La buena vida

SARAH MCCLURE / AFP/Getty Images

Soledad echó una última revisión a su maleta, ya estaba por viajar a pasar un descanso con su familia y quería cerciorarse que esta ocasión no se le olvidaría alguna pertenencia, como solía sucederle. Esta vez se hizo el propósito de ir ligera de equipaje, así  fue.

El tramo  del viaje le pareció más largo, no supo si era por el intenso calor o porque en el camino halló menos árboles. Ya faltando pocos kilómetros para llegar a su destino no pudo evitar sentir mucha nostalgia, el paisaje estaba totalmente transformado. Ahora había otra carretera y recordó que en su infancia esa era una zona boscosa.

– En ese afán de ‘desarrollo’ construyen más carreteras, caminos llenos de asfalto talando árboles sin tener el cuidado de reforestar. ¿En realidad es necesario? ¿Y qué hay de la buena vida?  Esa que solo pregonan en discursos, dijo para sí.

En la última parte del camino que le llevaría a la casa que fuera de sus abuelitos, Soledad recordó una de las interpretaciones de Mercedes Sosa, cambia todo cambiacambia todo en este mundo.Evocó el verde del paisaje que daba la bienvenida a ese terruño tan querido, los nopales sirviendo de divisiones en los terrenos, las florecitas de leche (como solía llamarles su mamá) que decoraban las copas de algunos árboles, el trinar de los pájaros y el aire fresco. Cambia todo cambiaseguía resonando, mientras que a su paso iba observando interminables números de casas, muchas calles, franquicias, gente que había migrado de la urbe, de los árboles ahora sepultados bajo asfalto y cemento, solo quedaba el recuerdo  en su mente y corazón.

Al llegar a la casa añorada se detuvo un instante antes de entrar, justo le tocó contemplar el atardecer. Sin ninguna construcción que se lo impidiera observó las montañas que eran las vecinas y confidentes de sus anhelos aventureros en la infancia.  Desde su corazón Soledad deseaba que esas montañas no desaparecieran, que esa zona se mantuviera con vegetación, que junto con su  familia pudiera seguir contemplando los amaneceres y atardeceres que les deleitaban. Esos instantes fugaces y a la vez eternos eran algo invaluable, parte de lo que para Soledad significaba la buena vida.

– Cambia todo cambia…susurró.

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