Cuxtepeques. Cuentos de Semana Santa

 

© Tan sólo para ambientar.Panteón de Sxbal de Las Casas (2001)

En La Concordia y en general en la subregión de Los Cuxtepeques, al igual que en cualquier parte del mundo, es posible aún hoy (2019), escuchar trozos de mitos ancestrales expresados a través de “historias” y leyendas. En esta tierra… especialmente relatos sobre montañas y prominencias, bolas de fuego que circulan entre ellas, o sobre el Sombrerón, arquetipo del “dueño” de la obscuridad, montes y bosques; proveedor de riquezas y ganados.

Es posible escuchar también, sucesos varios vinculados a la Tishanila —señora nuestra—, maléfico prototipo femenino, o el Cadejo y otros faunos naguales, del mismo modo que sobre el Señor de las Misericordias, patrón totémico de la región. Sobre la aparición de San Pedro o respecto de la figura de los poderosos chamanes, apenas asimilados como simples “brujos”; sobre el riesgo asociado al descubrimiento de tesoros, y acerca de “espantos” y “aparecidos”: relatos substancialmente moralistas, externamente percibidos como mecanismos de control y conducción social.

Control social que antes se ejercía desde la iglesia católica, desde sus devotos allegados y en general desde nuestras propias familias. Narraciones transmitidas oralmente, siempre de padres y abuelos a hijos, o de los viejos a los más jóvenes. Regularmente junto al fuego, por las noches y en familia, o al atardecer sobre las esquinas altas, entre quienes formábamos bandas o palomillas. Y eran tiempos y espacios propicios para estos deleites: la semioscuridad en el campo, los espacios escasamente iluminados en las calles, durante los velorios y las noches del período de Cuaresma, y en especial durante los días de la Semana Santa.

Eran estos días sagrados (jueves, viernes y sábado), jornadas durante las que no debía azotarse el suelo… la tierra en sus diversos modos: no brincar, trotar, correr, golpear. No gritos, silbidos, algazara y mucho menos golpes ni maldiciones. No paseos al campo, no baños ni zambullidas en los balnearios. No pleitos, disputas ni venganzas. No trabajo. Incluso, cuentan nuestros padres y abuelos, que se proveían con anticipación de tostadas, totopos, frijoles “parados” o secos, verduras y frutas, mariscos ahumados o desecados (como las lisas del Istmo). Todo ello para no preparar comidas.

Era prohibido ingerir carnes de res y cerdo durante estos días, aunque sí se permitían los conejos y las “gallinas de rancho”. Nadie debía salir o viajar a sus trabajaderos, ranchos o ciudades, salvo para “dar agua a sus ganados” y animales. Nadie convenía transitar por caminos, y mucho menos montañas. En los pueblos enmudecían las campanas de los templos, y en su lugar se llamaba a los feligreses mediante el sonar apagado de las matracas.

Es en ese contexto que se difundían oralmente las leyendas de espantos y aparecidos. Narraciones menos comunes que las leyendas asociadas a santos, vírgenes, lugares montañosos, mujeres perversas aunque atractivas. Tesoros enterrados o personas convertidas animales. Y a tres de ellas voy a referirme por Semana Santa: la leyenda del melenudo o del greñudo Güilanche, la del Piche Abandonado y la del suceso acaecido a don Límbano Penagos, antiguo cacique local, fundador de una extensa familia, padre de los famosos Abenamar y Jorge Penagos Solórzano.

 

El Melenudo Güilanche

Sobre el Greñudo Güilanche cuentan que aparecía en los tiempos viejos, no a niños sino a adultos, hombres y mujeres. En los caminos desiertos o abandonados. Sobre todo a partir del crepúsculo. Cuando se acerca la noche y el día se vuelve entre obscuro y claro. El Güilanche era un tipo monstruoso, sucio, descuidado y vestido con andrajos. No se le veía el rostro. Sus greñas le cubrían la cara y en especial no sabía caminar: se arrastraba usando las manos; “gateaba” como decíamos antes. Y, aunque su avistamiento se daba durante los días de la Semana Santa, en ocasiones se aparecía durante cualquier tarde del año.

Exactamente como dicen que pasó a una lavandera del barrio de Las Piedrecitas, a quien le agarró la tarde en tiempo de aguas, tras ir a lavar dos o tres docenas de ropa ajena, al arroyo de San Juan; el torrente más próximo al pueblo.

Cuentan que la lavandera sola, con su envoltorio en la cabeza, venía de regreso. Afligida y temerosa, pues caía la tarde y obscurecía el cielo. Iba aún frente a la Poza de la Cruz, cuando por el rumbo no había aún casas ni campo de aviación, y el pueblo comenzaba en el barrio de San Juan. Por ese camino iba cuando escuchó un ruido sordo y leve, por lo que apretó el paso para terminar la subida. Sudaba frío, aunque mientras tanto, el ruido continuaba. La duda se adueñó de su corazón… volteó hacia atrás y… ¡Era el Güilanche quien la seguía!

Según sus pensamientos, el Güilanche se arrastraba pronto, levantaba polvo y cada vez se le acercaba más. Corrió como pudo, con miedo y desesperación, hasta que en el llano alcanzó a un hombre de a caballo y nada más… Con la suerte de que el vaquero era un conocido suyo, quien pronto se compadeció de ella. Trabó el envoltorio de ropa limpia a la manzana de su montura, mientras ella prometió nunca más quedarse tan tarde en los lavaderos. Esa es la historia.

 

El piche o la pichita abandonada

La experiencia del Piche Abandonado, por su parte, esa sí ocurrió, según cuentan hasta ahora los más viejos, durante los días santos. Unos dicen que en jueves, otros que en viernes, aunque ambos coinciden en que el suceso ocurre a alguien ganadero. Un rico falto de escrúpulos por la Semana Santa, en su camino de regreso por San Antonio Potrerillo; sitio ubicado en las inmediaciones del desaparecido río Concordia, a la izquierda de la antigua hacienda San Pedro Cuxtepeques.

Y cuentan que ahí iba el viejo finquero, como entre once y doce, a pleno medio día, montado a uno de sus caballos. Absorto iba, cuando de pronto, a lo lejos escuchó el lloriqueo de un niño de brazos, llantos de recién nacido. Conforme avanzaba sobre el camino, el cuñé-cuñé se volvió más fuerte y… justo al pasar debajo de algunos árboles —totopostes, aguacatillos y guanacastes—, vio junto a un peñasco, acunado, el pequeño fardo de un niño. Se apeó del caballo, reconoció a la criatura de brazos, la abrazó del lado izquierdo y continuó su camino rumbo a La Concordia.

—¡Perra madre, desventurada! —dicen que expresaba el viejo—, malditos quienes abandonan a sus hijos, peor que si fuesen hienas.

Calmó a la piche tierna y hasta le cantaba, cuando de repente… sintió que entre las ropas del infante algo se movía. Era una de sus manos que se agrandaba y rasgaba el paño, extendió sus dedos y, por increíble que parezca,

—Mira mis uñas —dijo el falso monigote, en su brazos, con voz de niño.

El finquero se dio el susto de su vida, e incluso, antes de arrojarlo como pudo, dicen que logró escuchar cómo de nuevoel espanto le decía…

—¡Mira mis dientíos! —mientras se reía destemplado y le enseñaba tamaños dientes.

Jinete y caballo se asustaron como nunca. Corrió el cuaco como sólo en sueños. El sombrero, las alforjas y la pistola que llevaba al cinto el caballista, se perdieron. Y no pararon de correr sino hasta que se divisaban las primeras casas del pueblo.

 

El espanto de don Límbano

Finalmente, la historia del cacique don Límbano Penagos refiere la ocasión en que por necesidades del gobierno municipal, debía llevar un expediente judicial a San Bartolomé, y firmar allá, algunos despachos. Precisamente en Jueves Santo, antes del mediodía. Le ensillaron su caballo en la Presidencia, fuerte amarró a la montura, las alforjas de papeles que llevaba, y partió hacia la ciudad por el camino real, antiguo camino de herradura de Vega del Paso.

Atravesó el río, por estas fechas casi vacío, pasó por el Cerro de la Crucita, y subieron a la montaña. Bestia y jinete bebieron a sus anchas en la toma del Ojo de Agua. Y ya iban por en medio de aquel antiguo bosque, algo antes de las grutas del Chachalaquero, cuando a lo lejos… sobre el camino, por la banda izquierda, vio el viejo don Límbano un bulto, una sombra: algo obscuro que se movía y venía hacia ellos.

El jinete acomodó el barbiquejo de su sombrero, se tocó la pistola al cinto, hincó las espuelas a los ijares del caballo y le pegó un fuetazo.

—¡Ajúa Ruano! —gritó don Límbano al caballo—. ¡Vamoos!

—¡No me va a ganar este espanto maldito! —exclamó para sus adentros don Límbano, descreído como sólo él, como siempre.

Se abalanzó el animal como un relámpago, mientras el aparecido, probablemente un alma en pena, un tipo de capucha y hábito obscuro, impasible continuó su marcha. ¡Corrió el cuaco hacia adelante! aunque justo al llegar frente al espectro, el caballo paró en seco. Se encabritó a pesar de los latigazos que don Límbano le daba, dio varias vueltas y entonces… el bruto se echó a correr, veloz y en estampida, aunque ahora de regreso y hacia abajo. Sin control ninguno.

Pocos, muy pocos supieron de este descalabro y lo contaron, aunque don Límbano nunca abrió la boca al respecto. El Ruano, caballo preferido del personaje, paró solamente al volver de nuevo al río, en donde la pareja aspiró finalmente el aire puro. Ambos tomaron agua hasta saciarse. El viejo sacudió sus ropas y enseres. Se acicaló el cabello, los bigotes y el sombrero. Volvió a montar a Ruano, paró a medio río, vio el camino de tierra desandado, volvió a henchir sus pulmones de aire y se fue de regreso a casa. A explicar seguramente lo inexplicable. A esperar con tedio el transcurso lento de la Semana Santa.

 

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