A propósito del Día de Muertos

Gracias a un twitter de Rumbera Lacónica leí cuatro excelentes textos acerca de las celebraciones del día de muertos en México. Dichos textos están firmados por Pilar Torres-Anguiano, Roxana Rodríguez-Bravo, Vladimira Palma Linares y Oscar G. Chávez. Espero que todavía sea factible encontrarlos en twitter para quien esté interesado en el tema. Rumbera Lacónica, que fue mi alumna en algún momento, me cuestionaba acerca de una opinión que emití, lo que me pareció un excelente estímulo para escribir. En efecto, hace cuatro años, en algún momento de 2015, mi esposa Conchita y yo fuimos al cine para ver la más reciente película de James Bond estrenada por aquel año en México: Spectre. Las primeras escenas de la dicha cinta, nos arrancaron muestras de asombro al verlas: un desfile de marionetas, comparsas, bailarines y acróbatas, disfrazados de esqueletos y calaveras, en plena ciudad de México, en el Centro Histórico del país. Nada baratos aquellos disfraces y por lo tanto, nada populares. Pero esos minutos iniciales de la película introdujeron una nueva manera de celebrar los días de muertos entre las clases medias y adineradas de México, especialmente en la Ciudad de México. Incluso, un funcionario del Gobierno de la Ciudad de México proclamó, entusiasmado, que el dicho desfile daba pie a la convocatoria de una campaña para atraer turistas a la Ciudad de México durante los días de muertos. El siguiente paso fue el de calificar de “tradicional” al desfile de Spectre. Así entró James Bond a una de las celebraciones más célebres-valga el pleonasmo-que existen en México. En este caso, lo más obvio es que la palabra “tradicional” se usó para justificar una variante en la celebración del día de muertos, que “tradicionalmente”, se hace en los hogares y en los panteones, en una reunión de familias alrededor de sus muertos, con quienes “conviven”, valga la expresión, compartiendo flores, alimentos, canciones. Como antropólogo, he asistido en varias ocasiones y en varios contextos, a la celebración de muertos, comenzando con mi propia casa. No recuerdo en Tuxtla Gutiérrez haber estado desfilando disfrazado de muerto para conmemorar dichos días. Recuerdo, sí, los altares en mi casa, con los retratos de los muertos y con la comida que gustaban más, incluyendo el sagrado trago, tan caro a los chiapanecos. También viene a mi mente el recuerdo del panteón municipal de Tuxtla Gutiérrez repleto de gente visitando las tumbas de sus parientes o aún, de sus amigos, llevando no solo flores sino la marimba, los tamales y el sagrado trago. Multitudes vi también en Mixquic, un poblado cercano a la Ciudad de México que desde muy antes, goza de la fama de celebrar el día de muertos de manera espectacular. En efecto, esa noche del 2 de noviembre, Mixquic se colma con una multitud que entremezcla a dolientes con turistas y curiosos. Con mi añorado maestro Guillermo Bonfil, estuvimos en alguna de las celebraciones de muertos en Amecameca de Juárez, en el Estado de México, y acompañamos a la gente al panteón, vimos los caminos de flores que se confeccionan para que por allí caminen las almas, fuimos testigos de los rituales en las tumbas y después, de las tamaladas en las casas campesinas, frente a los altares con las fotos de los ausentes. Incluso, con Bonfil, tuve la oportunidad de asistir a las velaciones que hacen los concheros, siempre impresionantes, emotivas, intensas, con cantos a voz aguda y llantos llamando al “Señor Capitán”. En el poblado de Tepetlixpa-estado de México- presencié estos largos rituales nocturnos de los concheros, rasgando sus guitarras y bebiendo el aguardiente, ardiente.  Nunca vi a nadie disfrazado o dando piruetas. Parecidos rituales presencié en la Sierra de Puebla, en medio de un paisaje subyugante, con la gente apretándose en medio del llanto, bebiendo y comiendo.

Foto: Isaac Guzmán

Me precio de no ser conservador. Lejos está de mi propósito armar una defensa de lo “tradicional” y pensarlo inamovible. Si hay sectores de la población que celebren los días de muertos disfrazándose, desfilando dando colazos, vestidos de marionetas gigantes, pues que lo hagan. Allá sus muertos. Sólo me interesa el contraste entre unas celebraciones que vienen de muy lejos en el tiempo, que se cruzan con otras “tradiciones” impuestas por el cristianismo y que poseen una fuerza cultural que anima los sentidos de pertenencia a una comunidad. Lo que me interesa es llamar la atención al dominio en nuestra vida contemporánea de la sociedad que el filósofo francés Guy Debord llamó, “del espectáculo”, allá por 1963. Su libro adquiere actualidad ante espectáculos como el desfile del día de muertos en la ciudad de México. Dineros y negocios aparte, el uso de la palabra “tradicional” en un contexto como el de los desfiles de muertos, tiene un uso dirigido a la legitimación. Es decir, es tal el peso del concepto de tradición en nuestras, suponemos, modernas sociedades, que el poder lo usa para legitimarse. Por supuesto que lo que llamamos tradición es un invento de la gente, pero lo es también de los Estados y de los círculos de poder. El desfile de muertos de la Ciudad de México, es un mecanismo que sirve para vestir de “popular mexicano” a las clases medias ascendentes que así sienten el “confort” de pertenecer a una “tradición” inventada por ellos. Que además deje dinero, pues eso aumenta la celebración gozosa. Por mi parte, estoy cierto que las tradiciones se seguirán inventando, como las que durante el franquismo surgieron en España, con trajes estereotipados y la bailarina andaluza con una flor entre los labios. No es sólo el espía del M15 inglés, gemelo de la CIA, el que servirá de pretexto para armar estos desfiles. Ya están a la orden del día los “walking dead” que salen a las calles, inventando otra tradición urbana. No faltará quien afirme, quizá en poco tiempo, que estos desfiles se hacían en la “calzada de los muertos” de la gran ciudad de Teotihuacan o por los canales de la Gran Tenochtitlán. El tiempo lo dirá. Por lo pronto, me quedo con el recuerdo de los rituales que presencié mientras aprendía algo de lo que Guillermo Bonfil llamó “el México profundo”, término que también debe revisarse.

En Ajijic. Ribera del Lago de Chapala. A 4 de noviembre de 2019.

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