«Antiquimera», de Derly Recinos de León

La muerte, el vacío pestilente, la espesa negrura del sinsentido, la sensación de no ser más que andrajos, vísceras perforadas, bilis derramada, sangre negruzca y engusanada. Antiquemerade Derly Recinos de León (Frontera Comalapa, 1973) es eso, pero es también el tránsito final de la conciencia, los últimos pensamientos, las sensaciones últimas antes de derretirse en sombra opaca, en nada.

Con sus nueve veladas, Antiquimeraes el novenario de los muertos, es un poema largo sin porosidades, de unidad sin fracturas, que exhala los reclamos postreros, la amargura de saberse cosa inútil, pedazo de piel en la disolución total.

No es una persona que habla en este poema de unidad sorprendente, es el quejido anónimo de la vaciedad final de la vida.

En el primer novenario, la primera velada del cuerpo y la piel ennegrecida, lo que sorprende es una voz de “crujido enfermo”, “hinchado de gérmenes”, que quiere contar su historia, no obstante que sus manos, “porosas, no sostienen la caricia” y “no pueden contar otras manos” para anidar un abrazo.

Ese cuerpo, que poco tiene de cuerpo, palpa, en la segunda velada, que su carne se contrae, que se achica en medio de la soledad, en el anonimato más terrible, sin testigos, “acaso las moscas”, pero ni siquiera ellas, quieran alimentarse de la sarna inoportuna y abundante.

Si la segunda velada está dedicada a la carne, putrefacta y contraída, pasto de parásitos, la tercera velada están los huesos, la columna vertebral, los húmeros, “el laberinto fósil”, el “esqueleto pesado de estacas calcificadas”.

Los jugos de la carne fétida, la grasa, el néctar, “el licor repugnante”, en fin, el veneno, llenan la cuarta velada, y la quinta, es la destrucción, la autodestrucción, los gusanos que absorben tuétanos, las moscas que revolotean, y la autofagia de rasgarse las propias entrañas.

El despojo, pese a su insignificancia total y a su abandono y repelencia a las moscas, en la sexta velada es capaz de incendiar árboles y de acabar con bosques, pero de eso nadie se entera, es silencio envolvente. Se duele y se ríe de sus despojos. Pero en la séptima velada sabe que es incapaz de acabar ni siquiera con la sombra, que su único destino es el polvo infértil.

La octava velada es la más luminosa; ahí asoma el guiño que todo rescata del olvido, el amor, el amar, “como debe ser: mal, sin tregua”:

 

Esa poción de vida,

ese dejo débil

imperdonable en los monstruos

sacudió mi cuerpo

y ya nada, nada me salvó:

enfermé de mi propia muerte.

 

La novena velada es de la derrota definitiva, del despojo putrefacto, que pierde su carne, que pierde sus huesos y sus humores, que no es nada más que polvo, pero no un polvo enamorado, sino silenciado, pétreo, incapaz de alentar vida.

Antiquimeraes, repito, un poema de una unidad sin porosidades, sólido, con algunos deslices remediables, como “chirria” y “para esta carne,/ mí carne”. Es, además, una obra rara en la literatura chiapaneca. Nadie ha escrito con tanta fuerza, con tanta pesadumbre el tema eterno de la nada.

Otros poemas graves, aunque refieren la temática de la nada más allá de la muerte, romperían la unidad de Antiquimera, por eso fue buen tino agregarlos como un bonus track,y por supuesto, con aciertos formidables, como Derrumbe, un poema para ser enmarcado:

 

Caí,

se derrumbó mi brazo,

mis pies tropezaron,

mi cabello,

mi edad cayó.

El horizonte de mi mirada

se vino abajo,

se dobló hasta el suelo mi voz

y no se dio cuenta de su derrumbe.

Con la voz se desplomó mi palabra,

y aunque intento levantarla,

aunque intento levantarme,

la conmoción de la caída me hizo polvo.

 

Hay que agradecer a Derly Recinos por estos poemas que van más allá de la muerte, y que aúllan violencia y rebeldía.

 

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