Carta de amor a la novela en Chiapas*

Casa de citas/ 450

Carta de amor a la novela en Chiapas*

Héctor Cortés Mandujano

 

La novela en Chiapas. Antología crítica (Coneculta-Chiapas, 2018), de Alejandro Aldana Sellschopp, es un libro constituido, en términos de estructura, con 23 ensayos biobibliográficos sobre 23 autoras/autores, seguidos de 23 fragmentos de novela.

En números redondos, de las autoras/autores seleccionados 10 ya murieron y 13  viven; 20 son hombres y tres, mujeres.

Ocho no nacieron en Chiapas: B. Traven, Ramón Rubín, Ricardo Pozas, Carlos Navarrete, José Antonio Reyes Matamoros, Guadalupe Olalde, José Martínez Torres y, aunque se le ligue de la infancia a la muerte con Comitán, Chiapas, Rosario Castellanos, quien nació por circunstancias fortuitas en la Ciudad de México.

No he leído cuatro de las 23 novelas seleccionadas: Muy íntimos quadernos, de Guadalupe Olalde; Abajo del reloj, de José Antonio Reyes Matamoros; El heredero y el miedo, de Alfredo Palacios Espinosa, y Fragmentaciones, de José Falconi. Fuera de ellas, porque no opino sobre lo que no conozco, puedo decir que en general estoy de acuerdo, si eso sirve de algo, con la selección de Aldana Sellshopp, porque me imagino el terrible trabajo de lectura y selección que debe haber supuesto llegar a estos autores, primero, luego de descartar a muchos más, y después decidir, de entre las novelas de cada uno/una de los/las que constituimos esta antología, la que Alejandro considera la más lograda o la más propositiva o la que hace mejor balance con el libro.

Temáticamente, la mayor representación en esta antología la tienen las que tocan algún tema indígena. Son, creo, salvo las que no he leído, nueve: Florinda, de Flavio A. Paniagua; La rebelión de los colgados, de B. Traven; El callado dolor de los tzotziles, de Ramón Rubín; Juan Pérez Jolote, de Ricardo Pozas; Balún Canán, de Rosario Castellanos; Los arrieros del agua, de Carlos Navarrete; Ceremonial o hacia el confín (novela de la selva), de Jesús Morales Bermúdez; Jovel, serenata a la gente menuda, de Heberto Morales, y Las raíces de la ceiba, de Luis Antonio Rincón.

Las que se desarrollan en otras geografías son ocho: La guerra de tres años (un pueblo imaginario), de Emilio Rabasa; En memoria de nadie (Yucatán), de Óscar Palacios; La isla en el lago(Ciudad de México), de José Martínez Torres; Muñequita de barrio (Ciudad de México), de Marco Aurelio Carballo; Bajo un sol herido (Oaxaca), de Leonardo Dajandra, y tal vez, conjeturo, por los fragmentos, las novelas de Olalde, Reyes Matamoros y Falconi.

Sobre Chiapas, pero en temática variada, hablan las seis restantes: La Choca, de Alfonso Díaz Bullard; Beber del espejo, de Héctor Cortés Mandujano; Tocar el fuego, de Eraclio Zepeda; Por el lado salvaje, de Nadia Villafuerte; Yo también me llamo Vincent, de Alejandro Molinari, y El heredero y el miedo, de Alfredo Palacios Espinosa.

 

Foto: Mario Robles

Supongo, y qué pena, que no hay todavía una novela escrita por alguno de nuestros escritores indígenas que tanto y tan bueno han hecho en el cuento, la poesía, el ensayo, el teatro… Pero ya, espero y deseo, debe estar al caer.

La antología va desde Florinda, publicada en 1889, hasta Fragmentaciones, publicada en 2015, lo que significa que la selección supone haber revisado 130 años de novela en Chiapas.

No hubo tantas vacilaciones para saltar de la novela torpe y censurable ideológicamente, que fue la primera, la dicha Florinda, de Flavio A. Paniagua, publicada decíamos en 1889, a la novela bien escrita, de rica temática y con una propuesta que aún en nuestros días muestra solidez, solvencia narrativa, y que, ¡albricias!, fue la segunda: La guerra de tres años, de Emilio Rabasa, publicada en 1891; es decir, de una mala a una buena novela sólo pasaron dos años, podemos colegir al leer esta antología. Qué maravilla.

Ahora, el principal pero que Aldana pone en sus análisis sobre las novelas que tocan temas indígenas es, digamos, ideológico, no necesariamente literario, y tiene que ver con lo que hemos avanzado en cómo ver esas temáticas. Sin embargo, los autores pertenecían a una sociedad lejana a la nuestra, que cargaba sus propias filias y fobias. Barthes, en El grado cero de la escritura, dice que nuestro lenguaje tiene, incluso, un tiempo, una nacionalidad, una religión, una ideología, un sinnúmero de condicionantes que, a veces, los escritores ignoran cuando escriben. Yo digo “Me llamo Héctor” y esa sola frase arroja muchísima información sobre el lugar donde nací, mi condición social, mi modo de ver el mundo.

Escrita en nuestro tiempo, Florinda, en la concepción actual de lo políticamente correcto, tal vez matizara su visión de los indígenas, y Traven quizás no los vería tan idílicamente. Pero vivieron otra época, donde se pensaban otras cosas. “Me gustas cuando callas, porque estás como ausente”, el inicio del famoso Poema 15, de Neruda, desde la perspectiva del feminismo actual no se lee con la idea romántica con que se leyó durante tantos años.

 

No es fácil seleccionar un fragmento de novela, que dé una idea de su contenido general y que, además, no parezca un recorte ininteligible; en ello Aldana sale airoso. Se leen muy bien los fragmentos de su antología y dan ganas de leer de nuevo algunas novelas cuando terminamos de leer el fragmento o de leerlas, en su caso, espero, por primera vez.

Este trabajo es generoso. Sólo lo puede hacer alguien que ame la materia sobre la que trabaja. Quiero dar tres agradecimientos a Alejandro: uno, porque cita mi libro Chiapas cultural. El Ateneo de Ciencias y Artes de Chiapas en la biografía de Rosario Castellanos; dos, porque me hizo una larga entrevista, que devino fragmento biográfico, y tres, porque incluyó un fragmento de mi novela Beber del espejo en esta rica antología. También agradezco a Luis Antonio Rincón, otro de los escritores seleccionados, porque en su entrevista con Alejandro dice cosas muy generosas acerca de mi trabajo como tallerista.

Las biobibliografías que realizó Aldana Sellschopp tienen distintos registros. Son a veces ensayos o directamente biografías o entrevistas o un género anfibio que no se pone límites y toma un poco de todos. Lo importante es que, sin excepción, están hechas al detalle, son prolijas en datos y no sólo se refieren a la obra escogida, sino asumen una mirada panóptica sobre las obras de la autora o autor de que se trate. En todo caso, no eluden dos hechos básicos: el juicio crítico sobre la obra y aspectos puntuales sobre la vida del autor. En esto último, confieso que me enteré por el libro de muchos chismes de mis compañeras y compañeros escritores, que de pronto me sentí en la parte más jugosa de un chismógrafo de mis años estudiantiles, y ese también es un gran mérito de Alejandro: fue muy hábil para sacarnos la sopa.

Ojalá La novela en Chiapas. Antología crítica, de Alejandro Aldana Sellschopp, sea leída ahora por mucha gente, pero es importante que quede como documento válido para las futuras generaciones. Alejandro es también un novelista con obra consolidada, que si no tuviera la decencia y el buen gusto que tiene tendría que estar incluido en este trabajo que es, sin darle tantas vueltas, un documento ensayístico imprescindible y una carta de amor a la novela en Chiapas. Muchas gracias, Alejandro, por tantas horas de trabajo y por este brillante resultado.

 

*Texto leído por el autor en la presentación de La novela en Chiapas. Antología crítica, de Alejandro Aldana Sellschopp, en la Feria Internacional del Libro Unach, 1 de octubre de 2019, Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

 

 

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