El cuerpo y sus conexiones

Casa de citas/ 436

El cuerpo y sus conexiones

Héctor Cortés Mandujano

 

Leo La Gaceta del Fondo de Cultura Económica 575, noviembre de 2018; en ella publica Virginia Bautista un texto llamado “En su 90 aniversario. Carlos Fuentes, un autor de la casa”. Cuenta de una carta que Fuentes manda desde Holanda al director del Fondo, Arnaldo Orfila, el 14 de julio de 1961, donde le informa que la Casa Editorial Estatal de Literatura y Arte Checa (p. 11) “se queja de la ausencia de títulos mexicanos”. Por ello “le solicita envíe diez libros de nueve autores”.

La lista puede servir para los que piden leer lo básico, lo imprescindible de la literatura en México: (pp. 11-12): “Pide en primer lugar El llano en llamas y Pedro Páramo de Juan Rulfo; luego Balún Canán de Rosario Castellanos, Libertad bajo palabra de Octavio Paz, Palabras en reposo de Alí Chumacero, Juan Pérez Jolote de Ricardo Pozas, El diosero de Francisco Rojas, La tierra pródiga de Agustín Yáñez, El relojero de Córdova de Emilio Carballido y Visión de Anáhuac de Alfonso Reyes”.

La solicitud es, además, incluyente en géneros literarios (aunque sólo hay una mujer): novela lo más, pero también cuento, poesía, teatro, ensayo y antropología. Me parece una muy buena recomendación, aun en estos días.

 

***

 

Es muy cierto que existe un mundo en la luna.

Todos sus habitantes tienen la misma edad.

Swami Muktananda

Foto: Mario Robles

En medio de las páginas de El juego de la conciencia (Editorial Siddha Yoga Dam de México, 1978), de Swami Muktananda, encontré una tarjeta escrita a mano por una muy querida amiga, quien desde hace tiempo ya no está físicamente entre nosotros.

Dice: “Héctor: Recíbelo como un testimonio de mi cariño y admiración. ¡Que te lleve al corazón del loto, el sol que brilla en tu corazón! ¡Que la energía divina manifieste ante ti las maravillas que guardas! Sinceramente. Anita Rincón.”

El juego de la conciencia es, en dos apartados (“El sendero de los siddhas” y “La enseñanza de los siddhas”), el testimonio de Muktananda de cómo se convirtió en un maestro perfecto de yoga. Su muerte, es decir, su fusión con el universo, ocurrió en 1982.

En la introducción hay una cita de Tukaram Maharaj, que de algún modo presupone el contenido del libro (XV): “Para una persona que se ha convertido en un verdadero amigo de dios, las enredaderas de su patio son como árboles que conceden deseos; las piedras que hay en su camino, a su paso, se convierten en gemas que conceden deseos”.

Muktananda dice en las primeras páginas del primer libro (p. 8): “Existen tantos chakras sólo en la cabeza, tantas fuentes distintas de las que mana el néctar, tantas agrupaciones de filamentos nerviosos, tantos tipos de armonías musicales, tantas fragancias variadas; hay rayos de miles de soles distintos, moradas de distintas deidades. A pesar de que todo esto se halla en su interior, el hombre trágicamente atrapado en su ignorancia busca su satisfacción en el árido mundo exterior”.

Lo leí en un libro de Paul Bowles (Memorias de un nómada): las cobras no muerden a los monjes tibetanos; me lo comentó Koncha, mi maestra de meditación, aunque ella hizo el comentario en general sobre las serpientes, y lo confirma Muktananda (p. 120): “Las cobras disponen de órganos psíquicos y muestran gran respeto por los santos”.

En su proceso de aprendizaje, Muktananda convive con un santo llamado Zipruana, quien vive entre la basura. A su pregunta de por qué lo hace, el santo le responde (p. 145): “La suciedad que hay dentro es mucho peor que ésta. Piensa sobre ello. El cuerpo del hombre no es más que un saco de caca y pis”.

Es del segundo libro esta sentencia (p. 270): “Dondequiera que mires, todo lo que ves es tu propia luz. Nada es diferente de ti. Estás presente en todo”.

Estas páginas son menos testimoniales, más doctrinarias (p. 291): “Si abandonas tu casa para irte a vivir a un monasterio o a una selva, lo único que habrás conseguido será cambiar de vivienda. Si dejas de llevar ropa blanca y te vistes de rojo, sólo habrás logrado cambiar el color de tu ropa”.

Muktananda no cree lo mismo que el santo con respecto al cuerpo (p. 298): “En este cuerpo que puedes tocar y puedes ver, existen 720 millones de nadis (‘canales por los que fluye la fuerza vital en el cuerpo sutil’, espiritual, según el glosario), cuatro estados de conciencia, cuatro cuerpos y cinco envolturas”.

Además (p. 319): “El cuerpo es el sirviente del Ser. Siempre está a tu servicio y dispuesto a ir donde quieras llevarle. Si quieres ir al infierno, se dirigirá allí tan pronto como se lo pidas. Si quieres llevarlo al cielo, allí se dirigirá de buena gana. Si lo sientas en un elefante o en un caballo, es feliz”.

 

***

 

Leo de nuevo La muerte en Venecia, de Thomas Mann. Perdí no sé cómo, no me acuerdo, el primer ejemplar que tuve y me compré éste, elegantísimo, artístico de la primera a la última hoja (Mirlo-Editores Mexicanos Unidos, 2016), está ilustrado por el artista (músico, crítico, pintor) Antonio Luquin. Las ilustraciones aquí se llaman, también con elegancia, “traducciones visuales” (le digo a mi amigo Tito Sánchez que ya no diga que es ilustrador, sino traductor visual, suena mejor).

He sabido de la decepción que supone escuchar cómo se hizo la obra de arte sobre la que nosotros pusimos pensamientos sublimes. Un amigo me contó que una vez preguntó al gran Noquis Cancino sobre cómo se le había ocurrido su célebre “Canto a Chiapas”, y el maravilloso Noquis le dijo: “Pendejadas que se le ocurren a uno”.

Dice Mann en esta novela breve e intensa (p. 86): “Seguramente conviene que el mundo conozca sólo la obra bella y no sus orígenes, las condiciones que determinaron su aparición, pues el conocimiento de las fuentes en el poeta bebe su inspiración lo confundiría, lo asustaría a menudo, dañando así el efecto de las cosas excelentes”.

Otra idea brillante, de las muchas que tiene este libro magnífico (p. 100): “La pasión, como el delito, no se encuentra a sus anchas en medio del orden y el bienestar cotidiano”.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

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