El arco y la lira

Casa de citas/ 437

El arco y la lira

Héctor Cortés Mandujano

 

Releo El arco y la lira (Fondo de Cultura Económica, 1956), de Octavio Paz, y de nuevo me deslumbra la inteligencia, la sapiencia y la capacidad para combinar palabras e ideas de nuestro único Premio Nobel de Literatura mexicano.

El tema central del libro es, por supuesto, la poesía, y de ella dice (p. 14): “El soneto no es un poema, sino una forma literaria, excepto cuando ese mecanismo retórico –estrofas, metros y rimas– ha sido tocado por la poesía. Hay máquinas de rimar, pero no de poetizar”.

Acabo de leer en Roland Barthes (El grano de la voz) esta idea que Paz resume en dos líneas (p. 20): “El silencio mismo está poblado de signos. […] Todo es lenguaje”.

Otra de las grandes virtudes de la prosa de Paz es la claridad (p. 40): “Muchos poetas contemporáneos, deseosos de salvar la barrera del vacío que el mundo moderno les opone, han intentado buscar el perdido auditorio: ir al pueblo. Sólo que ya no hay pueblo: hay masas organizadas. Y así, ‘ir al pueblo’ significa ocupar un sitio entre los ‘organizadores’ de las masas. El poeta se convierte en funcionario”.

El libro se mueve, sin perder el hilo, hacia muchas partes (p. 99): “No sin justificado asombro los niños descubren un día que un kilo de piedras pesa lo mismo que un kilo de plumas. Les cuesta trabajo reducir piedras y plumas a la abstracción kilo”.

Esto hace la poesía (p. 113): “El universo deja de ser un vasto almacén de cosas heterogéneas. Astros, zapatos, lágrimas, locomotoras, sauces, mujeres, diccionarios, todo en una inmensa familia, todo se comunica y se transforma sin cesar, una sangre corre por todas las formas y el hombre puede ser al fin su deseo: él mismo”.

Lo que dirá Paz a continuación podría ser parte de un texto iniciático, de religiosidad bien entendida. Corresponden a distintas páginas, pero hacen una sola idea (p. 128): “Todo pasa de modo corriente, a menudo de una manera que nos hiere por su agresiva vulgaridad; y al mismo tiempo, todo está ungido. El creyente está y no está en este mundo. Este mundo es y no es real”; (p. 143): “Al nacer, el niño no se siente hijo, ni tiene noción alguna de paternidad o de maternidad. Se siente desarraigado, echado en un mundo extraño y nada más”; (p. 149): “El hombre no es un ser incompleto o al que le falta algo. Pues ya se ha visto que eso que podría faltarle sería la muerte. Ahora bien, la muerte no está fuera del hombre, no es un hecho extraño que le venga del exterior. […] La muerte es inseparable de nosotros. No está afuera: es nosotros. Vivir es morir. […] La muerte no es una falta de la vida humana; al contrario, la completa”.

Foto: Mario Robles

El libro, sin embargo, se refiere constantemente al poeta y su escritura (p. 177): “Si el poeta de verdad quiere escribir, y no cumplir una vaga ceremonia literaria, su acto lo lleva a separarse del mundo y a ponerlo todo –sin excluirse a él mismo– en entredicho”.

El otro, el otro que somos, esa idea que Paz ha llevado varias veces a sus poemas, tiene aquí varias inscripciones (p. 180): “Empédocles afirmaba que había sido hombre y mujer, roca y, ‘en el Salado, pez mudo’. […] El hombre ya es todo lo que quería ser: roca, mujer, ave, los otros hombres y los otros seres”; (p. 268): “Ser uno mismo es condenarse a la mutilación pues el hombre es apetito perpetuo de ser otro”.

Hemos retrocedido (p. 209): “Para el espectador moderno el lenguaje de Calderón o Tirso de Molina resulta ininteligible. Y no sólo porque nuestro español es pobrísimo: la escasez de palabras es hija de la penuria intelectual”.

Cita a Blake (p. 237): “Las prisiones están hechas con las piedras de la Ley; los burdeles, con los ladrillos de la Religión”.

Me encanta esta imagen que habla de la otredad que somos, de la separación y la reunión, de cuando estuvimos enamorados (p. 269): “La tarde en que vimos el árbol aquel en medio del campo y adivinamos, aunque ya no lo recordemos, qué decían las hojas”.

Antes de los apéndices, en las líneas finales, comenta su título (p. 284): “Una imagen de Heráclito fue el punto de partida de (este) libro. A su fin me sale al encuentro: la lira, que consagra al hombre y así le da un puesto en el cosmos; el arco, que lo dispara más allá de sí mismo”.

 

***

 

Releo también La nueva poesía amorosa de América Latina (Editores Mexicanos Unidos, 1983), de Saúl Ibargoyen y Jorge Boccanera. El año de edición, evidentemente, contradice el adjetivo “nueva”, pero el libro propone un buen recorrido por los poetas de nuestro continente, país por país.

Roberto Díaz es de Argentina y de su poema “Secretísimo” tomó sus versos finales (p. 30): “Pero no le digas a nadie/ que entre vos y yo/ una vez/ por poco tiempo/ estuvo sentada la eternidad”.

Boccanera, el antologador, es también de Argentina. En su poema “Esa fotografía que nos sacamos una vez” dice algo que me gusta mucho (p. 39): “Yo me quitaba el barro de las botas/ y regresaba alegre al fagot/ mientras tu voz tatuada por mis besos/ volvía a los sustantivos de costumbre”.

De Brasil es Carlos Drummond de Andrade y de su “Destrucción” es este verso (p. 56): “Dos amantes, ¿qué son? Dos enemigos”.

Pablo de Rokha es un famoso poeta chileno. Dice en “Círculo” (p. 137): “Como un perro amarillo te siguen los otoños”.

Y escribe en “Tango del viudo” otro Pablo, otro chileno, Neruda (p. 143): “Y por oírte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa,/ como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina,/ obstinada,/ cuántas veces entregaría este coro de sombras que poseo”.

Márgara Sáenz es de Ecuador y me encanta su poema súper pasional, “De otra vez amarilis”, dirigido a un examante (p. 169):

 

“¿A quién llevas ahora contigo entre las piernas?

“¿Quién pega de alaridos y triza los espejos

“donde nos repetíamos bestiales y dulcísimos?

 

“¿Qué otro vientre recibe tu miel mía, peruano? Di

“qué frívola puta, qué sórdida hipócrita limeña,

“qué casada cuidadosa del cornudo.

 

“Hijo de perra, ¿lo haces? Pero allí no, nunca, con

“nadie vuelvas a la habitación 35…”

 

El gran César Vallejo, de Perú, dice en “Idilio muerto” (p. 271): “Dormita la sangre, como flojo cognac, dentro de mí”.

De Perú es también Antonio Cisneros, quien dice en un fragmento de “Cuatro boleros maroqueros” (p. 293): “No me aumentaron el sueldo por tu ausencia/ sin embargo/ el frasco de Nescafé me dura el doble/ el triple las hojas de afeitar”.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

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