Sylvia

Casa de citas/ 418

Sylvia

Héctor Cortés Mandujano

 

En la película, abiertamente inspiradora, Héctor y el secreto de la felicidad (2014, dirigida por Peter Chelsom), el protagonista va en búsqueda de la mujer de quien estuvo enamorado cuando joven, cuando estudiante. Ella se ha casado, tiene dos hijos y está embarazada de un tercero. Le revienta que el novio del pasado la vea como su amor ideal y le dice algo así: “Soy más que tu ideal, que la fantasía que te has hecho de mí: soy real y vivo una vida real, con el hombre que elegí para compartir mi vida”. Sopas.

Héctor es psiquiatra y ayuda a una mujer en su casi agonía en un avión. La mujer le dice, cuando ya ha pasado lo peor: “No le tengo miedo a la muerte, porque no le tengo miedo a la vida”.

Más o menos lo mismo dice Elías Nadino en el libro Entrevistas/ Entrevidas (Ediciones Gernika, 1988), de Mauricio Ciechanower (p. 200): “Yo amo la vida, pero al mismo tiempo amo la muerte”.

Entrevista Mauricio a Miguel Littin, cineasta chileno que logró filmar clandestinamente en su país, durante la dictadura de Pinochet (hay un libro lindo de García Márquez sobre ello, se llama Miguel Littin, clandestino en Chile), y le cuenta  (p. 59): “Puede parecerle raro a alguien que de pronto yo diga que estuve dos días filmando las montañas, y que para filmar las montañas y filmar las amanecidas había que arriesgar la vida, porque estábamos en toque de queda. Y si alguien me dice que un amanecer no es importante, yo no sé entonces qué es importante”.

Renato Leduc vivió la Revolución Mexicana y dice a Mauricio (p. 161): “Me inscribí en la universidad, y me encontré en ella con muchachitos que decían con mucho énfasis que ‘nuestra Revolución se hizo con canciones…’, y yo les decía entonces ‘cabrones, ustedes están confundiendo a Pancho Villa con Cuco Sánchez’ ”.

 

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Yo también fabrico cadáveres

Sylvia Platt,

en “Tres mujeres”

 

Ya había hecho el intento de suicidarse con somníferos; sin embargo, el 11 de febrero de 1963, la poeta norteamericana Sylvia Platt (p. 10) “preparó el desayuno para sus hijos y se los llevó a su habitación. […] Cubrió con toallas las rendijas de la puerta y volvió a la cocina, abrió la puerta del horno y la llave del gas. Se arrodilló, introdujo la cabeza en el horno y se dejó morir”.

La cita corresponde al libro de poemas Árboles de invierno (Ediciones Hiperión, 2002), de Sylvia Platt (traducción, presentación y notas de Manuel Ramos Chouza), del que comparto contigo lector, lectora, algunos versos.

En el poema que da título al volumen habla Sylvia de los árboles (p. 21): “Sin saber de abortos ni rencores,/ más fieles que las mujeres,/ ¡se siembran con tan poco esfuerzo!”.

En el largo poema “Tres mujeres”, dice (p. 101): “Me he cocido la vida como un órgano ajeno,/ y he caminado con cautela, precariamente, como algo extraño. […] He tratado de ser ciega en el amor, como otras mujeres,/ ciega en mi cama, con mi deseado y ciego amante,/ sin buscar, a través de la densa oscuridad, el rostro de otro”.

Y más adelante (p. 109): “Pierdo una vida tras otras. La oscura tierra las bebe./ Es el vampiro de todas nosotras. Por eso nos cuida,/ nos engorda, es cariñosa. Su boca es roja./ La conozco”.

Ilustración: Juventino Sánchez

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Los mil y un velorios. Crónica de la nota roja en México, de Carlos Monsiváis, fue coeditado por muchas editoriales y regalado en el Día Nacional del Libro en 2009.

El volumen contiene varios ensayos de nuestro mayor y mejor cronista pero, aunque están escritos con la proverbial eficacia de Monsiváis, no tienen en general su ironía, su humor negro, más que de vez en cuando. Parece un libro hecho por encargo y sin mucha pasión.

Comparto contigo lector, lectora dos fragmentos (p. 35): “El 17 de abril, Luis Romero Carrasco, de 21 años de edad, mata a sus dos tíos, a dos empleadas domésticas (una anciana y una niña de diez años) y, para acallar su ánimo parlanchín, al perico de la casa”.

Cuenta el romance de Caro Quintero con Sara Cosío, a quienes sus familiares denunciaron como secuestrada. Caro Quintero se la lleva a una finca lujosa de San José, Costa Rica, y allí lo atrapan (pp. 160-161): “Sara Cosío llama a su familia con frecuencia. El 4 de abril comandos antiterroristas y agentes de la DEA allanan la finca, arrestan a los guardaespaldas y entran a la recámara de Sara y Caro. La escena es, por supuesto, cinematográfica. Ella le dice al agente de la DEA: ‘Estoy secuestrada’. Él le pregunta, señalando al detenido: ‘¿Quién es, querida?’. Ella, con voz débil, responde: ‘Rafael Caro Quintero’. El aludido es lacónico: ‘Puta’ ”.

 

***

 

Al Flash, el único macho de los cuatro perros que viven con nosotros, le gusta guardar juguetes suyos en la cajuela de nuestro carro. Aprovecha cuando mi mujer y yo la abrimos para poner allí un tiburoncito de plástico, una pelota, un palo seco… lo que halle.

Nosotros pensamos que nuestro escape se había caído porque algo hacía ruido cuando poníamos el coche en movimiento. Mi mujer lo llevo con nuestro mecánico y le dijo que no, que el escape estaba firme, soldado.

Revisamos la cajuela y sacamos hasta la llanta de repuesto para buscar qué hacía ruido. Eran dos piedras que nuestro perrito había puesto allí. Cuando las sacamos y las aventé al patio, Flash muy diligente fue por ellas y de nuevo las llevó en su hocico y las dejó caer en nuestra cajuela. Son los regalos con que suele, según él, recibirnos, alegrarnos…

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

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