Por Zapaluta y hacia Comitán, 1840


© Templo de la Sma. Trinidad hoy. La Trinitaria, Chiapas. 2010.

Escribimos nuestros nombres bajo el suyo y descendimos; montamos; cabalgamos por un terreno pedregoso y desolado; cruzamos un río y vimos ante nosotros una hilera de colinas, y más allá una cadena de montañas. Llegamos entonces a una meseta yerma y pedregosa, y después de cabalgar durante cuatro horas y media, divisamos el camino, que avanzaba a través de una árida montaña a nuestra derecha, y, temerosos de haber equivocado nuestra ruta, nos detuvimos bajo un pequeño y frondoso árbol para esperar a nuestros hombres.

Soltamos a las mulas y, tras aguardar durante un rato, enviamos a Santiago de regreso a buscarlos. El viento soplaba fuertemente sobre el llano, y mientras el señor Catherwood cortaba leña, Pawling y yo descendimos a una cañada para buscar agua. El lecho estaba completamente seco, y uno siguió con rumbo arriba y el otro abajo. Pawling encontró un charco lodoso en una roca, el cual, aún para hombres sedientos, no era tentador. Regresamos, y encontramos al señor Catherwood calentándose ante la llama que producían tres o cuatro árboles [troncos] tiernos, mismos que había amontonado uno encima de otro.

Ahora el viento barría furiosamente sobre el llano. La noche se aproximaba; no habíamos comido nada desde la mañana; nuestra escasa provisión de víveres se hallaba en manos inseguras, y comenzamos a temer que ningunos nos llegasen. Nuestras mulas también la pasaban mal. El pasto era tan pobre que requerían una vasta extensión, y dejamos libres a todas, excepto a mi pobre macho, el cual, en virtud de ciertas propensiones a vagabundear, adquiridas antes de que llegara a mi poder, nos vimos obligados a atar a un árbol.

Ya hacía algún tiempo que había oscurecido cuando Santiago apareció con las alforjas de provisiones a la espalda. Había recorrido seis millas en su regreso cuando encontró una huella del pie de Juan, uno de los más anchos que se hayan plantado jamás, y la siguió hasta una miserable choza en la selva en la cual habíamos pensado detenernos. Nada habíamos perdido al no hacerlo; todo lo que pudieron obtener para llevar consigo fueron cuatro huevos. Cenamos; apilamos nuestros baúles a barlovento; extendimos nuestros petates; nos acostamos; contemplamos por breves momentos las estrellas, y nos dormimos. Durante la noche el viento cambió; y casi nos arrastra.

La mañana siguiente, previa a ingresar nuevamente en regiones habitadas, hicimos nuestra toilet (la acción de prepararse o arreglarse para aparecer en público; asearse, peinarse, afeitarse); es decir, colgamos un espejo en la rama de un árbol, y nos afeitamos el bigote y una pequeña porción de la barba. A las siete y cuarto emprendimos la marcha, tras haber comido nuestro último trozo de alimento. No habíamos visto un ser humano desde que dejamos Güitza [San Antonio Huista, en Guatemala]; la región todavía era desolada y triste; no había ni un soplo de viento, las colinas, las montañas y los llanos eran todos estériles y pedregosos; pero, conforme el sol se asomaba por encima del horizonte, sus rayos alegraron esta escena de aridez.

Durante dos horas ascendimos por una montaña estéril y pedregosa. Aun antes de llegar a este punto, la desolada frontera nos había parecido una barrera casi inexpugnable; pero Alvarado [Pedro de Alvarado, el de la “conquista”] la había cruzado para penetrar a una región desconocida llena de enemigos, y en dos ocasiones un ejército mexicano había invadido América Central.

A las diez y media alcanzamos la cima de la montaña, y en línea, ante nosotros, divisamos la iglesia de Zapaluta [hoy La Trinitaria], el primer pueblo en México. Aquí revivieron nuestros temores por la carencia de pasaporte. Nuestro gran propósito era llegar a Comitán, y allí arrostrar [los embates] que hubiese. Al acercarnos al pueblo, evitamos el camino que conducía a través de la plaza y, dejando el equipaje para que pasara como pudiese, nos apresuramos por los suburbios.

Asustamos a algunas mujeres y niños, y antes de que nuestra entrada se supiera en el Cabildo, estábamos más allá del pueblo. Continuamos a buen paso como una milla, y entonces nos detuvimos para tomar un respiro. Un inmenso peso se quitó de nuestras mentes, y unos a otros nos dimos la bienvenida a México. Al provenir de la desolada frontera, se abría ante nosotros como un país antiguo, poblado largamente, civilizado, apacible y bien gobernado.

Cuatro horas a caballo sobre un llano estéril y arenoso nos llevaron a Comitán. Santiago, quien era un desertor del Ejército Mexicano, temeroso de ser capturado, nos dejó en los suburbios para regresar solo, a través del desierto que habíamos pasado, y nosotros proseguimos hacia la plaza.

En una de las casas más grandes con vista a ella vivía un americano. Una parte del frente era ocupada como tienda, y tras el mostrador había un hombre cuyo rostro evocaba el recuerdo del hogar [propio]. Le pregunté en inglés si su nombre era M’Kinney, y me respondió “sí, señor”. Le hice otras varias preguntas en inglés a las que contestó en español. Los sonidos le eran familiares, sin embargo, pasó algún tiempo antes de que pudiera comprender plenamente que estaba escuchando su lengua nativa; pero cuando lo hizo, y se dio cuenta de que yo era un paisano, se despertaron sentimientos que le habían sido extraños durante mucho tiempo, y nos recibió como alguien a quien la ausencia sólo había fortalecido los vínculos que lo atan a su patria.

El doctor James M’Kinney, cuyo modesto nombre es transformado en Comitán en el imponente de “Don Santiago Maquene”, era un nativo del condado de Westmoreland, Virginia, y salió para Tabasco a pasar un invierno en beneficio de su salud y para ejercer su profesión. Las circunstancias lo indujeron a realizar un viaje hacia el interior, y se estableció en Ciudad Real. En la época del cólera en América Central se dirigió a Quezaltenango, donde fue empleado por el gobierno y vivió dos años en términos de intimidad con el desafortunado general Guzmán [Agustín Guzmán, prócer guatemalteco. 00-1849) a quien él describía como uno de los más caballerosos, amables e inteligentes hombres en el país.

cruzcoutino@gmail.com agradece retroalimentación.

Otras crónicas en cronicasdefronter.blogspot.mx

Sin comentarios aún.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Comparta su opinión. Su correo no será público y será protegido deacuerdo a nuestras políticas de privacidad.