El Batallón Chiapas

Dedicado a mi padre, Héctor

Es probable que aquella mañana del 5 de mayo de 1862 haya amanecido nublado. En las afueras de la ciudad de Puebla eso debió ser normal en una primavera totalmente atípica en nuestro atribulado país. Es posible que el General Ignacio Zaragoza casi no tuviera oportunidad de dormir, pensando, cavilando todo el tiempo, la forma de afrontar con holgura la semejante tarea que tenia frente a sí. Pero sobre todo con dignidad, una palabra casi en desuso actualmente, aunque para el siglo XIX mexicano fuese el cimiento de toda la epopeya que ardería a todo lo largo de la naciente nación y que horas después tendría uno de sus máximos episodios en la Batalla de Puebla.

Zaragoza, 33 años, un mando probado en las filas de los liberales, pertenecía a ese grupo de ”radicales” juaristas que pensaba no se debía tener indolencia ni con los extranjeros invasores, mucho menos con los traidores conservadores mexicanos que fueron a rogar favores a la realeza europea. Pero era humano, y en la intimidad de sus propias especulaciones antes de la batalla, tal vez pasó por su mente el deseo de que los franceses retrasasen su avance; que se arrepintieran de algo que para ellos, el ejército más poderoso del planeta, veteranos de Crimea y del Sedán, era un simple trámite; o que lloviese copiosamente de tal manera que ninguno de los bandos debiera de afrontar la guerra, esa maldita forma de hacer política. O quizá granizo, niebla, algo. Una razón simple y llana para detener ese momento crucial del destino a cuestas.

Pero, al mismo tiempo, mientras se calzaba su cinturón con su revolver reglamentario -único adorno de su casaca austera, sin los galones ni grados correspondientes- y se ajustaba sus gafas, pensaba en el juramento de lealtad de una Patria que ahora se encontraba ante él, desafiante, como un suculento banquete servido en la antesala de la épica desequilibrada que significa la posibilidad de morir en el campo de batalla, al servicio de un deber más supremo que la propia vida.

 

Al final, ese también es nuestro legado, nuestra herencia nacional por cómo se formó este país. De esa clase de gente, pues.

 

A mi padre le entusiasma mucho el tema, aunque yo no comprendía mucho el porqué. Una vez, en una comida familiar me convocó a buscar datos sobre la participación chiapaneca ese 5 de mayo, me explicó que por la lejanía geográfica no era tan posible pensar en la organización de un contingente de campesinos e indígenas, empobrecidos, a ir a pelear tan lejos, aunque se hizo. Y es verdad. Los pocos datos históricos que hay cuentan que al llamado de la República, el General Pantaleón Domínguez, oriundo de Comitán, movilizó a una tropa desarrapada de Tapachula, San Cristóbal y Comitán, 550 elementos, y se dirigieron rumbo a Puebla, más de 1000 kilómetros, a pie, sin pertrechos de ninguna índole. Después de varios días de camino, casi no llegan, o como se dice comúnmente, llegaron casi derrapando y a punto de comenzar la batalla. O sea, no hubo descanso alguno, el suficiente para hacer frente al imperial ejército francés.

 

No hay mucho material para consultar, pero del Batallón Chiapas se menciona estuvo en un flanco al lado de uno de los fuertes, lejos de los famosos zacapoaxtlas que estaban, parece, en el otro extremo. Por cierto, ni los únicos indígenas ni los más valientes. Casi toda la tropa nacional era de esa característica, lo cual hace más increíble el triunfo.

 

En cambio, en el parte militar que el General Jesús González Ortega le dirige a Juárez un año después, en el Sitio de Puebla (porque los invasores regresaron, faltaba más), ya fallecido Zaragoza, sí se menciona la forma tan ruda con que los chiapanecos se batieron con los franceses. Ese informe, de alrededor de 120 hojas, relata minuciosamente la resistencia y posterior entrega de la plaza, con lo cual se convierte en un libro interesante para conocer cómo se llevaron a cabo los hechos. Ortega comenta de los soldados chiapanecos: “Permítame vd., Señor Ministro, hacer ante el Supremo Gobierno una mención especial y altamente honorífica del tan pobre y lejano Estado de Chiapas, cuánto patriota y amante de la independencia y glorias de México. Ese Estado y su digno Gobernador, fue de los que más se distinguieron en los servicios prestados al ejército de Oriente”.

 

Comprendí, entonces, la emoción de mi padre. Chiapaneco él, como todos nosotros, sabe que de alguna forma (muy peculiar hay que decirlo) nuestra región participó en la gesta de la batalla más importante de nuestro país, cuando se derrotó a la Francia de Napoleón III, en una invasión que haría sonrojar de vergüenza total al gran escritor galo Víctor Hugo por la infame pretensión de su monarca de adueñarse de un país en bancarrota, sin ejército regular y por supuesto desarmado, hambriento, con la única consigna de defender un sentido de pertenencia, un territorio donde sentirse parte, ante todas las adversidades posibles de ese tiempo.

 

Meses después de aquella charla fui a la ciudad de Puebla y buscamos con mi gran amigo, ,Alejandro Rodríguez, un pequeño monumento en el Centro Histórico que alude al Batallón. No dice mucho, casi nada de hecho, es un simple homenaje de la ciudad a Chiapas, aunque a nosotros nos pareció muy emotivo. Emocionados, temblábamos no precisamente de frío, pensando que quizá ahí lucharon aquellos paisanos, ahora en el episodio del Sitio de Puebla, a un año del triunfo de Zaragoza.

 

“Patriotas, endemoniadamente patriotas”, dijera Taibo II de la generación de liberales del XIX, solo así se explica aquella firmeza para convocar a filas a toda una nación, pero sobre todo a la gente de Chiapas para ir caminando, sin ningún tipo de ayuda, a enfrentarse a un enemigo que en cinco años saldría derrotado y humillado de México. El epílogo de este drama nacional se llevó a cabo con el fusilamiento de Maximiliano de Habsburgo, el emperador impuesto por Francia y por los conservadores traidores mexicanos, para dar fe que en esta nación nunca nadie debe entrometerse en los asuntos que solo nos competen a nosotros. El principio básico de soberanía nacional.

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