabiduría, hija del sufrimiento, le hizo decir: ‘Lo principal en la vida es el sufrimiento, aunque desde luego no sea su verdadero sentido, y lo que nos hace diferentes es, básicamente, nuestra capacidad para soportarlo… o para apartarlo de nosotros”.

Perry, el asesino retratado por Truman en A sangre fría, también escribía. Estas son palabras suyas (p. 478): “Si no supiésemos que vamos a morir, seríamos como niños; al saberlo, se nos da la oportunidad de madurar espiritualmente. La vida es sólo el padre de la sabiduría; la muerte es la madre”. Cuando Capote era llevado a muchos lados por los vientos de la fama, dijo (p. 669): “Los famosos se convierten a veces en tortugas vueltas boca arriba”.

 

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Mi amigo Rudy, ciclista, me cuenta que en una de sus sesiones de ejercicio, con su bici a mil por hora, se distrajo y voló por los aires. Se lastimó la pierna y sufrió varios golpes. No se levantó de inmediato, porque todo le dolía. La calle donde ocurrió el accidente era amplia y poco transitada. En el suelo, aún doliéndose del golpazo, oyó que un coche se detenía. El rostro de un taxista (vio que era un taxi cuando pasó a su lado) lo veía inquisitivo.

—¿Idiay? –le dijo sonriendo el hombre del volante.

No esperó respuesta ni hizo el intento de ayudarlo a levantarse. Dio vuelta a sus pasos, subió a su coche y arrancó. Se fue. A Rudy esta rara solidaridad le quiso dar un ataque de risa que, por razones obvias, tuvo que contener.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

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