Uno es como se inventa

Casa de citas/ 447

Uno es como se inventa

Héctor Cortés Mandujano

 

Los textos que conforman Momentos de vida (Lumen, 2008), los escribió Virginia Woolf o para que los leyera su sobrino o para tomar un respiro de otro trabajo de escritura o para leerlos a sus amigos. Son, pues, “obras en desarrollo”. Pero fuera del gran texto biográfico que nos legó Quentin Bell, su sobrino, no hay más que las páginas de estos Momentos… para saber por la propia voz de la autora sobre su vida, segada por ella misma el 28 de marzo de 1941.

En una de sus reflexiones dice que olvidamos más que lo que recordamos. Que el no ser nuestro es más que el ser (p. 90): “Una gran parte del vivir normal de cada día no se vive conscientemente”.

Muere su madre cuando es una niña, luego su hermana, luego su padre (p. 93): “Y de ahí paso a suponer que mi capacidad de recibir golpes es lo que me hace escritora”.

Hace un retrato terrible su padre, Leslie Stephen. Salvo la honradez, no le halla virtudes ni en las orejas (p. 160): “No tenía oído en absoluto para la música. Cuando Joachim tocó en Litle Holland House, preguntó: ‘¿Cuándo va a empezar?’ Las piezas de Beethoven o de Mozart sólo eran para sus oídos ejercicios de afinación”.

Cuenta (pp. 173-174): “Una noche de verano fui incapaz de dormir, horrorizada, al oír lo que imaginé era un viejo indecente jadeando y murmurando obscenidades seniles. Después me dijeron que era un gato; la angustiosa cópula de un gato”.

Piensa (p. 203): “Somos vasijas selladas flotando en lo que, por comodidad, hemos dado en llamar realidad; en ciertos momentos, la materia que sella la vasija se resquebraja; entra a chorros la realidad”.

Su hermano George es tratado también muy merecida y duramente (p. 237): “Si bien tenía los rizos de un dios y las orejas de un fauno, sus ojos, sin la más leve duda, eran de cerdo”.

Muere el esposo de una conocida (p. 309): “¡Sir Arthur había muerto! […] Sentía por él lo que se siente por un viejo mueble que siempre ha estado en medio de la sala de estar”.

Bernard, uno de sus personajes en Las olas, dice algo que quizás también se refiere a la autora (p. 325): “Distintas personas me inducen a decir distintas palabras”.

Amo a la Woolf.

 

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Matemáticas para la felicidad y otras fábulas (Porrúa, 2017), de Sabina Berman, es una selección de los textos que esta genial novelista y dramaturga mexicana ha publicado en un diario de circulación nacional. El libro tiene también, además, bellos y grandes dibujos de Eko.

La inteligencia crítica de Berman corta cabezas sin piedad. En “AMLO se olvida de sí mismo” cuenta, desde la ficción donde circula sangre de la realidad, cómo el político tabasqueño fue olvidando sus principios con tal de ganar votos (el texto fue escrito por lo menos un año antes de que AMLO se sentara en la silla del águila). Llega, pues, a la presidencia. Una noche Andrés Manuel despertó (p. 19) “y caminaba sobre la grava de una vereda flanqueada de los bustos de cobre de los presidentes de la Nación, al cabo de la cual encontraba un busto de sí mismo.

“Pero el líder no recordó su nombre.”

Me encantó esta reflexión dentro de la fábula “Para llegar a la abundancia (p. 91): “Siempre brotan villanos como hongos, es lo natural dado que la vida es una sustancia húmeda”.

En “Papá, soy gay -y trans y varias otras cosas”, Ema (o Em@, como decide firmarse) escucha de su padre, que no está de acuerdo en que ella sea travesti y que su marido antes fuera lesbiana y ahora trans y padre de su niet@, la sentencia (p. 123): “Uno es como nació”.Q

Ella le corrige la plana: “No, papi, eso es ser terco. Uno es como se inventa”. Y aún le pide entender el siguiente paso de esta pareja poco convencional: “Papi, vamos a cruzar otra frontera. Vamos a expandir la familia con un amigo muy guapo. Se llama Poliamor. No el amigo, la familia que seremos”.

Foto: Mario Robles

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Y estas páginas son de ese himno

Bécquer,

en “Rimas del libro de los gorriones”

 

Desde niño me sé de memoria varias rimas de Gustavo Adolfo Bécquer, pero no había leído sus leyendas, de modo que leo el libro que contiene ambas: Rimas y leyendas (Editorial Pax México, 1986).

Bécquer tuvo una vida desgraciada: miserable de tan pobre y con mala suerte en el amor. No llegó a ver publicadas sus leyendas, que escribió entre 1860 y 1864. Murió el 22 de diciembre de 1870, en Madrid, a los 34 años.

En la rima XLVI habla de una mujer que lo traicionó (p. 41): “Y ella prosigue alegre su camino,/ feliz, risueña, impávida; ¿y por qué?/ Porque no brota sangre de la herida…/ ¡Porque el muerto está en pie!”.

Las rimas de Bécquer no han envejecido, entre otras cosas porque se siguen usando. Por ejemplo, me hallo en la rima LVI el verso (p. 51) “donde habite el olvido”, que después volvió famoso Luis Cernuda y volvió a usar, con una pequeña variante (“Donde habita el olvido”), el cantautor Joaquín Sabina.

El final de la rima LXVIII es tremendo: el gusto por la tristeza, por el llanto. Dice (p. 53): “mas tengo en mi tristeza una alegría./ ¡Sé que aún me quedan lágrimas!”.

Me encantaron las leyendas, algunas las sentí en el mismo nivel que los cuentos de Hoffmann, que las locuras de Lovecraft. En “El caudillo de las manos rojas” dice de un asesino que va al monte (p. 79): “¿Viene a buscar la soledad? Imposible. La soledad es imperio de la conciencia”.

Un dios manda al sueño que lleve sus iras a la noche de un hombre (p. 93): “El Sueño, hijo de la Tumba, levanta a esta voz la frente, entreabre los soñolientos ojos y agita sus noventa manos, en cada una de las cuales tiene una copa llena hasta los bordes de un licor soporífero”.  Los sueños, dice más adelante (p. 104), “son el espíritu de la realidad con las formas de la mentira”.

De “La creación” es esta línea (p. 126): “El amor es un caos de luz y de tinieblas”. Brahma crea el Edén (p. 127): “El Edén con sus ocho círculos, las tortugas y los elefantes que los sostienen, y su santuario en la cúspide”.

En “Maese Pérez, el organista” escribe Bécquer (p. 147): “No hay nada más atrevido que la ignorancia”.

Entre las muchas cosas que ofrece un vendedor callejero, en “La promesa”, hay (p. 211) “bálsamos maravillosos para pegar a hombres partidos por la mitad”.

Dice Bécquer en el arranque de “Los ojos verdes (p. 262): “Hace mucho tiempo que tenía ganas de escribir cualquier cosa con este título”.

Manrique está, en “El rayo de luna” (p. 275) “sentado al borde de una tumba, prestando oído a ver si sorprende alguna palabra de la conversación de los muertos”. Hay allí un escudero que enseña (p. 282) “al bostezar una caja de dientes capaces de dar envidia a un cocodrilo”.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

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