Cuestiones añejas/presencias actuales

Sorprende mencionar en las aulas a hechos y momentos de la historia del siglo pasado que son desconocidos por las actuales generaciones que se forjan como científicos sociales. En el devenir de las propias ciencias sociales y con la insistencia en la multidisciplinariedad, se ha logrado una mejor coordinación entre las disciplinas que hacen el conjunto de las ciencias sociales, pero también se han desdibujado aspectos básicos. Uno de esos aspectos es el olvido de los clásicos, en donde, por cierto, se fundamenta la multidisciplinariedad, cuyos textos son prácticamente desconocidos debido a una insistencia en que los libros caducan a los seis meses de haberse publicado. Vamos en picada con ello. Con esos criterios, un estudiante de filosofía tendría que dejar de leer a Epicuro, a Aristóteles, a los pensadores asiáticos de la antigüedad, y en general, a los que cimentaron la indagación filosófica. En los días en que tuve que deshacerme de una parte sustancial de mi biblioteca, la persona que escogía los libros comentaba, “estos son libros viejos” refiriéndose a ediciones de antropología de sólo 10 años atrás. Los resultados de esta miopía empiezan a ser graves. Se está constituyendo una formación académica que ignora los orígenes de los planteamientos y los linajes académicos de las teorías. Eso si, como me comentaba mi colega y amigo Pedro Tomé, “saben todo lo que se escribe en la actualidad, pero nada de los clásicos”.  La observación de mi colega es atinada. Es el colmo mencionar a Pareto o a Weber y que los estudiantes que uno tiene enfrente pongan cara de asustados. No son pocos los colegas que, formados en estos contextos, alientan a las generaciones de hoy a no leer a los clásicos con el manido argumento de que son ideas que no sirven para el presente. Con esa visión, insisto, un estudiante de física no tendría por qué saber quién y qué hizo Newton o el mismo Albert Eistein o Fritz Estrassman.

Con esa visión, la exploración histórica no tiene sentido. ¿Para qué leer a Fray Bernardino de Sahagún o Bernal Díaz del Castillo? Ambos escribieron en el siglo XVI. Sin embargo, son lecturas imprescindibles para quienes buscan responder preguntas básicas acerca de cómo se forjó lo que es un país: México. Más todavía, el propio libro de Eduardo Galeano, La venas abiertas de América Latina (1971) queda descartado en esa visión “presentista” de la ciencia. El conocimiento es acumulativo y sólo es posible el nuevo hallazgo cuando se conoce el bagaje de quienes han contribuido a ello. No es posible que un estudiante actual de las ciencias sociales ignore los textos de Carlos Marx, Émile Durkheim, Max Weber, Wilfredo Pareto, Hannah Arendt, Rosa Luxemburgo, Emma Goldman,  para mencionar sólo algunos, o en el contexto de América Latina, no se tenga idea de los planteamientos de un José Martí o un José Carlos Mariátegui. En el caso de Chiapas, ¿cómo lograría hoy un antropólogo entender la situación de las formas del parentesco sin haber leído a Calixta Guiteras, Esther Hermitte o Andrés Medina? ¿Cómo entender las transformaciones del conocimiento médico entre los grupos de los Altos de Chiapas, sin conocer los textos de Gonzalo Aguirre Beltrán al respecto?

El conocimiento de los clásicos nos revela la unicidad de las disciplinas sociales. En sus textos, está la base de la interdisciplinariedad teórica. A Marx lo podemos leer como economista, pero también como antropólogo, sociólogo o historiador. Lo mismo, con clásicos como los mencionados. No es posible entender a cabalidad, por ejemplo, los actuales planteamientos de un Thomás Piketti (El Capital en el siglo XXI), sin conocer los planteamientos de Marx. No es posible entender el sentido de la discusión sobre la naturaleza de los lideratos políticos, desconociendo a Max Weber. No es posible una formación sólida en ciencias sociales, desconociendo las bases de las disciplinas que la configuran. La orientación inmediatista ha causado daños graves. Hago votos porque los jóvenes mismos que estudian ciencias sociales sean exigentes y alienten el conocimiento de los clásicos. Por cierto, un clásico que es importante leer es: Italo Calvino, Por qué leer a los clásicos, (Barcelona, Tusquets, 1993).

Ajijic. Ribera del Lago de Chapala. A 13 de octubre, 2019.

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