Tepatitlán, Altos de Jalisco, 46 años después

Corría el año de 1973. Verano. Después de una estancia académica en el Departamento de Antropología de la Universidad Estatal de Nueva York, regresaba a México, a laborar en el recién fundado CIS-INAH, que dirigía Ángel Palerm. Con él, mi maestro, había discutido en dónde llevar a cabo un proyecto de investigación cuyos resultados me sirvieran para redactar una tesis de doctorado. Me había inscrito en el Posgrado del CIS-INAH, en la primera generación que cursaba el doctorado en Antropología Social. Con Palerm, discutimos el hecho de que la antropología y los antropólogos en México se concentraban en el análisis de los pueblos indios y, en términos amplios, se dividían entre quienes trabajaban apoyando al indigenismo y quienes lo criticaban por su naturaleza asimilacionista. Había que romper ese círculo de sólo estudiar pueblos indígenas, sin demeritar su importancia, para abordar desde la antropología otros aspectos de la sociedad y la cultura en México. En las oficinas que Palerm ocupaba en la Universidad Iberoamericana, en la Avenida de Las Torres, en la Ciudad de México, decidimos que Los Altos de Jalisco era un lugar propicio para iniciar un proyecto de investigación antropológica y apoyar la reciente fundación del CIS-INAH con estudios originales que arrojaran resultados útiles al país. Al mismo tiempo, convenimos en que había que superar los estudios de comunidad y devolver a la antropología mexicana los análisis con enfoque regional, recuperando las sugerencias y planteamientos de Manuel Gamio, Gonzalo Aguirre Beltrán y el propio Ángel Palerm. Terminó aquella conversación sellando mi compromiso de dirigir no sólo el proyecto sino los trabajos de estudiantes de antropología de la Universidad Iberoamericana que estaban en el período de preparar sus tesis de licenciatura en Antropología Social. También, se uniría al grupo de investigación el politólogo Gustavo del Castillo que preparaba su tesis de Doctorado en Ciencias Políticas, para presentarla en la Universidad de Austin, Texas.

Tepatitlán, Jalisco.

Dr. Andrés Fábregas Puig, autor de esta columna.

En aquel verano de 1973, llegamos a los Altos de Jalisco quienes configuramos el primer grupo de investigación que aplicaba un enfoque regional en el estudio antropológico de una región mexicana de población ranchera. Los Altos eran un ícono nacionalista en el conjunto simbólico de la nacionalidad mexicana. Recorrimos palmo a palmo la región mientras discutíamos con los estudiantes sus temáticas y los lugares que servirían de base a sus trabajos. Finalmente decidimos que Carmen Icazuriaga estudiaría la Ciudad de Tepatitlán; Tomás Martínez Saldaña, haría el análisis de la estructura de poder en la ciudad de Arandas, mientras en esa misma localidad Virginia García Acosta estudiaría la industria de los tacones para zapatos; por su parte, María Antonieta Gallart se interesó en la ganadería de leche y decidió instalarse en San Miguel El Alto al igual que Leticia Gándara Mendoza quien haría el análisis de la estructura de poder en la misma ciudad. Patricia de Leonardo y Jaime Espín (ecuatoriano) dedicarían sus esfuerzos a estudiar la economía a nivel regional. Dos estudiantes más abordarían la cuestión de la guerra cristera en la región alteña, Román Rodríguez y José Días Estrella (ecuatoriano). Gustavo del Castillo haría el análisis regional de la organización del poder pero centrándose en la ciudad de Arandas. Por mi parte, aplicando un modelo etnohistórico y desde el punto de vista de un enfoque de ecología cultural política, haría el análisis de la configuración regional alteña y sus características básicas. A finales del siglo pasado, Pedro Tomé y yo, abordamos el estudio comparativo de Los Altos de Jalisco y la Sierra de Ávila, España, logrando publicar tres libros: Entre Mundos, Entre Parientes y Regiones y Fronteras.

Fue así como en aquel verano de 1973, llegué por vez primera a la ciudad de Tepatitlán a la que regresé con regularidad para revisar los avances de Carmen Icazuriaga, que hizo un trabajo excelente, al igual que sus compañeras y compañeros. “Tepa” como aún la nombran sus habitantes, era en aquellos años una pequeña ciudad de no más de 30,000 habitantes que hoy ronda los 200,00.  Eso sí, como toda la región alteña, los habitantes de Tepa eran profundamente católicos, devotos del Cristo de la Misericordia, partidarios del sinarquismo, cristeros de hueso colorado. 46 años después me encontré con una ciudad plural, fungiendo como sede del Centro Universitario de los Altos de la Universidad de Guadalajara (CUALTOS), un hermoso recinto universitario, en el que celebramos el VII Encuentro del Seminario Permanente de Estudios de la Gran Chichimeca. Durante dos días, del 14 al 16 del mes presente, un grupo de alrededor de 20 académicos abordamos una variada gama de problemas desde la arqueología, la etnohistoria, la antropología social, la etnología, la sociología, la economía y la literatura. Chiapas estuvo presente no sólo a través de mi persona. En efecto, comenté la obra del Dr. Miguel Sánchez, antropólogo tzotzil de la Universidad Intercultural de Chiapas que estudia a los chichimecas actuales de San Luis de la Paz, en el estado de Guanajuato. Así que ya somos dos los antropólogos chiapanecos que abordamos diferentes problemáticas relacionadas con los Chichimecas.

Los cambios en la Ciudad de Tepatitlán respecto a aquella ciudad que conocí en el verano de 1973 son notables. No es sólo el factor demográfico, y el Centro Universitario, sino la dinámica que le imprimen los jóvenes. Son otro tipo de juventud, abierta al mundo, más libre de prejuicios, interesada en cambiar las dinámicas tradicionales de conducta. Me asombró encontrarme con tiendas dedicadas a vender desde estatuillas de la Santa Muerte, inciensos, perfumes (vi uno con la etiqueta “Quita Calzón”), jabones orgánicos, hasta pipas, maquinitas para liar tabaco y, asombroso, productos de cannabis. La atención en estas tiendas está a cargo de jovencitas entre 16 y 18 años, con piercings en las narices. Cuando les pregunté acerca de la opinión del sacerdote sobre la mercancía que vendían y sobre sus adornos corporales, me respondieron que sus establecimientos son legales y que además, les tiene sin cuidado lo que opine el cura.  ¡Im-pre-sionante! respuesta para alguien como yo que conocí el ambiente ultraconservador de la Tepa de hace 46 años. Pero la ciudad conserva sus sustratos -como diría Vilfredo Pareto- lo que me fue ilustrado al escuchar en la calle a dos rancheros que casi a gritos conversaban repudiando la política del presidente de México de recibir migrantes y sobre todo, decían los rancheros de marras, ¡a negros de África¡ a los que, dijeron, “tenemos que darles de tragar”.   La Tepatitlán de hoy es una ciudad plural, sede del mayor centro productor de cerdos en América Latina, primer productor de huevo de gallina en el país, centro de producción de miles y miles de litros de leche y de alimentos para animales. Es una ciudad que cuenta con varios hoteles de primera, incluyendo a uno de lujo que cobra arriba de 2,000 pesos la habitación por noche. Es una ciudad que en su escala, tipifica la pluralidad de un país como México en la era de los celulares y las computadoras, en el tiempo digital. Excelente aliciente para leer de nuevo el texto que hace 46 años, escribió Carmen Icazuriaga Montes.

En Tlajomulco de Zúñiga, Jalisco. A 16 de noviembre de 2019.

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