Arqueología y hurto: una modalidad colonialista

Andrés Fábregas Puig/CIESAS-Occidente

En un momento del año de 1995, me encontraba en Londres cumpliendo un compromiso académico con la London University, lo que me dio la oportunidad de visitar el Museo Británico. Acompañado de mi esposa, durante varios días, recorrimos las impresionantes salas de ese Museo en las que se exhiben el patrimonio cultural de varios países. Es una exhibición de otra de las caras del colonialismo: el despojo cultural de los pueblos colonizados. Pensé, mientras recorríamos la sala de Arte Griego que un joven de ese país tendría que viajar a Londres para aprender de su pasado. Igual en el caso de Egipto. El saqueo es monumental. México no es la excepción y muchas de las piezas que muestran las concepciones estéticas de los pueblos originarios, están en museos ingleses, norteamericanos, franceses o alemanes. El colonialismo arrancó de sus lugares de origen a cientos de miles de piezas que son vitales para comprender el pasado de naciones enteras.

El imperialismo bajo la práctica del colonialismo arrebató una parte significativa del patrimonio cultural de varias civilizaciones. Los arqueólogos que dirigían el saqueo se rodearon de un halo aristocrático, “caballeresco”, para esconder sus fechorías y su papel de ladrones. En México resalta el nombre de uno de ellos: Edward Thompson, que alguna vez fue llamado “padre de la arqueología Maya”. La competencia entre Museos famosos avivó el saqueo del patrimonio cultural de civilizaciones señeras y México no ha sido la excepción.  Justamente Thompson se dedicó a saquear el Cenote Sagrado de Chichén Itzá y todavía se ufanó de ello. Era uno de sus orgullos más grandes narrar cómo había sustraído cientos de piezas burlando o corrompiendo a autoridades mexicanas. “Don Eduardo”, como le decían a Thompson, estaba al servicio de varios Museos que le pagaban cantidades significativas de dinero por cada pieza sustraída. Así que las salas de Museos como el de Historia Natural de Nueva York y sobre todo el Museo Peabody de Arqueología y Etnología de la tan mencionada Universidad de Harvard, está repleto de piezas robadas por “Don Eduardo”. Y estos son los recintos académicos que cultivan su fama a base de una mercadotecnia que es parte del proceso colonial. Además, “Don Eduardo” vendió una cantidad incalculable de piezas a coleccionistas privados, distribuidos en Europa y los Estados Unidos, Lo hizo sin ningún recato además de exigir que se le impusieran todos los premios y medallas académicas posibles. Se calcula que “Don Eduardo” saqueó no menos de 30,000 piezas que vendió a Museos y particulares sin haber invertido ni un centavo dado que sus “trabajos” estuvieron subsanados por instituciones norteamericanas. Fue un “negocio redondo”: sin invertir nada, ganó millones de dólares. Para el escéptico que piense que algo personal tengo contra tan ilustre personaje, recomiendo leer el minucioso estudio de Pedro Castro, El fabuloso saqueo del cenote sagrado de Chichén Itzá, publicado por la UAM-Iztapalapa y Tirant Humanidades  en 2016. El libro se lee de corrido porque su prosa es ágil además de que está sólidamente documentado. Ilustra el papel depredador de “Don Eduardo” que además tuvo la habilidad de hacerse nombrar Cónsul del Gobierno de los Estados Unidos en México. El libro de Pedro Castro descubre la catastrófica actividad de un saqueador profesional que ha causado uno de los daños más graves al patrimonio cultural de la Nación Mexicana.

24 años antes de la publicación del texto de Pedro Castro, en 1991, estaba a la venta en las librerías mexicanas el libro de Paul Sullivan titulado Conversaciones inconclusas, (GEDISA, 1991. Existe una edición más cercana publicada en 2015). Es un texto importante que todo estudioso de las ciencias sociales debería conocer. En este libro, Paul Sullivan demuestra que personajes como Thompson no sólo eran saqueadores sino aún, espías. En efecto, Thompson pasaba información a la siniestra CIA acerca de la situación social en México en general y en el  sur del país en particular. La información llevaba el propósito de preparar una insurrección de los Mayas, controlada por los Estados Unidos, para anexarse territorio mexicano, entre otros, la Península de Yucatán. “Don Eduardo” enviaba sus informes puntuales sobre Carrillo Puerto (Quintana Roo), Yucatán, Chiapas y Tabasco. Así mismo, intervenía para impulsar convenios con el Gobierno de México encaminados a permitir que las instituciones norteamericanas de arqueología, continuaran trabajando en territorio nacional y permitiendo el saqueo sistemático del patrimonio cultural además de inculcar en la población la animosidad en contra del gobierno de México. El libro de Sullivan revela una documentación que no deja lugar a dudas acerca de la verdadera labor de estos “arqueólogos” como Thompson: trabajar para el gobierno norteamericano en detrimento de los interesas nacionales de México. Tanto el libro de Sullivan como el de Castro son lecturas necesarias para comprender cómo se usa a la ciencia-en este caso la social-para fines colonialistas. Ese uso continúa en la actualidad.

El hecho de que Edward Thompson, y otros como él, hayan usado a la arqueología con fines aviesos, de ninguna manera se traduce en que todos los arqueólogos-extranjeros o mexicanos-sean unos pillos de siete suelas. Sin duda, “Don Eduardo” lo era. Pero hay arqueólogos que han trabajado arduamente para desvelar el pasado más lejano de los pueblos que configuran al México actual. Por supuesto, Alfonso Caso, el descubridor de la Tumba VII de Monte Albán, Oaxaca. Pedro Armillas fue un extraordinario  arqueólogo, estudioso de la agricultura, además de aplicar un pensamiento crítico al propio concepto de Mesoamérica. Román Piña Chán nos legó un importante trabajo que culminó en su libro Una visión del México prehispánico (México, UNAM, 1967); no me olvido de mencionar a Carlos Navarrete, que tiene una obra extensa y básica para entender la arqueología en Mesoamérica en general y en particular en el sur de México. Navarrete es además un excelente escritor como nos lo revela uno de sus textos más conocidos, Los arrieros del agua, (México, Editorial Katún, 1984). William Clarck ha hecho aportes fundamentales para entender el pasado de los Zoques. Y así, podríamos seguir con una larga lista que incluye a arqueólogos chipanecos como Arnoldo González.

En esta lamentable historia de saqueos al patrimonio cultural del país, no debe excluirse la responsabilidad del propio Gobierno de México y el complejo de inferioridad que nos llega desde la colonia y que nos impulsa a aceptar la idea de que todo extranjero garantiza un mejor conocimiento que cualquier científico mexicano. Terrible herencia colonial que sigue haciendo un gran daño. El ejemplo de “Don Eduardo” es claro: no por venir respaldado por la Universidad de Harvard deja de ser un fraude, un simulador, un bandido. Así mismo, tenemos un amplio campo de estudio para entender el papel colonialista de los Museos, así sea el Británico. Son instituciones alimentadas por el saqueo y la expoliación del patrimonio cultural de los pueblos. Tengamos en cuenta todo ello cuando nos vengan con el cuento de que debemos adoptar los métodos de trabajo de personas tan prestigiadas como “Don Eduardo”, un vulgar aventurero que saqueó el patrimonio cultural de México.

Ajijic, ribera del Lago de Chapala. A 17 de mayo de 2019.

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