El geranio viajero

Imagen: sedonadesert.com

Mientras iba rumbo a casa, Anamar observó el cielo, la Luna llena se dibujaba en el cielo al caer la tarde, seguro habría noche luminosa, pensó. Así fue.

Después de cenar salió al patio para sentir el aire fresco de la noche. La Luna estaba radiante, acompañada de algunas nubes a su alrededor que, por instantes, la cubrían y nuevamente dejaban ver su resplandor.  Anamar recordó los comentarios que solían decir sus papás de los efectos de la Luna en la siembra de plantas o árboles, era una fecha idónea para que tuvieran buen crecimiento. Esto le hizo recordar la historia de su geranio color blanco.

Si bien ella no había sembrado el geranio, vinieron a su memoria anécdotas bellas de esa flor. En una tarde de primavera al ir caminando por las calles cercanas a su casa observó un lugar donde vendían macetas con flores. Le llamaron la atención los geranios en tonos rosa, rojo y blanco, se veían bonitos y pensó en comprar una maceta. No lo hizo pero se quedó con la inquietud y ganas de tener una en casa.

Fue otra tarde en la que Anamar se decidió por el geranio blanco, era la más pequeña, a diferencia de las demás, a ella le pareció la más discreta y linda,  optó por ésa. Preguntó sobre los cuidados para la planta. En realidad no tenía mucha experiencia con las flores pero se hizo el propósito de cuidarla mucho para que floreciera. La regaba, la colocaba donde estaba el sol y también le buscaba espacio con sombra.

En su travesía cotidiana Anamar viajaba cada fin de semana, decidió que su nueva compañera fuera con ella en cada salida. Después de documentar su equipaje, hacía el ritual de sentarse, colocar a su geranio sobre las piernas e ir pendiente que no se fueran a quebrar sus ramitas, ni estropear sus flores mientras llegaba a su destino. Esta travesía fue así por muchas semanas, el geranio blanco creció, estaba frondoso y había florecido en varias ocasiones. Era un riesgo viajar con la maceta, así que decidió dejarla en casa. La extrañó mucho en sus viajes, a cada regreso platicaba con ella.

El geranio blanco fue muy consentido, gozó de los apapachos de la mamá de Anamar, quien le cuidaba de las plagas y le removía la tierra cuando lo veía decaído. Anamar retrató sus flores más de una vez. En una ocasión se percató que el geranio estaba desmejorado, pese a los cambios de tierra que le hizo su mamá, las hormigas habían hecho estragos en sus raíces. No pudo evitar sentir tristeza, el geranio viajero era parte de su travesía en la vida. Le había dejado bellos legados, aprendió muchas cosas sobre el cuidado de las flores. Su mamá le recordó que las plantas son así y tienen su ciclo de vida.

Alzó la vista nuevamente y observó la Luna, había muchas plantas por sembrar  y cuidar, ahora sabía  que la Luna también sería su aliada.

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