Calisto y Melibea

Casa de citas/ 420

Calisto y Melibea

Héctor Cortés Mandujano

 

Rara es la bonanza en el piélago

Fernando de Rojas,

en La celestina

 

Dice mi ejemplar, que es una edición crítica de La celestina (Editorial Castalia, 2001, edición, introducción y notas de Peter E. Russell), que existen dos versiones de este clásico (p. 12): “La Comedia de 16 actos y la Tragicomedia de 21 actos”. La adición de los cinco actos se hizo a petición de los lectores y esta nueva versión se publicó, parece (p. 17), en 1502.

La introducción, de casi 200 páginas, prolija en datos, dice que La celestina es, entre otras cosas, una parodia del amor cortés, que hacía que un hombre y una mujer se amaran sin concretar su amor. Andreas Capellanus dice (p. 58) que “el cariño que sienten mutuamente esposo y esposa nada tiene que ver con el tipo de amor que le preocupa: ‘todos saben’, escribe, ‘que entre los casados no puede haber amor’ ”.

Comparto contigo lector, lectora, algunas líneas de los 21 actos. Calisto arde de amor por Melibea y por eso, siguiendo el consejo de uno de sus sirvientes, busca la intervención de la celestina. Pero Melibea también lo ama, de modo que los enredos gratuitos donde mueren casi todos (los dos sirvientes matan a Celestina, Calisto muere de una caída y Melibea, al saberlo, se arroja desde una torre), pudieron ahorrarse de haberse los amantes sincerado desde un principio.

Dice Calisto (p 214): “Mis pensamientos tristes no son dignos de luz”.

La obra no es nada respetuosa con los postulados clásicos de la religión. Pregunta Sempronio, uno de los sirvientes, a Calisto (p. 220): “¿Tú no eres cristiano?, y éste responde: “Yo melibeo soy”. Concluye Sempronio: “Como Melibea es grande no cabe en el corazón de mi amo, por la boca le sale a borbollones”.

“Todo se olvida, todo queda atrás”, dice Sempronio y cita versos de Petrarca que puede aplicarse al amor, a la pasión (p. 282): “Que la costumbre luenga amansa los dolores, afloja y deshace los deleites, desmengua las maravillas”.

No ha cambiado mucho el mundo desde aquellos años. Dice Celestina (p. 286): “Todo lo puede el dinero; las penas quebranta, los ríos pasa en seco. No hay lugar tan alto que un asno cargado de oro no lo suba”.

En Villaflores se usa aún está palabra antigua: Pelechar. Dice Pármeno, otro de los sirvientes, en burla de Celestina (p. 336): “Pelechar quiere la vieja”, y dice el pie de página: “Pelechar: echar los animales pelo o pluma”.

Está llena de refranes la obra. Muchos no los conocía y algunos me encantaron, como éste (p. 374): “Y si no crees en dolor, cree en color”; lo explica el pie de página: “Aunque el dolor se puede fingir, el color del semblante revela si la persona está enferma o no”.

Melibea confiesa a Celestina (p. 430): “Mi mal es de corazón, la izquierda teta es su aposentamiento”.

No conocía la historia de Semíramis, que por un parlamento de Melibea cuenta el editor al pie de página (p. 537): “Reina de Asiria que, según la leyenda, se juntaba carnalmente con su hijo, Nino, y, para justificarse, abolió en su reino las leyes contra el incesto. No satisfecha con el pecado del incesto, llegó a enamorarse de un caballo y juntarse con él”.

Antes de suicidarse, Melibea dice un largo texto en el que cita extensamente a Petrarca en su definición de la vida, del mundo, que es muy acorde al de una persona que ha decidido matarse (p. 599): “Me pareces un laberinto de errores, un desierto espantable, una morada de fieras, juego de hombres que andan en corro, laguna llena de cieno, región llena de espinas, monte alto, campo pedregoso, prado lleno de serpientes, huerto florido y sin fruto, fuente de cuidados, río de lágrimas, mar de miserias, trabajo sin provecho, dulce ponzoña, vana esperanza, falsa alegría, verdadero dolor”.

Ilustración: Nadia Carolina Cortés Vázquez/ Juventino Sánchez

 

***

Leo el gordo volumen Obras maestras (Editores Mexicanos Unidos, 2016), de Robert Louis Stevenson (1850-1899), que contiene seis libros suyos. He leído ya suficientemente, creo, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, La isla del tesoro y Markheim (mi novela Estanislao Musni lo contó un día tiene una larga cita de esta historia fantástica de Stevenson), de modo que me concentro en El club de los suicidas y La flecha negra. El volumen también incluye Secuestrado, pero esa novela la reseño en alguna otra Casa…, porque la leí hace poco en una edición distinta a ésta.

Cuando me hallo en las primeras páginas de El club de los suicidas me doy cuenta de que ya la he leído en mi juventud. Me la echo de todos modos. Es violenta, cruda, con un claro guiño a Las mil y una noches, porque su personaje principal, el príncipe Florizel de Bohemia, acompañado del coronel Geraldine, lo mismo que en el clásico árabe, se disfraza para hacer excursiones nocturnas y conocer de modo directo el mundo que su casta y su palacio le ocultan. Así llegan al Club de los suicidas, una organización que mata al elegido (se supone que todos han decidido morir y que por eso se inscriben) y que los hace pasar bastantes malos ratos.

Dice el príncipe Florizel, dentro de una larga perorata (p. 273): “¿Hay algo peor en la vida que obtener lo que se quiere?”

La flecha negra me encantó. La sucesión vertiginosa de aventuras es una delicia, las páginas se beben.

Richard Shelton, el protagonista, aunque ella anda vestida de hombre, se enamora de Joanna Matchann, en este travestismo tan usual en las viejas historias. Hay aquí, también, matanzas (de hombres y de caballos al por mayor), asesinatos, robos y una historia de amor a prueba de fuego.

Como se emociona, supongo, un admirador de los súper héroes llevados al cine cuando aparece Stan Lee en sus famosos cameos (o Hitchcock, para los que elevan un poco el listón de preferencias), me emocioné yo cuando Shelton ayuda a un joven y hábil espadachín (P. 573) “ligeramente deformado, con un hombro más alto que otro”, que resulta ser Richard de Gloucester, es decir, Ricardo III, un personaje del que he visto y leído tanto. Tonterías de lector.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

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