Las enseñanzas del camino

Casa de citas/ 416

Las enseñanzas del camino

Héctor Cortés Mandujano

 

La historia, al fin y al cabo, no es más que una densa niebla

Gao Xingjian,

en La montaña del alma

 

En La montaña del alma (Ediciones del Bronce, 2001), de Gao Xingjian, Premio Nobel 2000, un escritor, que estuvo enfermo y que no logró consolidar su obra literaria, recorre china en busca de la montaña del alma –también recopila, de paso, canciones populares– que se supone está ubicada cerca de Lingshan. Al final, eso no tiene importancia: lo importante es el camino, la búsqueda.

Con la movilidad del caminante, la novela, de cerca de 700 páginas, se mueve en una temática que incluye uno y mil temas. El protagonista se detiene en muchas aldeas, conoce gente, se entera de peculiaridades locales, recuerda libros, vive varias aventuras amorosas.

Habla, por ejemplo, de un periodista que quiso demostrar (p. 59) “que los pandas eran tan inofensivos como gatitos, trató de que le sacaran una foto con uno de ellos sosteniéndole en sus brazos. De un zarpazo, éste le arrancó los órganos genitales y hubo que enviar al pobre hombre en jeep a Chengdu para salvarle la vida”.

No es complaciente con su género (p. 81): “Los hombres quieren una mujer para su exclusivo placer, los maridos una esposa para que le lleve la casa y haga la comida, y los viejos una nuera que les asegure la descendencia. Ninguno busca el amor”.

Conoce de varias leyendas; una cuenta sobre “hombrecitos” (pp. 118-119): “Conozco perfectamente a estos hombrecitos. En el Canon taoísta se les llama sanshi, ‘los tres cadáveres’, viven desnudos, habitan a menudo en los cuerpos de los hombres, se esconden en su garganta y se alimentan de su saliva. Esperan que éstos estén dormidos para ascender a la corte celestial a fin de informar al Señor del Cielo de los vicios en que han caído”.

Los matrimonios son arreglados por los padres (p. 161): “Los jóvenes que quieren amarse libremente se ven a escondidas en la montaña. Si son descubiertos, son detenidos y ejecutados por sus propias familias”.

Hay demarcaciones donde la gente no pasa, porque son territorios de la serpiente qi (Agkistrodon acutus), que han calificado como más terrible que el tigre. “Se asemejan a un terrón” y (p. 231) “pueden calibrar en un radio de tres metros un mínimo cambio de una vigésima de grado de temperatura. Basta con que aparezca a su alrededor un animal que tenga una temperatura más alta que la suya para que lo detecten y lo ataquen”. Qué miedo.

Hay, en varios textos, sorpresivas ideas (p. 278): “Detrás de un muro en ruinas, están sentados a la mesa mi padre, mi madre y la abuela materna, todos ellos muertos. Me esperan para comer”, y hay brutalidad: una muchacha ingresa en un monasterio de la montaña, un bandido la requiere en amores, no acepta; entonces él (p. 284): “la raptó y obligó a convertirse en su esposa. Prefiriendo antes morir que obedecerle, fue violada y luego decapitada”.

Se habla de arte, claro (p. 487): “Sólo un loco puede considerar que el arte es superior a la naturaleza”.

Hay un montón de definiciones de Historia, que concluye con esta indefinición (p. 582): “Ah, la historia, ah, la historia, ah, la historia, la historia, a fin de cuentas, puede ser descifrada tal como se quiera”.

Compara dos animales (p. 610): “Los hombres y los peces tienen en común que los grandes hombres y los grandes peces han desaparecido todos. Bien se ve que el mundo no está hecho para ellos”.

Me llamó la atención, porque a mí también me ha pasado mucho, que al escritor una persona desconocida quiere darle a leer una historia real, una historia de su vida (p. 643): “Le interrumpo para puntualizarle que yo no soy periodista y que no me intereso por la realidad”.

Ilustración: Juventino Sánchez

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Leo dos novelas clásicas del español Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891): El sombrero de tres picos, publicada originalmente en 1874, y El capitán veneno, de 1881 (mi ejemplar, que contiene ambas, es una bonita edición de Edicomunicación, 1999).

De la vida de este autor me llamó la atención que se enfrentó en un duelo donde a él le tocó disparar primero y falló. Su adversario, en lugar de matarlo (p. 6), “prefirió disparar al aire”. El salvarse de esa manera “deja anonadado su espíritu y se retira en Segovia, refugiándose en la literatura”. Qué bueno, porque su escritura es pulcra y creativa. Sus novelas me encantaron.

 

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La colección Cuadernos de autor, dirigida por Rogelio Cuéllar y María Luisa Passarge publica (o publicará, yo sólo conozco el libro del que voy a hablar) apuntes y bocetos de distintos artistas que le sirven o le han servido para realizar su obra. La concreción de esa idea, que conozco y celebro, es el Cuaderno de autor (La Cabra Ediciones-Conaculta, 2015) de Jorge F. Hernández.

Este narrador, del que sólo he leído la antología de entrevistas que hizo sobre Carlos Fuentes (Territorios del tiempo, FCE,1999), pero que tiene larga carrera literaria, dio para la edición las libretas en las que dibuja y escribe, y eso constituye este bello libro (las fotografías de las páginas son de Rogelio Cuéllar), que simula una libreta-directorio.

Hernández, dice Verónica Gerber Bicecci en el prólogo (p. 11), “terminó por aceptarse como un ‘escritor que dibuja’ ” y sus viñetas (p. 10) “son siempre una reflexión directa o indirecta sobre su oficio: la escritura”. En una de ellas dos hombres ven a una mujer que pasa. Uno dice al otro: “¡Qué poema!”, y el otro le responde: “Ni lo pienses: es pura prosa”.

Es un libro disfrutable completamente. Hay algunas páginas donde no hay dibujos, sino la escritura manuscrita de Hernández; de una de ellas tomo esta cita, que me encantó porque para mí también es cierta (p. 91): “Escribo sin necesitar destinatarios fijos”.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

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