La maraña para analizar las matanzas en Estados Unidos

Ahora ha ocurrido en El Paso (Texas) y Dayton (Ohio), pero Estados Unidos tiene una larga historia de matanzas ejecutadas por “lobos solitarios” que irrumpen en escuelas, supermercados o desfiles. Cualquier lugar es viable para lanzar el mensaje que desea el asesino, y para ello debe reunir un número suficiente de personas.

Cada vez que se produce un hecho de tal naturaleza políticos y analistas se lanzan a dar un sinnúmero de opiniones. Los primeros acusando a sus contrincantes electorales, mientras que los segundos haciendo uso de sus herramientas disciplinarias. Pero en ambos casos la celeridad de las respuestas hace que los juicios sean reiterados, y en el caso de los últimos acontecimientos buena parte de ellos se relacionan con el papel jugado por Donald Trump, el presidente ultraconservador del vecino estadounidense.

Hace algún tiempo, en estas mismas páginas, reflexioné sobre la candidatura de Trump. Si en aquel momento dije que no hacía “falta ser muy audaz para criticar sus propuestas”, además de considerar “un error fijarse únicamente en el personaje”, hoy me reitero en la misma idea y apelo a lo dicho con anterioridad, que es necesario observar a los “los receptores de su mensaje” y que “desean ese discurso”. Es decir, los análisis tienden a poner en el ojo del huracán el discurso de Trump, su xenofobia reflejada en el odio al otro representado hoy en día por el inmigrante, para construir una teoría en la que ciertas personas quedan afectadas por ese discurso de tal manera que son capaces de condensarlo y expresarlo en forma de agresión violenta. Una explicación que, aunque no les guste, está en la misma línea de la expuesta por Donald Trump. Él mismo, tras los recientes ataques, acusó a los “enfermos mentales” de ser los responsables. Argumentación que, además de retrocedernos al siglo XIX cuando se vinculó enfermedad y delito bajo la sombra prolongada de Cesare Lombroso, empata con la incapacidad de los ejecutores de razonar de manera independiente si no cuentan con una voz superior que les dicte los pasos a seguir para llevar a cabos sus objetivos. Enfermos mentales y marionetas, desde la perspectiva de Donald Trump, estarían en el mismo nivel al demostrarse su insuficiencia racional. Ponderación muy cercana a quienes nos formamos en la disciplina antropológica porque el desconocimiento del otro conduce a su menosprecio, y suele ubicarlo en un escalón inferior al del que sentencia, un peldaño debajo de lo considerado humano.


Por Darinel Zacarías

Acciones como las matanzas, efectuadas por individuos solitarios, vuelven a plantear preguntas de una manifiesta complejidad científica y disciplinaria. Es decir, las maniobras de los asesinos corresponden a una forma de actuar individual o responden a dictados ajenos, como son los discursos de Trump. Preguntas que se olvidan, no cabe duda, del contexto social donde se producen los hechos y que entornan a los involucrados.

Donald Trump, como otros líderes carismáticos tiene, por supuesto, la capacidad de mover a grupos e individuos, pero desde las ciencias sociales se sabe, desde hace muchos años, que un individuo no es la sociedad. Como recordó Marcel Mauss hace más de un siglo, la sociedad era quien otorgaba al mago su condición, no era él quien decidía su papel. Una interpretación en la línea de su tío Emile Durkheim, pero que sigue siendo vigente en la actualidad, desde mi perspectiva.

Trump, gracias al sistema electoral estadounidense si se quiere, fue elegido presidente, pero no hay que olvidar que una determinada parte de la sociedad lo consideró su candidato, aquella persona que en su discurso condensaba y daba forma a ideas y opiniones ya presentes en el gigante del norte. El empresario hotelero puso voz, con mensajes sencillos y cortos, a concepciones existentes aunque no necesariamente estuvieran ordenadas. Otorgarle a Donald Trump, como a cualquier líder carismático, una singular aptitud para originar ciertas acciones es demasiado forzado, por no decir atolondrado, en especial porque se olvida de los contextos sociales en los que se producen dichos actos.

En las ciencias sociales se ha avanzado, aunque muchos crean que demasiado lentamente, en la comprensión de los seres humanos en sociedad. Ello significa que, junto a la idea de que es imposible discernir las actividades individuales alejadas de la sociedad, también hay que entender la violencia más allá del derecho y asumirla como un acto comunicativo puesto que toda acción humana lo es. La comunicación humana no se limita a las palabras y la violencia es, simplemente, una más de las posibilidades de transmitir mensajes, información, a otros seres humanos. Tal vez no sea la comunicación más deseada, por supuesto, pero su existencia refleja aspectos latentes de una sociedad.

Si lo anterior no es un desvarío, Trump, como cualquier otro individuo, no puede ser considerado el responsable directo de actos violentos como los vividos en los últimos días. Él es un condensador reconocido por ciertos sectores de su sociedad, un vocero de todos aquellos que no encuentran mejor mensaje para menospreciar al otro que quitarle su condición humana prescindiendo de su presencia en la sociedad.

 

 

 

 

Un comentario en “La maraña para analizar las matanzas en Estados Unidos”

  1. Andrés Fábregas
    14 agosto, 2019 at 10:18 #

    Buen texto el de Miguel Lisbona, con quien concuerdo. Los Estados Unidos se forjaron bajo el poder de las armas. Es un rasgo arraigado en la sociedad norteamericana, dominada por el miedo, como ya lo han apuntado otros. Con solo ver las películas del «oeste» uno se da cuenta de cómo se articularon las armas a la forja de ese país. Trump es sólo un «catalizador» de sociedad del miedo, que ve enemigos por doquier, y que tiene el «destino manifiesto» de defender al mundo (que son ellos exclusivamente) del «mal» (que es el resto del planeta). Observen las películas con el tema de amenazas al mundo: son los Estados Unidos en peligro, porque ellos son el mundo, que se defiende y vence al mal en cualquiera de sus formas.
    Miguel Lisbona hace bien en llamar la atención a que no es una persona sino la sociedad lo que tenemos que ver.

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