Woodstock, 50 años

 

 

No creo en la magía,no creo en el ying yang,no creo en la biblía,

No creo en el tarot,no creo en hitler,no creo en jesús,

No creo en kennedy,no creo en buda,no creo en el mantra,

No creo en el gita,no creo en el yoga,no creo en los reyes,

No creo en elvis,no creo en zimmerman, no creo en los Beatles…

John Lennon, God

 

 

 

En la víspera, no queda más remedio que hacer uso de la hermética presencia de la nostalgia, poner en juego eso que dicen nos toca y nos devuelve la memoria de forma voluptuosa, sensual y catártica. A 50 años del concierto de Woodstock, aun resuenan sus sonidos y su carga emocional. No es que yo haya sido de esa generación, ni formé parte de la Woodstock Nation, sencillamente el valor simbólico del mayor concierto de música de todos los tiempos hace imprescindible no hacer homenaje al acontecimiento que marcó la década de los sesenta, sin duda, las mas seductora en la creación artística, musical y de rebeldía juvenil alrededor del mundo.

La mitología del Festival de Woodstock ha dicho mucho de sí: de un concierto de música en donde se esperaban 30 o 40 mil personas, de pronto se vio inundado por cientos de miles de jóvenes provenientes de todas partes de Estados Unidos, para juntarse entre 400 y 500 mil personas. No deja de ser interesante la convocatoria del rock para llegar a influir a tanta cantidad de gente, como ningún otro género musical a través de tiempo.

El 18 de agosto de 1969, en el condado de Sullivan, Nueva York, particularmente en un ranchito llamado Bethel, cerca del poblado llamado Woodstock, se organizó un concierto de rock, en ese entonces uno de los tantos eventos masivos que en ese entonces comenzaban a proliferar en torno al rock. Conviene recordar que a finales de lo sesenta, en plena ola de la Contracultura en Estados Unidos y en el mundo entero, en la era de los Beatles y los Rolling Stones, la juventud tenía la necesidad de decir algo. Tomar conciencia, primero, de ser parte de una anquilosada estructura (el “sistema”) que la había relegado y nunca tomada en cuenta en la vida social y política, y después a romper con ella, con todo el estrépito que la juventud puede hacer. Su turno llegó en esa década y el clímax de ese frenesí, de esa locura con que quisieron ser parte de la historia estuvo en Woodstock.

La contracultura fue una “revolución cultural”, como muchos la llamaron, porque fue una generación de jóvenes que trastocaron las reglas de la sociedad de la posguerra, una sociedad que en los 40s hizo llevar a millones de jóvenes a morir en los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial. Esta generación, hija de los sobrevivientes de la contienda, rechazaron todos los modelos culturales que impuestos tanto para mujeres como para hombres, lo que implicó pensar, por primera vez, en la existencia de otras formas de ser, de vivir y de estar.

A nivel cultural, Woodstock significó poner a debate la irrelevancia de poner etiquetas a los individuos y a las sociedades. Por eso los hippies -la parte más visible de la contracultura- los hombres se dejaron crecer el cabello, echando por tierra la idea de unicidad en el criterio de género: el cabello, ni la ropa, ni el sexo, ni la clase social dignifica lo que es ser mujer u hombre.

El sexo libre, sin cortapisas religiosas, ni sociales, ni morales fue un estandarte de estos jóvenes: ellos/as disputaron ser dueños de sus propios cuerpos y ni los gobiernos, ni el Estado, ni las instituciones mediarían en esa elección. La masificación de la píldora anticonceptiva rebeló otra idea de sexualidad, dando por hecho que la relaciones sexuales no son únicamente para procrear, sino también por placer y por elección individual.

A nivel político, Woodstock refrendó la idea de que una generación estaba en contra de todo modelo societal industrializado, sea capitalista o socialista. A fin de cuentas, ambos sustentaban su visión de desarrollo con base en la infelicidad de las sociedades: producir, producir, producir. La felicidad como máquina industrial, individualista y consumista. La vida encerrada en aceradas prisiones urbanas; el amor como catálogo de venta; la hermandad hecha trizas en la competencia por ser Alguien, el único y el mejor en todo, según la prédica capitalista. Por eso, el retorno a la naturaleza, a las comunas, lo primigenio, lo más democrático y solidario de las relaciones humanas.

Si el 68 fue la entrada política de la juventud en la rueca de la historia, el Woodstock del 69 potencializó el cambio cultural que ahora observamos en la actualidad. Sin Woodstock quizá el mundo hubiese sido peor del que conocemos. El cambio favorecido por el evento, cristalizó las grandes demandas que ahora vemos como normales, pero que hubiesen sido impensables de materializar si la contracultura no las empujara al ruedo de lo social y lo político.

A nivel artístico, la explosión de arte, de música, de literatura, de todo eso que significó la creatividad juvenil en su máxima expresión, se condensó en la década de los sesenta, alrededor del planeta y sin precedente en ningún estadio histórico.

Objeto de permanentes críticas, Woodstock fue para la izquierda un espacio de inacción y pérdida de oportunidad para el cambio político; hablaba desu forma de hacerpolítica, la que aquella ponderaba. Para la derecha y el conservadurismo, fue un cúmulo de excesos y de pánico al ver que en Estados Unidos, en la panacea del consumismo más recalcitrante, la clase media era la que provocaba la revolución, la que más le dolería: la negación de los hijos/as de ese bienestar, viciado y bonachón, heredado por los padres y madres de un país que soltó dos bombas atómicas asesinando a miles de inocentes.

Woodstock no fue únicamente, ni por asomo, un concierto de rock. Eslabón imprescindible de todo lo acontecido en los sesenta, representa un espacio simbólico de pacifismo, de ternura social abrigados en lluvia y lodo, amor romántico en un contexto de matanza en Vietnam y de la Guerra Fría, incipientes feminismos y poesía maldita, estruendo de rock psicodélico mientras Pete Seeger canta Bring them home, espíritus en ristre y en templanza con el cabello largo, libertad y la promesa de Prometeo a toda prueba.

En estos tiempos de tufos fascistoides, más que nunca las proclamas de Woodstock son vigentes. Porque una cosa es cierta, a 50 años el amor y paz tienen que ser parte de las agendas emocionales de las revoluciones. Cualquiera que estas sean, en donde sea que se hagan y en la cancha donde se jueguen. La rebeldía como antonomasia, sello distintivo de los/as jóvenes. Perturbar las conciencias normalizadas, cambiar lo que no sirve.

Transformar.

Pese a todo, en esta época “seamos realistas, hagamos lo imposible”, soñemos los mundos probables porque, según el profeta Bob Dylan, esto es imparable, inexorable, hay esperanza. Debe haberla: “los tiempos están cambiando…”, todo el tiempo, toda la vida.

 

 

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