El interior y el exterior

Casa de citas/ 456

El interior y el exterior

Héctor Cortés Mandujano

 

Por estos días (mayo, 2019), las arrieras, que se comen las hojas, flores de plantas y árboles, y dos ardillas que han dado en comer, también, los retoños de suave corteza y los botones de las flores de mis flamboyanes, me han hecho replantearme el asunto de la propiedad. Los animales y yo tenemos el derecho de posesión de la tierra y no me parece razonable intentar matarlos para que no hagan lo que tienen que hacer para alimentarse y sobrevivir.

No me hace feliz que lo hagan en lo que considero mi territorio, pero no me disgusta que los pájaros tomen las frutas de mis árboles e intento que mi ánimo no decaiga cuando veo que el rosal, ayer verde y florido, sea hoy sólo un conjunto de ramitas pelonas.

Lo mejor es convivir y esperar que las plantas sobrevivan, que las flores tengan oportunidad de lucir sus bellezas transitorias, mientras yo las riego y las cuido, y mis amigos, mis hermanos animales las usan para otros fines.

 

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El secreto es como un pájaro.

Si lo dejas libre, volará a todas partes

Proverbio citado por Deepak Chopra

 

Regalo de mi amiga Marina Guízar, leo Mahoma. La historia del último profeta (Santillana, 2011), de Deepak Chopra. Nunca había leído nada de este escritor indio, a quien identificaba, tal vez erróneamente, como autor de libros de autoayuda. Mahoma me sorprendió, porque es una novela polifónica que da voz a este hombre, cuya vida espiritual (es decir, su encuentro con el arcángel Gabriel) empieza cuando ya está casado y tiene varios hijos.

Bien escrita, bien estructurada, da cuenta, a partir de un buen ensamble ficcional, de la conocida biografía de este ser humano, quien junto con Jesús y Buda, ha transformado las creencias de la población mundial.

Abdul Muttalib, “el esclavo”, su abuelo, dice, cuando logra entender algunos de los misterios de la vida, lo siguiente (p. 31): “Cada castigo esconde una bendición”.

Varios de los personajes (todos en primera persona) hablan del desierto. Esto lo dice Halima, la nodriza (p. 72): “Cuando el último vaho de humo rancio, heces y estiércol deja tu nariz, ya estás en el desierto, donde la vida es tan pura como el aire”.

Waraqa, el creyente, dice (p. 90): “Así como el ratón come con inocencia sus semillitas, nosotros andamos por la vida sin percatarnos de que la muerte nos observa desde lejos, siguiéndonos incesantemente”.

Baraka, la esclava africana, conoce a los hombres (p. 108): “Un hombre hace alarde en las tabernas sobre sus habilidades en la cama y se compara con un toro, cuando en realidad su mujer sabe que se parece más a un conejo”.

Me gustó mucho el capítulo del mendigo errante. Dice (p. 123): “Hoy soy un mendigo, pero tengo mis ambiciones. Mi deseo es convertirme en demente”; él, en una conversación con Mahoma, le dice (p. 130): “Todas las palabras sobre Dios son mentira. Lo infinito está más allá de las palabras”.

Mahoma dice a Ruqaya, su tercera hija, cuando ésta al verlo tan cambiado le pregunta qué le ha pasado (p. 174): “Hay un hombre interior que nadie ve. Ahora ha salido, y el hombre exterior, el que todos ven, se ha ido para siempre”.

Con las revelaciones de Mahoma se escribió el Corán. En el epílogo dice Deepak (P. 311): “El Corán habla sobre la guerra, la política, las luchas internas, los tratados, las rivalidades y las dificultades cotidianas de administrar el gobierno […], y habla incluso sobre la recolección de impuestos”.

Foto: Mario Robles

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Jean Ball es el encargado de entregar la herencia que dejó al Buda Eterno el personaje que da parte del título a una nueva novela (nueva para mí, se entiende) del siempre sorpresivo César Aira: El testamento del Mago Tenor (Era, 2018).

En el viaje por mar, para cumplir su cometido, Jean se enamora de Palmyra y allí se besan. Me encantó la descripción del beso (p. 44): “Los labios de Palmyra se abrieron como una flor tibia, sus lenguas se unieron largamente, apasionadas; un sentimiento de consumación les recorrió el pecho, como una electricidad hecha de seda y perfume”.

Aira es argentino y hace un guiño a un famoso verso de Borges del “Poema de los dones” (“Yo, que me figuraba el Paraíso/ bajo la especie de una biblioteca”), a través de Jean Ball, que detesta la lectura (p. 77): “Yo imagino el apocalipsis en la forma de una biblioteca”.

En el final de la novela (los finales de Aira no necesariamente están en las líneas últimas, porque lo suyo es dinamitar las formas tradicionales de la novelística y de la verosimilitud) dice que los dioses ofrecieron cambiar las vidas sufrientes de las mujeres por un solo día feliz (p. 108): “Se perdería la duración, pero junto con ella se perderían las preocupaciones, los partos, los maridos, la casa, las patas de gallo. A cambio, un día de Reinas. Un solo día, no podía ofrecer más. Tómelo o déjelo. No aceptaron; les dio miedo”.

 

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Leo por tercera o cuarta vez, no llevo la cuenta, Tres cuentos (publicados originalmente en 1877; mi ejemplar es de Salvat Editores, 1972), de Gustave Flaubert. Son tres lecciones de narrativa, de alta literatura donde me encantó hallar tantas palabras lindas y antiguas: oficleido, olifante, escarcela, azagaya…

El primero es el más célebre: “Un corazón sencillo”; “La leyenda de san Julián el Hospitalario” es un poco más complejo en su estructura y el que no hace concesiones al lector poco avezado en conocimientos bíblicos es “Herodías”. Maravillas.

En “Herodías” hay una descripción de los caballos de guerra, que comparto contigo lector, lectora (p. 117): “Eran bestias maravillosas, flexibles como serpientes, ligeras como pájaros. Partían con la flecha del jinete, derribaban a los hombres mordiéndolos en el vientre, salvaban el obstáculo de las rocas, saltaban por encima de los abismos y durante un día entero sostenían en las llanuras un galope frenético; una palabra los detenía”.

Quieren casar a Herodías, pero es viuda y tiene un hijo. Dice Jonatás (p. 122): “La Ley condena esos matrimonios, sin proscribirlos absolutamente”.

Responde Antipas: “¡No importa! […] Absalón durmió con las mujeres de su padre, Judá con su nuera, Ammón con su hermana, Lot con sus hijas”. Qué bonitas familias.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

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