Gotas que alegran la vida

Foto: Archivo

Llegó el fin de semana, Amparo no dejaba de observar frente a su ventana la lluvia que esa tarde
refrescaba la ciudad. La época de lluvias marcaba su inicio en el mes de mayo y justo había
empezado esa semana, después de una ansiada espera ante el sofocante calor que se había
sentido desde antes del inicio de la primavera.

El concierto de la incesante lluvia la remontó a muchos momentos en su vida, recordó las tardes
lluviosas en su ciudad natal, el olor a tierra mojada que desde niña disfrutó y el croar de las ranas
en las noches, un concierto mágico que fue disminuyendo con el paso del tiempo.

En una especie de remembranza asomaron también los bellos cucayos, como llamaban a las
luciérnagas en su terruño, que solían aparecer en los campos por la noches, una vez iniciada la
temporada de lluvias. Esos seres tan pequeñitos y luminosos que gustaba contar cuando iba en la
carretera y lo mágicos que le parecían con sus destellos en noches oscuras.

No pudieron faltar las anécdotas en la cocina de la abuelita Flor, el cafecito de olla que salía del
fogón humeante bellamente decorado por el hollín, acompañado de tortillas maíz doraditas o
recién hechas y las conversaciones amenas con la familia reunida.

También se dieron cita en su memoria las caídas y raspones en las rodillas; los coches atascados en
en lodo en los domingos familiares y las divertidas que se daba con sus primos cuando todos
ayudaban a empujar para salir del atolladero.

Las mascotas también tenía lugar en sus experiencias con las lluvias, recién bañadas se escapaban
y se iban directo al patio a mojarse y enlodarse.

Y no pudo dejar de traer al presente las veces que junto con su prima Mariela hacían secretos, de
los que contaban las abuelitas, para que no lloviera y pudieran ir por helados o paletas al parque
en las tardes calurosas, algunas ocasiones les funcionaban, muy pocas por cierto.

Finalmente evocó los mensajes de su papá, siempre agradecido cuando iniciaba la temporada de
lluvias, una bendición para las plantas y el campo, solía decir. ¡Cuánta razón tiene! – exclamó -.
La lluvia siguió su curso, Amparo continuó observando frente a la ventana, bellas gotas que
alegran la vida, bienvenidas sean, pensó para sí, al tiempo que iba por un rebozo para cubrirse, la
tarde había enfriado.

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