Perros, Pemex, Parque México: ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!*

Casa de citas/ 451

Perros, Pemex, Parque México: ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!*

Héctor Cortés Mandujano

Aunque el título y el subtítulo del más reciente libro de Saúl López de la Torre, Parque México. Historias de petroleros y vagabundos anarquistas (Cal y arena, 2019), parecieran ofrecer mucha información del contenido, no es así. El libro es muy abarcador.

Como ejemplo, voy a enlistar los temas que toca en “Desilusión”, su primer capítulo: sus últimos momentos de trabajar en Pemex y el recuerdo de su labor allí; después, su infancia en Suchiate, sus padres y sus hermanos (p. 20: “Mi madre parió un hijo cada dos años, hasta completar la docena”); habla de la pobreza-riqueza en Chiapas y de la corrupción en Pemex (p. 24: “La nómina del centro administrativo suma ocho mil empleados. De éstos, según mis cálculos, mil desempeñan una labor productiva, cuatro mil estorban a los que sí trabajan y el resto sabotea cualquier iniciativa”), lo ilustra con la vida de El petrolero botanas, quien “trabaja” desde hace quince años en un barco que ya es chatarra; cuenta Saúl de sus muchos trabajos en 31 años (p. 29: “fui mandadero, limpiador de zapatos, jardinero, redactor de cartas, líder estudiantil, guerrillero”); habla de Raquel, su mujer, con quien se casó (p. 32) “el dos de octubre de 1979” y con quien hoy cumple cuarenta años de casado: ¡Felicidades!; escribe sobre lo terrible que es la convivencia marital cuando ya no trabajas; nos presenta el Parque México, donde se desarrollarán varias de las historias y también nos habla de algunos de los personajes que serán nuestros conocidos páginas adelante; nos cuenta sobre sus hijos y después sobre su primera experiencia sexual, a los catorce años, con dos mujeres a la vez; cita varios fragmentos de sus poemas más sabidos…

Así empieza este libro poliédrico, libérrimo, polifónico, escrito con idéntica pasión con la que escribió sus dos libros anteriores, que se mueve del pasado al presente sin tapujos ni barreras, que no teme mezclar todos los géneros posibles y por eso a veces parece una novela, otra un volumen de cuentos y también un volumen de análisis social y político, y una biografía, que revisa no sólo su vida, sino también sus libros anteriores, y que además incluye un capítulo dedicado a sus poemas. López de la Torre ha escrito, como decían los clásicos a quienes poco importaban los géneros, simple y sencillamente un libro, su libro.

En “Petrolero” analiza cómo Pablo Salazar Mendiguchía llegó, en 2000, a la gubernatura de Chiapas y como él, Saúl, en enero de 2001, junto con Julio Camelo, se apoltronó en (p. 72) “suntuosas oficinas petroleras”, y en el siguiente capítulo, “Muere mi padre”, título explícito y terrible, se mueve hacia otros ámbitos, como lo hará de nuevo en “Muere mi madre”. Señalo estos apartados porque esa es una de las virtudes del libro: ir de una vida a la vida, de un hombre a las multitudes, de mi dolor a los dolores, de mi mundo al universo, que es como decir Saúl y Chiapas, Saúl y México, Saúl y la Historia, no desde la megalomanía, sino desde la sinécdoque, que hace que la parte represente al todo.

Nos cuenta su operación a corazón abierto, que implicaba bajar la cuchilla de luz (p. 93): “Pensé: si todo discurre bien, me matarán para resucitarme hora y media después. La temperatura de mi cuerpo será la de un cadáver: treinta grados centígrados; y mi corazón, empapado de sustancia cardiopléjica y sepultado en piedras de hielo, a catorce grados, estará listo para quedarse quieto como un bistec en la nevera”.

Foto: Mario Robles

¿Por qué escribe? Lo dice él mismo: por tres razones (p. 136): “Reivindicar una larga historia de agravios y rebeliones que no debe olvidarse; darle cauce a las calamidades que hemos compartido; y domeñar el flujo de rabia que me estropea las arterias”.

 

Una de las cosas que disfruto del Saúl escritor es su falta de condescendencia. No ve nada conmiserativamente, sino con la mayor carga de objetividad. Por eso, varias de sus líneas son inmisericordes con él, con su mujer, con los que aparecen en la mira telescópica de su análisis. Sabe quiénes manejan el país y lo dice sin más (p. 176): “Quienes detentan el poder (sindicatos, cárteles del crimen organizado, monopolios) tentalean la temperatura del ambiente, observan hacia donde sopla el viento, sopesan la pericia de los novatos en el gobierno, se reacomodan y pertrechan”; no fue Calderón quien mandaba ni “Sebastián, el presidente municipal”, ni los partiditos ni los políticos, quienes en general han estado al servicio de quien les dé dinero y los haga sentir poderosos. La población tampoco es inocente (p. 300): “Organizados en bandos de buenos, malos e indolentes disparamos estupideces, mierda y balas, a diestra y siniestra. Los chisquetes de pus afloran por todos los orificios de México”.

Hay muchas historias en Parque México, de vagabundos y de petroleros, como dice el subtítulo (mis favoritas son las de “La flaca y El Gordo” y la del “Hijo de lechero”, que separadas del cuerpo de este libro serían magníficas novelas breves), pero se cuentan también las vidas de un sinnúmero de perros: Popper, Bakunin, Gugli, Tales de Mileto, Gaby, Walter, Talismán, Carlota, Josefina…

El último capítulo me gusta especialmente y Saúl lo ha tratado en varios escritos previos: “Vivir sin caminar”, y me gusta porque nos acerca a los que en los restaurantes y aeropuertos sólo ven como “la silla”, sin percatarse del ser humano que la ocupa. Pero un día este hombre que necesita su silla para hacer su vida se halla en Roma, en el Vaticano, en el centro de la religión suntuosa, y se le descarrila una rueda. Entonces, cuenta Saúl (p. 428): “Anclado en el gran aposento del mito católico, grité:

“—¡A ver, cabrones! ¡Necesito un milagro!”.

Y descubrió de nuevo la gratuita y milagrosa solidaridad humana.

En el párrafo último, Saúl escribe su decisión final (p. 438): “Las cenizas que seré se van a mezclar con orines y caca de perros que día tras día marcan su territorio entre troncos y raíces de árboles y matorrales”.

Creo que fue cuando terminé de leer este libro, que me di cuenta que he tenido el privilegio de conocer los originales de los tres trabajos narrativos de Saúl (Guerras secretas, La casa de Bambú y Parque México) y que aparezco en su lista de agradecimientos en los tres: “Mi abuela”, dice López de la Torre, p. 149, “prefería que le dijeran puta a que la llamaran ingrata”. Me felicito por ello, porque sus libros están empapados de vitalidad, son organismos vivos, cuerpos que respiran, árboles que crecen con el desorden sempiterno con se mueven las nubes y los vientos, ríos que se salen del cauce si las lluvias arrecian. Sus tres libros no son, pues, resultado de esquemas y croquis con que algunos escritores planean y ejecutan sus obras, sino palabras que palpitan.

En algún momento, antes de que el libro tomara este título definitivo, Saúl me contó que pensaba titularlo con tres palabras: ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! No le pregunté por qué, pues me quedaba claro. Esas palabras jitanjáforas, en el oxímoron que suponen, aluden tanto a la onomatopeya de los balazos, como a los latidos de nuestros corazones. Son una representación de la vida y la muerte, estas dos instancias locas que pasan cada segundo frente a nuestras narices.

¡Felicidades, querido Saúl, por tu aniversario de bodas y por tu nuevo libro!

 

*Palabras leídas por el autor en la presentación del libro Parque México. Historias de petroleros y vagabundos anarquistas, de Saúl López de la Torre, en la Feria Internacional del Libro Unach. 2 de octubre de 2019. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

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