El Colonialismo: una reflexión (2)

Andrés Fábregas Puig/CIESAS-Occidente

Inicio este segundo texto de reflexión acerca del colonialismo, recordando a los lectores de Chiapas Paralelo la tesis central de esta serie: el colonialismo es la estrategia del capitalismo para situarse a nivel universal. Ello no quiere decir que el colonialismo no existiese antes del advenimiento del capitalismo, sino que la estrategia de este último para lograr su expansión por todo el mundo, ha sido la del colonialismo.

La llamada conquista de lo que actualmente es México, se organizó a la manera de una empresa, lo que el historiador republicano español exilado en México, José Miranda González, trató en un texto añejo: La función económica del encomendero en los orígenes del régimen colonial(En, Anales del Museo Nacional de México, No. 2, páginas 421-462. Existe una edición posterior en la UNAM/Instituto de Investigaciones Históricas, 1965, 59 páginas). Esta referencia es básica porque, entre otros aspectos, deja ver los residuos feudales portados por una sociedad en transición, mezclados con los factores plenamente capitalistas en el contexto de una empresa que, como toda institución de esa índole, implica a empresarios y socios. En el caso de la invasión a El Caribe el socio mayoritario es la Corona Española, en realidad, los Reyes de Castilla y Aragón, Isabel y Fernando, de quienes se decía: “Monta tanto, tanto monta, Isabel como Fernando”. Después venía como empresario encargado del desarrollo de la empresa, Cristóbal Colón y en calidad de socios,  los marineros que lo acompañaron. Con Hernán Cortés este formato empresarial se muestra con más evidencia. El socio mayoritario sigue siendo la Corona, en este caso, Carlos I de España y V de Alemania, mientras el empresario responsable de la empresa es el propio Cortés, siendo los socios personajes como Bernal Díaz del Castillo. Por cierto las tierras y gentes bajo conquista lo eran en nombre de la Corona de España y no de Alemania. Quienes acompañaron a Cortés hablaban castellano, aunque viniesen algunos vascos, gallegos o incluso portugueses. Por ello, la lengua franca del México actual es el castellano y no el vasco, portugués, gallego o catalán. Por cierto, a los catalanes se les prohibió el viaje a lo que vendría a ser la Nueva España, debido al monopolio que estaba en manos de los comerciantes andaluces, temerosos de que los catalanes les hicieran competencia. Sin embargo, se registra presencia de catalanes en empresas militares, como después veremos.

Pedro Tomé Martín.

La discusión sobre la encomienda es compleja y no es el propósito de este texto. Sin embargo, advierto que fue una institución central que además, se forjó en medio del conflicto del Estado (la Corona) por consolidarse y de las antiguas instituciones feudales por sobrevivir. Justo la historiografía mexicana conoce una de sus obras cumbres en el detenido estudio que hizo Silvio Zavala y que publicó con el título de La Encomienda Indiana (Editorial Porrúa, 1992). Haré aquí una afirmación provocativa: más que la Corona, el colonialismo fue impuesto por los españoles, socios de la empresa de conquista, que llegaron a la “osadía” de desconocer las disposiciones de la Corona, desde las Leyes de Burgos proclamadas por Isabel hasta las Nuevas Leyes de Indias que prologó Carlos I de España y V de Alemania. Es decir, la empresa colonial también dice mucho sobre el período histórico por el que atravesaba España: un proceso de formación y consolidación de un Estado Central (que nunca ha logrado ser Nacional), en el contexto de la naciente economía política capitalista y que además, forcejeaba por crear el mercado libre de trabajo y controlar el ritmo del enriquecimiento. Es un período de gran complejidad que invita a dejar abierta la discusión. Téngase en cuenta que Bartolomé de las Casas, llamó ladrones a los encomenderos y bastante tuvo que ver en la redacción y promulgación de las Leyes Nuevas de Indias. Pero ese es tema aparte, aunque íntimamente relacionado con el proceso colonial.

Otro aspecto importante: desde los tiempos de Cristóbal Colón, los colonialistas no formaban un ejército profesional. Este aspecto es básico de entender. Lo que llegó al Caribe y después a tierra firme, fueron contingentes abigarrados de personas que venían a buscar fortuna, dinero fácil, aventura. Lo menos que les importó fue la introducción del cristianismo, que era, eso sí, el objetivo de la Iglesia Católica. Los supuestos soldados eran gente de toda laya, no pocos desesperados, que se apuntaban a las expediciones con el único propósito de hacerse ricos. Por eso, los contratos, en los que se especificaba qué aportaba cada socio en la empresa de conquista para, en relación a ello, cobrar la retribución. Las leyendas cruzaban la mente de estos aventureros: Ciudades, como la de Cíbola, construidas de puro oro; ríos que conducían el metal precioso, al que sólo había que tomar; “indios” que cambiaban oro por espejos; mujeres de belleza extraordinaria dispuestas al sexo; en fin, un cúmulo de mitos. Recomiendo leer a Alvar Núñez Cabeza de Vaca, su libro, Naufragios, escrito muy a la usanza de la época, como si fuese una novela de caballerías. Es una lectura fascinante, nacida de una imaginación prodigiosa, del espíritu de aventura, de la fuerza que tiene la atracción por lo desconocido, por “descubrir”, en el fondo, lo que somos los seres humanos, quiénes somos, de dónde venimos, hacia dónde vamos, las eternas preguntas con las que los intelectuales griegos comenzaron a edificar el prodigioso edificio del pensamiento en el mundo Occidental.

La empresa colonial suscitó discusiones amplias y prolongadas entre los intelectuales de la España de la época, incluyendo a la propia Corona, que en numerosas ocasiones convocó a la intelectualidad a discutir el proceso de conquista y colonización de las llamadas tierras nuevas. A eso dedicaremos un texto de esta serie. Por lo pronto, aquí finalizamos. En el texto siguiente analizaré aspectos empíricos de la llamada (de forma incorrecta) “conquista de México”.

Ajijic. Ribera del Lago de Chapala. A 6 de abril, 2019.

P.D. Mi colega y amigo, Pedro Tomé Martín, investigador titular del CSIC, con sede en Madrid, me hace el honor de acompañarme leyendo estos textos y enviándome correos de suma utilidad. El sólo diálogo con él ya compone el barrunto de un libro colectivo.

 

 

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