Hacer el atardecer

Casa de citas/ 428

Hacer el atardecer

Héctor Cortés Mandujano

 

Desde que leí Nadie me verá llorar y La cresta de Ilión, dos novelas de Cristina Rivera Garza, donde hay locos y manicomio, quería leer su tesis doctoral que al fin leo: La Castañeda. Narrativas dolientes desde el Manicomio General. México, 1910-1930 (Tusquets, 2010).

El trabajo es académico, pronto a las cifras, los años, las citas; un documento histórico, que sorprende por el trabajo exhaustivo que es su materia de estudio (p. 209): “Un impresionante procedimiento que comprendía la historia médica y social de cada interno en carpetas individuales, las cuales sumaron alrededor de 75.000 en un periodo de cincuenta años”.

Me detengo en algunas citas que hacen los pacientes; por ejemplo, en la definición que hace Francisco M. de la palabra “cobardía” (p. 205): “Un cobarde es una persona que tiene miedo de matar”.

Encontraron en la celda de Marino García navajas, martillo y gran cantidad de herramientas. No le habían dado tratamiento en los últimos cuatro años. El enfermero Reyes dice que ese paciente tiene 12 años recluido. Marino dijo que (pp. 222-223) “nunca se sintió enfermo, no había permitido que nadie le administrara tratamiento alguno en los últimos cuatro años y que había reunido poco a poco todas sus herramientas de acero”. Lo dejan libre, porque no lo encuentran demente, en 1931. Regresa (p. 236) “diez años después”.

Hay una trascripción de su entrevista de ingreso. Un fragmento (p. 225): “Ayer vi un árabe en el aire, arriba del cielo, donde explotan las bombas. No he muerto por las balas porque mi Padre, quien es Eterno, me dijo que yo sería eterno también. Tengo 98 años de edad ahora…”. También dice (p. 238): “De aquí [de la Tierra] no tengo nada; de arriba, tengo el sol, la Tierra, el aire. Soy dueño de todo”.

Una de las preguntas que hacían el ingreso de pacientes es tan general que, creo, la mayoría tendría que decir sí (p. 231): “¿Hay o ha habido en su familia algún individuo nervioso, epiléptico, loco, histérico, alcohólico, sifilítico, suicida o vicioso?”.

Matilda Burgos, que es la protagonista de la novela Nadie me verá llorar, tuvo una existencia real (p. 256): “Matilde Burgos pasó buena parte de su edad adulta, 35 años para ser más exactos, en una institución de la Beneficencia Pública”.

En las notas finales, ésta me llamó la atención (p. 275): “Una ley que declaraba ilegal la vestimenta campesina en áreas específicas de la ciudad fue aprobada en 1912”.

 

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Veo en Netflix el largo, más de tres horas, e interesante documental George Harrison: Living in the Material World (2011), dirigido por el gran Martin Scorsese. Parece que fue un hombre bueno este ex Beatle. Dice en algún momento, a propósito, creo, del hecho de que Erick Clapton se enamoró de su esposa y se fue con ella. Harrison no dejó de ser amigo de Clapton ni dejó de saludar a su ex mujer: “No se debe ver con microscopio a los amigos”.

Se volvió muy espiritual y a sus conciertos invitaba a músicos indios que cantaban mantras. En una de las sesiones públicas los tres músicos están concentrados tocando sus instrumentos. Terminan y la gente aplaude con fervor. El músico líder dice, no sin divertimento: “Agradecemos mucho que les haya gustado cómo afinamos nuestros instrumentos; esperemos que les guste, ahora, nuestra canción”.

La viuda de Harrison dice que a su esposo muerto le gustaba ver el crepúsculo y que esa era su ambición: hacer un atardecer. La eterna ambición del arte: lograr la maravilla que a la naturaleza nada le cuesta.

Muelle Progreso. Foto: Mario Robles

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No he leído En un metro de bosque, el libro que hizo famoso a David George Haskell. Leo su segundo trabajo sobre el mismo tema: Las canciones de los árboles. Un viaje por las conexiones de la naturaleza (Turner, 2017).

En esta colección de ensayos, Haskell habla de árboles específicos (el ceibo, el abeto de navidad, la palmera sabal, el fresno verde, etcétera), de cuya ubicación, en muchos lugares (Ecuador, Ontario, Georgia, Tennessee, Japón, etcétera), da todos los datos.

Sus textos combinan muchas disciplinas, muchos conocimientos. Está en la selva y una hormiga bala le cae en el cuello y lo pica (p. 24): “El dolor fue como el tañido de una campana de bronce puro: claro, metálico y monótono”.  Le muerde dos veces el dedo: “A diferencia de la pureza del aguijón, este dolor era un grito, un incendio, una confusión. […] Durante una hora no pude mover el brazo y me notaba el músculo pectoral izquierdo desgarrado y contusionado”. Una hormiga. Qué tal.

Dice sobre la compleja “riqueza” que hay en la picadura de los mosquitos (p. 25): “Para un virus las copas de los árboles son pantanos de sangre de primates, a los que se unen arroyos de mosquitos. Docenas de especies de murciélagos y roedores añaden afluentes”.

Habla de (p. 38) “Teresa Shiki, una curandera, activista y profesora shuar”. La cita (pp. 38-39): “Cada árbol es una persona viva, con habla. El ceibo representa toda la vida vegetal; uno no puede escuchar a ‘un’ árbol; no hay árbol que viva solo”.

Esto tiene que ver con las historias, la literatura (p. 128): “Las hogueras cambian la naturaleza de la conversación humana. Durante el día se habla de temas económicos, quejas y bromas. Alrededor del fuego se abre la imaginación y surgen historias”.

Los árboles hablan (p. 142): “El pino ponderosa es un árbol variable. No sólo difiere de un lugar a otro el aroma de su resina, sino que la forma y dureza de su lengua también presenta variantes regionales”.

Cita a Shakespeare (p. 189): “Nuestra vida, aislada del trato social/ halla lenguas en los árboles, libros en los arroyos,/ sermones en las piedras y el bien en todas las cosas”.

Haskell dice que los humanos somos tan salvajes como cualquier otro animal, que un bosque y un hombre son parte de una misma naturaleza, no están separados: tenemos una similar naturaleza interior (p. 271): “Esta naturaleza interior es animista: las rocas tienen deseos, los árboles están imbuidos de una solemnidad como de Buda, y las relaciones entre elementos aparentemente separados del paisaje –la disposición de las piedras y plantas, por ejemplo– gobiernan el humor de los espíritus que viven en todas las cosas”.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

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