Cambiar un animal de la bandera

Casa de citas/ 443

Cambiar un animal de la bandera

Héctor Cortés Mandujano

En sentido figurado es un soñador;

en sentido estricto, un pendejo

Hugo Hiriart,

en El águila y el gusano

 

Los libros de Hugo Hiriart, aunque se les promuevan como un género específico (ensayo, novela, teatro), suelen romper esas consideraciones constrictivas. El águila y el gusano (Ramdom House, 2014), título que cambia a uno de los animales de la bandera, es lo mismo una novela que un guion de teatro o de cine, y toca, con la destreza característica de Hiriart, con sentido del humor, la pesadilla en que se ha convertido nuestro país: innumerables matanzas sin castigo, narcotráfico a la vista de todos, estulticia supina en los políticos, indiferencia social: como no me pasa a mí, no me importa… Enumerar los problemas actuales es tarea fatigosa. Lo dice Godofredo, uno de los personajes (p. 220): “¿Tienes que seguir? Ya cansa tanta desgracia”.

Una constante en los libros de Hiriart son los apodos. Aquí hay muchos. Bolos le pregunta a Calixta si a su primer marido le decían el Pinacate y ella responde (p. 25): “Por mal nombre. A él no le gustaba, aunque de hecho era negroide de Veracruz, y hediondo como ese animal”. Los apodos se extienden y habla de un grupo de borrachos que se autonombró (p. 131): El hígado no existe.

Otro de los maridos de Calixta era luchador. Se dio un golpe tremendo y con ello (p. 42) “fue privado aún de ese poco, ese salario mínimo mental, que había en la bóveda craneana y quedó sumido en la lentitud semiidiota que ahora lo caracteriza”.

Pepino desviste a Clemencia con rapidez. Ésta le pide que vaya más despacio; él le explica (p. 75): “Si te quieres comer la pollita, tienes que desplumarla primero…”

Mucha de la gracia de la novela, aparte de las diversas tramas que unen a masajistas, políticos, narcos y varia fauna humana, está puesta en el lenguaje que homologa a los hablantes. Da lo mismo que sean doctos o iletrados: todos hablan con exquisita propiedad. Así, vemos a Campuzano, un achichincle de tercera, diciendo sobre lo que ha oído de otro personaje (p. 113): “La lectura de periódicos o revistas es cosa propia de sodomitas”, y a Calixta, masajista de medio pelo, comentarle en la misma charla sobre un ausente: “Su cara tiene la gracia delicada de un eructo de puerco”; ella misma dice más adelante (p. 137); “Ya externé, Bolo, mi disposición de no abrir ante usted los entresijos y refajos de mi existencia”.

En ese mismo terreno, Chona, cuyo nombre evidencia su extracto social, dice (p. 235): “¿Señorita, dice?, ¿interroga usted si mi comadre Isa de plano no ha sido cubierta por fornicario y lo ignora todo en materia de concúbito carnal?”.

Florencia explica las diferencias entre las mujeres de oriente y las de occidente (pp. 246-247): “Es inútil comparar esta apoteosis de mansedumbre, destreza y servicio (de las orientales), con las agresivas, insatisfechas, torpes, desabridas y fodongas mujeres occidentales, maestras consumadas en la técnica del reproche inoportuno, amargo y feroz”.

Juanito Huejote es un apuesto indígena chiapaneco; una viuda se le ofrece de la forma más descarada, hasta que él entiende lo que le está pidiendo (p. 274): “Ah, expresó Juanito, tú quieres echar huevo, expresión ésta que es uno de los modos de referirse en tzotzil al ayuntamiento carnal”.

Herminio Castelazo es un abogado del hampa. Pancho Liguori le hace estos versos (pp. 286-287): “Este Castelazo tiene/ Un talento colosal:/ Cree que deriva del pene/ Todo el derecho penal”.

Parodí comenta con Calixta lo malo que es tener un solo marido (p. 314): “Un solo marido desarrolla voracidad posesiva y exigencias, mujer, pero si te conchabas tres o cuatro la cosa se diluye, reparte y organiza mejor, te lo aseguro”.

Un lujo leer a Hiriart.

 

***

Foto: Mario Robles

Para mí, como para muchos, supongo, leer por primera vez a Walt Whitman fue un deslumbramiento, un parteaguas. Leí Hojas de hierba, hace mucho, con un alelamiento agradecido, con un estupor de maravilla.

Fui hace no demasiado a un restaurante tuxtleco y me hallé que vendían libros usados. Me encontré Diario de la guerra civil (Ediciones Gandhi, 2008), de Whitman –selección, traducción, prólogo y notas de Mariano Sánchez-Ventura y Blanco–, a un precio apenas mayor que una Coca cola, un regalo.

En el prólogo, Sánchez-Ventura cita a Neruda (p. VIII): “Soy un poeta de habla hispana y Walt Whitman me ha enseñado más que Cervantes”.

La guerra civil norteamericana se dio entre el norte y el sur, empezó en 1861 y terminó en 1865. Abraham Lincoln era el presidente. No sabía de su racismo. Dijo, entre otras lindezas, en una carta del 11 de agosto de 1858 al editor del New York Times (p. XXX): “No estoy ni jamás he estado a favor de permitir a los negros ser votantes o jurados, ni de permitirles tener un puesto público, ni casarse con personas blancas. […] Yo, tanto como cualquier otro hombre, estoy a favor de que la posición superior se le asigne a la raza blanca”. Según la Constitución (p. XXXII) “un negro equivalía a las tres quintas partes de un blanco”.

Whitman, en 1862, fue en busca de su hermano George, herido en batalla, y decidió que durante la guerra visitaría y ayudaría (con dinero, alimentos, lecturas, compañía) a enfermos y heridos. De eso va su diario.

Hay imágenes terribles, claro (p. 49): “El bosque sigue en llamas –cientos no sólo reciben quemaduras–, demasiados, incapaces de moverse, mueren consumidos por las llamas. Y luego el campamento de los heridos –¡Santo Cielo, qué visión! Es esto en verdad la humanidad”.

Aún en esa masacre, en esa mortandad, Whitman escribe como poeta (p. 67): “El alma de algún soldado parpadea, suspendida entre la vida y la muerte”.

Muchos soldados mueren de inanición (p. 106): “Lector, ¿alguna vez has tratado de imaginar lo que significa morir de hambre?”.

Dice Whitman que (p. 117) “en aquellos tres años, realicé más de seiscientas visitas o giras en los hospitales y campamentos, y estimo que vi personalmente entre ochenta y cien mil heridos y enfermos” y esa fue, dice, en la misma página, “la lección más profunda de mi existencia”. Leerlo es, por eso, aprender de nuestra grandeza, de nuestra miseria.

            Contactos: hectorcortesm@gmail.com

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