Escribidurías*

Casa de citas/ 457

Escribidurías*

Héctor Cortés Mandujano

 

Estoy en una finca (árboles, jardines, nos rodean; hay una alberca cercana, pájaros que hacen su música peculiar en esta mañana luminosa), en un grupo de meditación. Cada cual –somos 15-20 personas– tiene un colchoncito y una almohada, para no estar directamente en el suelo y tener cierta comodidad.

Estamos sentados en la clásica postura para meditar, que intenta hacer un triángulo con nuestro cuerpo, y tenemos los ojos cerrados: oímos a la instructora quien, con su voz modulada, nos dice cosas que cada uno interpreta y, digamos, obedece.

Yo hago lo que dice hasta que llega a un punto donde nos pide recordar alguna situación de angustia que nos haya perturbado mucho, que recordemos de inmediato. Recorro mis días, mis meses, mis años pasados y no encuentro materia para hacer lo que propone.

Pide que levantemos la mano derecha cuando ya tengamos la experiencia decidida. Supongo que ya la levantaron todos, porque ella dice que esperarán a quien todavía no se decide. Soy yo, seguramente. No es que no me decida: es que no encuentro angustia en mis recuerdos.

De pronto se dispara en mí algo que ni recuerdo, pero que decido usar. Mi mamá me contó que cuando nací ella estaba desangrándose. La ayudaban en mi alumbramiento (o el suyo: quién alumbra a quién) una partera y señoras que, a su vez, auxiliaban a la comadrona. Parece que no yo quería salir, que hice todo un show para no nacer, pero aún así me arrancaron de la matriz. Eso me contaron.

Debí sentir angustia.

Levanto la mano.

La instructora, entonces, nos pide que nos acerquemos con la edad que tenemos ahora al momento pasado y angustioso que hallamos elegido. Me imagino el piso de ladrillos, de mi finca natal, con un petate y unos trapos dispuestos para que mi mamá estuviera con las piernas abiertas en el difícil momento de expulsarme de su cuerpo. Veo mi cabeza sangrante aparecer, mis brazos agitados; salgo acompañado de agua sanguinolenta y de muchas palabras de mujeres desconocidas, de los gritos de mi mamá; siento cómo cortan el cordón umbilical que nos unía y cómo suelto el llanto cuando me dan la nalgada.

Mi mamá se muere: chorros de sangre que intentan detener con trapos, con agua caliente que diligentes mujeres llevan y traen. Sangre, sangre y sangre. Todos los ojos y la atención puestas en salvar a esta mujer que parece va a morir.

Pero me veo a mí. Me han dejado sobre el piso de ladrillos y, por la premura, no me pusieron ni una sabanita ni nada. Salí del agua tibia donde nadaba a este piso frío, y lloro, lloro, berreo, sin que nadie me haga caso.

Yo, ahora, en esta edad, voy hasta el pequeñito que soy y me abrazo, me consuelo, me digo al oído para calmarme: No te apures, vas a salir de ésta, y luego de vivir un montón de experiencias disímbolas, vas a llegar al equilibrio. Vas a ser un adulto feliz, y yo voy a estar contigo, y te voy a querer mucho, te voy a tolerar y te voy a perdonar. Te amaré como eres, no tendrás un mejor amigo, un mejor hermano, no tendrás a nadie que pueda aceptarte tan completa y tiernamente como yo.

Dejo de llorar.

La instructora ha callado durante el tiempo en que cada cual hurgó sus propias angustias hasta, se supone, llegar al momento de paliarlas, comprenderlas, volverlas un sentimiento bueno.

Ahora nos dice que, dado que hemos tocado un hecho cercano a nuestras vidas, imaginemos nuestro corazón como una puerta. Que la abramos y veamos qué hay allí.

Lo hago y me sorprendo al encontrarme algo que no hubiera imaginado: un león. Pero no amenazante, no rugiente, sino dócil y amigable.

Entro en mi propio corazón y juego con él, con el león que es, como lo haría con un amigo de siempre. Somos dos niños que corren por un campo de sueños, hasta que la conductora nos pide volver a cerrar el corazón y abrir los ojos.

Lo hago y tengo una sonrisa en la cara.

La instructora ve nuestros rostros y supongo que la mayoría tendrá tristeza o llanto, porque dice:

—Veo que la única cara sonriente es la de Héctor. ¿Nos quieres contar tu experiencia?

 

*George Steiner dice en Heidegger (FCE, 1983: 176) que las “habladurías” hacen público lo que debería ser privado. De allí deriva el término, también suyo, que he usado como título de esta columna.

 

***

Foto: Mario Robles

Leo Teatro posdramático (Paso de Gato-Cendeac y otros, 2013), de Hans-Thies Lehmann. Difícil hacer una definición sintética, pero se trata de propuestas donde (p. 49) “emerge un paisaje teatral múltiple para el cual todavía no se han definido todas las reglas”. El libro tiene una larguísima e interesante colección de descripciones sobre proyectos donde a veces se reúnen “un director o un equipo con artistas de distintos ámbitos (bailarines, diseñadores gráficos, músicos, actores, arquitectos)”.

Jean Genet, cita Lehmann, dijo que (p. 122) “la obra de arte no va dirigida a las generaciones futuras. Se ofrece a la innumerable multitud de los muertos”.

Escribe Lehmann (p. 146): “Mallarmé puntualizó que anhelaba una prensa en la cual los habitantes de París se informaran los unos a los otros acerca de sus sueños (en vez de sobre acontecimientos políticos diarios)”.

Otras citas. Dijo John Cage (p. 186): “ ‘Si algo se vuelve aburrido tras dos minutos, entonces se debe alargar hasta cuatro; si sigue siendo aburrido, intentarlo con ocho y así sucesivamente’. Mientras que a Picasso se le atribuye la frase: ‘Si puedes pintar con tres colores, utiliza dos’ ”.

En el final, este ensayo que me ha enriquecido con tantas imágenes que he visto pasar de obras que, alrededor del mundo, no he visto y supongo no veré, concluye que el teatro posdramático se aleja de la vieja idea de la catarsis, de que el teatro sirva como entrenamiento emocional o plantee una tesis ética (p. 449): “Al contrario, le es constitutivo herir sentimientos, producir terror y desorientación y, por medio de acontecimientos aparentemente inmorales, asociales y cínicos, hacer que el espectador se tope con su propia presencia, sin privarlo por ello ni del humor ni del shock del reconocimiento, ni del dolor ni de la diversión, sólo por los cuales nos reunimos en el teatro”.

[En algún momento Lehmann habla de las representaciones que la gente adinerada hacía, con vestuarios, luces, casting, para reproducir pinturas y esculturas clásicas y me vienen a la memoria tres novelas donde los personajes juegan a ello: Las afinidades electivas (1809), de Goethe; Mansfield Park (1814), de Jane Austen, y (aunque ésta se salga un poco del esquema) Entre actos (1941), de Virginia Woolf.]

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

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