México: de la política y los politólogos

Andrés Fábregas Puig/CIESAS-Occidente

Desde la estabilización del movimiento revolucionario iniciado en 1910, se hizo patente el dominio y la influencia de los politólogos norteamericanos en los análisis de la política mexicana. El término “politólogo” lo acuñó Don Daniel Cosío Villegas, con ese dejo de buen humor que lo caracterizó. Pero el término “pegó” y lo usamos a diario en la actualidad. Sobre todo en las décadas que van de los años 1950 a 1980, los politólogos norteamericanos impusieron un estilo de análisis que describía a México en particular y a América Latina en general como un escenario en el que luchaban las fuerzas modernizadoras de las elites ilustradas contra la fuerza de las tradiciones de sociedades atrasadas, campesinas, conservadoras. En general, los enfoques de los politólogos norteamericanos y sus repetidores en México, usaban un esquema estructural-funcional para tratar de explicar lo que llamaban la “naturaleza” del sistema político mexicano. Acuñaron la concepción de que en México existía una “familia revolucionaria” que quería la modernización del país, pero que se enfrentaba a un pueblo prisionero de sus tradiciones. Dos de los politólogos más influyentes en aquellos años, Robert D. Tomaseck y Charles W. Anderson, proponían comprender lo que llamaban el sistema político mexicano, desde la perspectiva de los contendientes del poder, aunque reconocían que “aún no hemos entendido la naturaleza del sistema que existe” (1966). Con  todo, el panorama que preveían los politólogos norteamericanos de aquellos años, era el de un sistema político sin consistencia, dependiente de la lucha entre individualidades, sin que la sociedad tuviera mucho que ver. En breve, se reducía al llamado sistema político mexicano a una lucha de poder entre individuos, sin entrar a los contenidos de clase en conflicto ni siquiera a las rivalidades políticas entre los grupos poderosos del país y por supuesto, sin atreverse al análisis del papel jugado por el Estado Nacional, no sólo como mediador entre clases sino como árbitro de la propia clase hegemónica. Eran tiempos en que se leía a Joseph La Palombara, Frank Brandemburg, Howard Cline, Martín C. Needler, Charles Cumberland, Gabriel Almond, James S. Coleman, Sidney Verba, Robert Scott, Bingham Powell, Lucyan W. Pye, Robert A. Dhal, Roger D. Hansen y varios más. Del conjunto de estos autores emergieron visiones de la política mexicana que en general describían a elites ilustradas, modernizadoras, peleando por actualizar a un país de indios analfabetos, clases medias emergentes, un campesinado prisionero de sus tradiciones y en general una sociedad que no entendía sus deberes ciudadanos de pagar los impuestos, sufragar los gastos de los servicios públicos y cumplir en general con lo que toda ciudadanía moderna cumple sin chistar.

Pablo González Casanova

Entre las “teorías” que se propusieron para tratar de entender al sistema político mexicano, hubo una muy popular: la teoría del péndulo. Según esta visión, las elites modernizadoras se pusieron de acuerdo para alternar la orientación del Estado Nacional y del Gobierno en una oscilación entre “izquierdas” y “derechas”, para garantizar el equilibrio del sistema. Se trata de una visión clásica funcionalista. De esta manera a un sexenio de “izquierda” le sucedería otro de “derecha” siempre dentro del mismo partido de Estado gobernante: el PRI. Así se explicaba que después de un Lázaro Cárdenas, viniese un Ávila Camacho. Pero la teoría del péndulo fallaba empíricamente: después de Ávila Camacho siguió profundizándose la derecha con Miguel Alemán, que llegó a ser nombrado “Mister Amigo” en un rasgo de extrema simpatía  y beneplácito del gobierno norteamericano hacia el presidente mexicano. Nadie en su sano juicio podría afirmar que el siguiente Presidente, Don Adolfo Ruiz Cortínez fuese de “izquierda”. Vamos, ni siquiera el mismo Adolfo López Mateos que declaro ser “de izquierda dentro de la Constitución” podría ser clasificado como tal. Recordemos que reprimió a los maestros, los médicos, los movimientos populares además de masacrar a la familia de Rubén Jaramillo. Coronó su sexenio dejando a Gustavo Días Ordaz como Presidente del país. Vino el movimiento estudiantil de 1968 y la represión que culminó en la masacre de Tlatelolco. Echeverría, López Portillo y De La Madrid, prepararon el campo a los tecnócratas que han tenido como último representante-hasta ahora-a Enrique Peña Nieto, pasando antes Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo,  Felipe Calderón y Vicente Fox.

El contrapeso a los politólogos norteamericanos vino del grupo de la “izquierda universitaria” (UNAM): Enrique González Pedrero, Víctor Flores Olea, Guillermo Bonfil, Mario Monteforte Toledo, Juan Brom, Alonso Aguilar Monteverde y el más destacado del grupo, Pablo González Casanova, que publicó en 1960 La Democracia en México.Libro básico este último, en el que González Casanova consagró también la teoría del colonialismo interno, que seguirían científicos sociales mexicanos de la importancia de Rodolfo Stavenhagen o el mismo Guillermo Bonfil que derivó hacia la “teoría del control cultural”. Por cierto, en esos años se forjó en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM, una de las generaciones más brillantes que ha pasado por la UNAM en las ciencias sociales. Me refiero a los alumnos de Mario Monteforte Toledo que se propusieron analizar a la izquierda mexicana: Juan Pablo Mateos, Manuel Márquez Fuentes, Octavio Rodríguez Araujo y el chiapaneco Arnaldo León Ovando. De ellos, Octavio Rodríguez Araujo y Manuel Márquez Fuentes escribieron un libro acerca de la historia del Partido Comunista Mexicano publicado en la Editorial El Caballito (1973). Por su parte, Arnaldo León y Juan Antonio Mateos estudiaron al Partido Popular-Partido Popular Socialista en un texto que presentaron como tesis en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM en 1969. En la actualidad, el historiador más prolífico acerca de la izquierda en México es Carlos Illades, quien ha publicado varios textos al respecto. Cito uno de ellos: El Marxismo en México. Una Historia Intelectual (TAURUS, 2018). Además del interés que reviste este texto, la bibliografía es una guía para un lector interesado en profundizar la historia de la izquierda en el país.

Años después de la publicación de La Democracia en México, Ángel Palerm publicó el primer análisis sobre el movimiento estudiantil de 1968 y en un interesante texto aplicando sugerencias de Vilfredo Pareto acerca de la “circulación de las elites”, trató de explicar los cambios en la orientación política de los gobiernos mexicanos. Sobre este tema escribí en Chiapas Paralelo en 2017. La sugerencia de Palerm dio entrada a un estudio de Jorge Alonso, clásico, titulado La Dialéctica clases-élite en México, publicado por el CIESAS en 1976. A partir de la segunda mitad de la década de los 1970, la bibliografía de análisis político en México se multiplicó y hoy es una compleja especialización en ciencias sociales. La revisión de esta trayectoria de las ciencias sociales se antoja prudente y urgente en la actualidad, en un horizonte político que aún no está claro en el país y con luchas por el poder intensas al interior del propio aparato de Estado y de Morena, el partido político dominante.  Quizá en breve será posible señalar los datos empíricos que permitan elaborar hipótesis acerca del rumbo que tomará México.

En América Latina no está “garantizado” el cambio social hacia sociedades más justas, menos desiguales, con elites políticas dedicadas a ejercer el poder en beneficio de la generalidad social. Las utopías del cambio hacia una sociedad igualitaria, próspera, pacífica, siguen siendo eso: utopías. Por ello las ciencias sociales elaboradas desde la perspectiva de las propias sociedades, con el compromiso de producir conocimiento y no elucubraciones, siguen siendo una necesidad en nuestros países y México no es la excepción. El brutal ataque a las ciencias sociales que encabeza Bolsonaro en Brasil es una calamidad y una prueba de que la implantación del fascismo requiere del oscurantismo, de que estemos ciegos a nuestras propias realidades y vayamos por el mundo sin rumbo fijo. Pensemos en México, en sus contextos, en los grupos de poder existentes, en la estructura de la sociedad, en la variedad cultural, para tener claridad sobre los que somos y hacia dónde vamos.

Ajijic. Ribera del Lago de Chapala. A 12 de mayo de 2109.

P.D. Enlisto sugerencias para un lector interesado:

Ángel Palerm, “El movimiento estudiantil: notas sobre un caso”, En Revista Comunidad, Volumen IV, Números 17 a 20, UIA, México, 1969.

Andrés Fábregas Puig, “Una crítica a los planteamientos de la politología norteamericana sobre el aso mexicano”, En, Revista de la Universidad Autónoma de Chiapas, Volumen 1, Número 3, México, enero de 1977, pp. 111-150 (Por cierto, en este mismo número de la Revista de la UNACH se publica un importante texto de Jacinto Arias).

Roger D. Hansen,La política del desarrollo Mexicano, Siglo XXI, México, 1979

Informe sobre las ciencias sociales en México, COMECSO, México, 2017.

 

 

 

 

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