Futbol y ciudadanía

Tengo por costumbre jugar al fútbol casi todos los sábados, mientras la diosa fortuna me lo permite o las circunstancias de la vida cotidiana no obran en contra de mis deseos.

Participar con amigos nuevos y viejos conocidos, ayuda a proporcionar un poco de aire a nuestras desbocadas vidas o permite cambiar la sintonía de nuestros rutinarios ritmos del trabajo.

El fútbol es un deporte principalmente masculino, aunque por fortuna estos ha venido cambiando en los últimos años. Es cada vez más frecuente ver mujeres participando en el apoyo a sus equipos como aficionadas, pero, también, como practicantes de ese deporte. Cuando el juego se ha convertido en un gran teatro condimentado por la farsa y el dinero a montones, muchas mujeres practican ese deporte con mucho mas espíritu de competencia y fair play, que la mayoría de los equipos masculinos. Escasamente vemos partidos de fútbol femenil, prueba de que aún no es un buen negocio para las televisoras y los grandes consorcios que gobiernan este y otros deportes. Ojalá nos perdure un poco más ese gusto que las mujeres despliegan en la cancha, aunque esto signifique por ahora sacrificar los ingresos de las jugadoras, que no tendrían que ser vistas como inferiores y menos aún con apoyos disminuidos o ingresos magros para un esfuerzo que resulta similar al de los varones. Si una parte importante del juego es de suyo un espectáculo, no veo cuál es la razón que discrimine salarialmente a las señoritas.

Carnaval zoque coiteco, celebración de tres culturas – Roberto Ortiz (34)

 Es posible que el fútbol femenil no sólo vuelva a poner en su justa dimensión las virtudes de ese deporte sino que, además, coloque temas que escasamente se discuten y cuyas soluciones se postergan. Por ejemplo, las percepciones escandalosas  que algunos futbolistas profesionales  de la rama varonil obtienen. Luis García, en su etapa de practicante profesional de ese deporte, en alguna ocasión ironizó y minimizó absurdamente que, en cuanto a sueldos, simplemente la diferencia era que podías comprar más pollos. El problema es que existe un país llamado México en donde al menos un tercio de su población nada más en sus sueños logran ver esos pollos. En un lugar donde la mitad de la población apenas le alcanza para comer, los salarios de algunos futbolistas profesionales resultan insultantes o inmoderados.

Pero no hay que ver todo en un sólo tono. Hay que reconocer lo que el fútbol significa en términos de movilidad social. Lo que la educación formal cada vez menos provee, el fútbol representa un golpe de suerte para las clases más desprotegidas o sin protección social alguna. El box es otro de esos deportes, aunque en México los tiempos de gloria parecen haberse extinguido. Los deportes en general y el fútbol en particular, ofrecen al menos un momento lúdico inmersos en una vida cotidiana plagada de penurias y expectativas poco alentadoras.

Más allá de esto, el fútbol igualmente es un espacio de socialización que afortunadamente cada vez menos resulta un juego masculino para convertirse en espectáculo familiar. También, es un lugar en el que se aprenden cosas en un amplio sentido y no solamente a pegarle a la pelota, ejercitarse e incentivar algún sentido de competitividad y solidaridad.

Al menos en su expresión llanera, el fútbol permite la comunicación de muchas cosas y la liberación de frustraciones. No sólo se habla sobre lo que pasa en el juego y las proezas físicas individuales o colectivas, del papel de los árbitros y del respetable. Suelen platicarse temas de la vida social y política incluso, de las relaciones familiares y la pareja, los problemas del trabajo y las incomodidades de la vida diaria, sin olvidar las penurias que la situación económica tiene en nuestra existencia.

Mi equipo lo integramos trabajadores del campo, la ciudad y empleados del sector público o privado. Algunos son trabajadores por cuenta propia y otros tienen pequeños talleres donde desempeñan ciertos oficios como la carpintería, la herrería, entre otros. Cuando los espacios para la convivencia son pocos o casi inexistentes, el fútbol suple esas carencias. Como me dijo un colega del equipo un día, “el sábado es para los amigos y el domingo para la familia; por eso no puedo comprometerme a jugar los domingos porque ya lo tengo comprometido con mis hijos o mi esposa”.

No porque nos reúna la pasión futbolera todos pensamos de la misma forma. En más de un aspecto, los equipos expresan la diversidad social. De igual manera nuestras opiniones aunque pueden converger, a menudo son diferentes y esto obedece a la pluralidad de circunstancias que cada quien ha vivido. Uno de nuestros compañeros, por ejemplo, opina que para tener éxito en la vida no hay que desperdiciar las oportunidades de sacar ventaja de los demás porque el resto hará lo mismo. Con otras palabras y para decirlo en plata, se trata del viejo adagio popular que lapidariamente se expresa de esta forma: “chinga porque atrás vienen chingando”. Me preguntan si esto es así o no, respondo lacónicamente que, para nuestra desgracia, así es; pero es algo que no sólo debe avergonzarnos, sino que debemos procurar evitar.

Esta vez, nuestro equipo perdió por la falta del más elemental espíritu de cuerpo, escasamente éramos siete jugadores y no todos teníamos los deseos de enfrentarnos como auténticos guerreros frente a rivales que estaban más que completos. La moral quedó hecha trizas. Mi compadre, con su entusiasmo característico, nos convocaba a no ser presa fácil de pesimismo y volver a insistir con nuestros colegas la importancia de ser más responsables. Más aún, me instruye sobre algo que hasta ese momento ignoraba. Como no se lleva a cabo el partido, los árbitros no pueden cobrar por sus servicios. Por eso, me explica, “se la cobran cuando pitan en nuestra contra”. Es como cuando no pagamos los impuestos al  Estado o simplemente los evadimos y en respuesta tenemos malos servicios, así como obras públicas de pésima calidad. Se podrá argumentar, también, que simplemente los recursos con los que cuenta el gobierno simplemente se los roban los funcionarios, lo cual a menudo es cierto. Pero ni la sociedad es virtuosa por definición, ni todos los funcionarios y servidores públicos son corruptos como suele suponerse.

Es en este y otros aspectos en que la sociedad y el fútbol irónicamente se nos presentan como un juego de espejos. De manera alegórica el juego puede decirnos algo de la realidad social y de cómo nos comportamos frente a los retos que la vida nos plantea a diario.

Después de nuestros fracasados intentos por divertirnos jugando al fútbol, me refugio entre lecturas diversas y la revisión de trabajos de mis estudiantes, y me encuentro con un texto de Fernando Escalante publicado en la revista Nexos hace cuatro años. A propósito de este juego de espejos del que hablo, cabe recuperar algunas de las cosas dichas por Escalante. Dice, por ejemplo, que “en México no hay ciudadanos, que no hay una cultura cívica. Con eso se quiere decir que en general falta una serie de virtudes: respeto por la ley, autocontrol, solidaridad, conciencia del interés público. Es verdad y no hace falta mucho para demostrarlo. Pero tampoco habría razones para espera otra cosa. No ha habido esas virtudes en el pasado y no hay nada en el presente que sea en particular favorable para producirlas”.

Frente a quienes sostienen que los mexicanos somos apáticos, Escalante responde que “Tenemos una sociedad acostumbrada a participar, a exigir, a imponerse incluso, pero no de manera civilizada ni democrática. Lo que hay son motines urbanos, bloqueo de carreteras, hay campesinos que exigen tierras a mano armada, hay empresarios que amagan con higa de capitales y hacen su negocio con el favor del Estado, hay piquetes de estudiantes que se imponen en nombre del Pueblo, hay pacíficos arreglos ilegales, sobornos, influencias, clientelas obedientes y eficaces; hay la costumbre de ocupar los edificios públicos, de secuestrar funcionarios, linchar policías. Hay todo lo que antes quedaba disimulado bajo el manto del priismo. Y no habrá razones para esperar otra cosa”.

El diagnóstico es categórico y existen muchas evidencias que apuntan en la dirección que Escalante menciona. Pero la realidad no es tan negra como nos la pinta. Por momentos, pareciera suscribir la tesis peñista de que la corrupción es un problema cultural. Todos los países padecen o toleran grados de corrupción, pero en el concierto mundial existen diferencias que plantean matices que deben reconocerse. Richard Nixon, estuvo detrás de una red de complicidades con el fin de incidir en las elecciones allanando las oficinas del Partido Demócrata y le costó la presidencia en su segunda elección. Una funcionaria española se ostenta con un grado académico obtenido en forma dudosa y se arma un escándalo mediático, mientras tanto es prácticamente obligada a renunciar del cargo público que desempeñaba. Helmut Kohl, el canciller alemán es obligado a declarar sobre los fondos privados recibidos mientras era dirigente del Partido Demócrata Cristiano, de empresas y organizaciones que después eran “beneficiarias” de la condonación en el pago de sus impuestos; y recibe una amplia descalificación en los medios terminando su carrera política envuelta en el escándalo.

No obstante, Escalante vuelve a la carga haciendo énfasis en que “No tenemos una sociedad que pueda llamarse Civil. De hecho, no tenemos ni siquiera ese mínimo que hace falta para que funcione con normalidad un orden institucional moderno, ese mínimo que es un moderado respecto de la ley. Pero tampoco habría por qué esperarlo: ni lo ha habido antes ni hay razón para que lo haya ahora”. Y más adelante remata: “Si nos hace falta ese mínimo irrisorio de civilidad que consiste en cumplir habitualmente con la ley no es por el peso del pasado. Por supuesto, la historia cuenta: configura pautas de comportamiento, formas de organización, mecanismos de acción política. Sin embargo, la gente no ofrece sobornos, no evade impuestos, no apedrea policías ni quema urnas electorales porque se acuerde de los tlatoanis ni porque así se hacía en tiempos de Díaz Ordaz. No es fantasma del Antigua Régimen lo que cuenta, sino la triste realidad del Estado actual; para ser más exactos, la práctica inexistencia del Estado en la actualidad”.

 

Ni nuestro pasado priista, ni nuestro presente neoliberal, quizás tampoco en la 4T podamos abrigar una situación diferente a la descrita por Escalante. Pero, de nuevo, es necesario establecer algunos matices. ¿De dónde salieron entonces las virtudes que nos han conducido a la transformación del sistema político? ¿Cómo fue y con qué recursos alcanzamos la imperfección de instituciones cada vez más democráticas y se ha construido un sistema electoral que más o menos funciona? ¿Cómo es que los ciudadanos hemos aprendido que la forma pacífica de cambiar a quienes nos gobiernan es a través del sufragio? ¿Qué papel han jugado todas esas luchas de este pueblo que se condensan en los momentos más heroicos y más cotidianos de su historia? Las virtudes no hay que buscarlas en otra parte sino en los valerosos actos ordinarios en que podemos plantear nuestras diferencias.

Mi visión es menos pesimista y acepto que no hay una sola forma de hacer ciudadanía, menos aún que esta se consuma en tanto que ideal normativo que habrá de alcanzarse en el futuro. Desde luego que las ideas importan, pero resulta un gran error de perspectiva pretender encuadrar eso que llamamos realidad a una sola y simple visión de las cosas, pese a que estas puedan ser no sólo correctas sino en algún modo hasta deseables.

Cabe apuntar, también, que si bien solamente en cierto forma podemos aceptar que la sociedad y el Estado carecen de los incentivos adecuados para implantar un circulo virtuoso que permitan superar todas nuestras falencias; lo cierto es que ni el Estado es pura y simplemente aplicación de reglamentos y leyes, como tampoco la sociedad funciona únicamente mediante arreglos incivilizados y vergonzantes.

La parábola del juego nos enseña justamente que a menudo nos topamos con muy diversas formas de racionalidad y aunque no todas pueden ser válidas en un tiempo y momento determinado, la pertinencia de cada una de ellas es el resultado de las negociaciones que podemos alcanzar mientras nos relacionamos en la vida cotidiana.

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